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dimarts, 29 gener de 2013

PREGÚNTESE DÓNDE LE DUELE LA VIDA. Humberto Maturana. La Contra de La Vanguardia.


Tener 77 años como y es una enfermedad incurable que sobrellevaré muchos más . Nací en Santiago de Chile. Me dedico a explicar lo que nos ocurre desde la Biología. Soy doctor en Biologia por Harvard. Los humanos somos fruto de la cooperación para la conservación, no de la lucha por la supervivencia: bioevolutivamente somos porque amamos.
En equipo
Por fin puedo entrevistar aun biólogo, y de campanillas, nominado al Nobel por sus trabajos de cibernética, que sostiene que los humanos somos el fruto de la cooperación y no de la mera competencia por sobrevivir. Maturana, además, no se ha limitado a matizar a Darwin en el trabajo académico, sino que ha extraído de su evolucionismo cooperativo toda una filosofía de vida que comparte en Chile con los alumnos de su Instituto Matríztico y que ha traído a Esade. De hecho, esta ´contra´ es fruto del empecinamiento de un empresario catalán al que le va mejor después de que Maturana le convenciera de las ventajas evolutivas de competir, pero sin dejar de cooperar.

—Lo que sorprende a mis colegas biólogos de Harvard y de la comunidad científica es que me dedique a la biología del amor...
—Que no se ve al microscopio.
—Se ve. Como biólogo me he preocupado de los seres vivos y he estudiado la evolución y así he comprobado que la nuestra no es una historia de lucha por la supervivencia...
—¿Ah no?
—... Sino de la conservación y de la solidaridad. El que gana no es el que mata al otro, sino simplemente el que sobrevive: la nuestra es una historia de cooperación para sobrevivir. Y así surge el lenguaje que nos hace humanos, cuando la sexualidad de la hembra humana deja de ser estacional...
—Supongo que se refiere al celo.
—Las demás primates siguen teniendo celo, pero nuestras hembras ya no son periódicas, así dejan de ser objeto disputable para convertirse en centros del placer y de la convivencia en el grupo humano. Y así surge el lenguaje: una coordinación de haceres.
—¿Y el amor?
Es lo que fundamenta esa cercanía que permite la supervivencia del individuo y de la especie: el placer de estar juntos, amar.
—Yo pensaba que usted venía a dar un curso a Esade, una escuela de negocios...
—Es que la mayor parte de los problemas de una empresa hoy se deben al factor humano. Por mucha tecnología que empleemos: son las personas las que deciden.
—¿Y qué propone usted?
—Que se tengan en cuenta esos millones de años de evolución que vienen a convertirnos en seres que necesitan tener presencia: ser vistos, ser escuchados. Sin ese placer de ser tenidos en cuenta por el grupo, nuestra vida se convierte en un sinsentido. Nos duele.
—¿En qué sentido?
—La mayor parte de los dolores de nuestra existencia son culturales. Pregúntese dónde le duele la vida y verá que no es en su cuerpo.
—¿En el bolsillo?
Verá que la vida le duele en los espacios donde no es visto, en donde está usted siendo negado, en sus espacios de desamor.
—¿No me duele la hipoteca?
—Mucho menos que no contar con el respeto de sus compañeros de trabajo o de sus vecinos, de su familia y amigos. Verá que en el fondo lo que nos mueve a los humanos es esa necesidad ancestral de ser reconocidos que arrastramos desde el origen de la especie, porque es la causa de que hoy existamos.
—¿Que nos reconozcan en qué sentido?
Que nos valoren, que consideren nuestra aportación al grupo y que nos lo demuestren en su trato con nosotros. Eso es lo que está detrás de todos, incluso detrás de quien se compra grandes coches, aviones de reacción o grandes palacios: queremos que nos quieran por puro mandato biológico.
—¿Cómo aplica eso a la empresa?
—Si a usted no le reconocen y le aprecian como ser útil, convertirá su trabajo en inútil.
—El único sentido del trabajo es un trabajo con sentido.
—Nadie puede convertirse en mero robot instrumento de los deseos y designios de otro. Tiene usted que participar como persona en lo que hace y tener responsabilidad. ¿Por qué iban los homínidos a cazar?
—Por carne.
—No sólo por carne, sino por el respeto y el reconocimiento del cazador. Podían volver sin una pierna o sin un ojo, pero no sin ese respeto. Porque sólo en el espacio en el que se tiene presencia, se es productivo y se puede convivir con satisfacción. Allí aparece la inteligencia, la creatividad y el placer de hacer lo que se hace. Así dejamos de ser monos.
—¿Cómo aplica esa biología empresarial?
—Recuerdo al gerente de una empresa farmacéutica chilena cuyos directivos le obligaron a iniciar una investigación para localizar al culpable de un error de etiquetado y despedirlo. Era el empleado o él.
—¿Qué le recomendó usted?
—Que no hiciera de policía, sino de empresario y que no buscara culpables, sino razones. Si buscaba culpables, todos le mentirían por miedo a ser despedidos y tal vez echaría a un empleado, pero el error seguiría allí. En cambio, si pedía ayuda para descubrir razones, encontraría apoyo y luego las razones.
—¿Se las dieron?
—Descubrió que el error se había producido como consecuencia de una exigencia de los directivos en el aumento de producción.
—¿Hubo despidos?
—¿Para qué si la causa del error había sido subsanada? Los empleados pidieron disculpas con su honestidad reconocida y se reincorporaron al trabajo de una manera distinta, porque habían contado con ellos. Y el efecto es sistémico: si castigas el error, el próximo se tapa con una mentira, pero no se corrige; en cambio si respetas el error, puedes corregirlo y aumentar así la responsabilidad de todos. Pruébelo con niños. Verá.
—¿Y con los sentimientos funciona?
Si no reconoces, no te reconocen y sufres y haces sufrir. Una señora perdió a su hijo, que se suicidó en el laberinto de la sanidad mental. Ella se consagró a que no volviera a pasarle a una madre: montó una fundación, una asociación y se puso a escribir un libro...
—Entusiasta y ejemplar.
—... ¿De verdad? Yo la sentía desgraciada y le pregunté por su familia: uno de sus otros tres hijos se drogaba y los otros dos tenían otros graves problemas, pero la señora había instalado su dolor en el lugar de sus hijos.
—Los había dejado de reconocer.
—Le dije que olvidara el libro y la fundación y que mirara a sus hijos: que los reconociera y contara con ellos. El libro está sin escribir, pero ya no les hace ninguna falta.



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