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dilluns, 20 de maig del 2013

"... Y llegó el reloj, y la gente se volvió egoísta". Rasselas Lakew. La Contra de La Vanguardia.


Rasselas Lakew, profesor de tenis, actor y director de "The athlete".
Tengo 43 años. De Adís Abeba (Etiopía), vivo en Nueva York, donde dirijo un club de tenis. Mi novia, que es de Barcelona, está embarazada. Estoy licenciado en Geología. Los políticos prio­rizan el interés propio al general Soy copto, pero me interesa más la comunidad que la Iglesia

LA GRANDEZA
Cuando en los JJ.00. de 1960 Abebe Bilála, hu­milde pastor etíope, ga­nó el maratón un cronis­ta escribió: "Nosotros necesitamos medio mi­llón de soldados italia­nos para ocupar Etiopía, un solo soldado etíope ha conquistado Roma». Su participación no esta­ba prevista, sustituyó al representante de su país, lesionado, y lo hizo descalzo. Bikila es un símbolo de cómo la hu­mildad puede derrotar a cualquier superpoten­cia. Otro etíope tenaz luchó durante años para llevar su historia al cine, The athlete, pelicula aplaudida y galardonada pero nunca distribuida. Afee, la asociación de familias de niños de Etio­pía, organiza hoy un úni­co pase en el auditorio Axa con fines benéficos

Cuando tenia seis años vi a mi abuela tirada en el suelo jun­to a la radio llorando.

¿Alguna mala noticia?
El emperador había muerto tras 45 años de imperio.

¿Lo que llegó fue mejor?
Tras dos años sangrientos, en los ochenta, y gracias a la ayuda de la URSS los militares impulsaron iniciativas culturales. Pero en el norte había guerra y hambre.

La guerra quedaba lejos de la capital.
Las familias de Adís Abeba se encerraron en sí mismas y se volcaron en la educación de sus hijos. Cuando no hay libertad y el go­bierno no permite ni opinar ni pensar los ciudadanos trasladan el ámbito de las liber­tades a su ambiente familiar.

Y así nació una pequeña clase media.
Sí, a la que yo pertenecía. Pero el 85% de la población sigue siendo rural. Mi padre se crió en un pueblo agrícola y emigró a la capi­tal en 1941, tras la guerra contra los italia­nos. Se abrió camino hasta ser farmacéuti­co. Mi madre era licenciada en Ciencias So­ciales. Los cinco hijos vivimos en EE.UU.

¿Cómo fue su vida hasta que emigró?
Vivíamos en una sociedad en la que el tiem­ po no existía, era todo nuestro, y la calle, el patio de casa. Pero en 1983, a mis 12 años, llegaron los relojes Casio y todo cambió. A partir de que el tiempo se introdujo en nues­tras vidas, la comunidad se desintegró, cre­ció una actitud individualista y egoísta.

Da que pensar.
Hay un antes y después del Casio rojo. An­tes, mi abuela me enviaba a la tienda a pre­guntar la hora, que nunca era exacta porque me entretenía por el camino.

También llegó la tele.
Un televisor para toda una comunidad y con un único canal. Y llegaron los pianos Ca­sio con la música programada, que sustitu­yó a la música tradicional. Más que la gue­rra, el mayor impacto de mi infancia fue vivir la sustitución de lo tradicional por lo digital y de lo etíope por lo extranjero a tra­vés de los programas rusos.

Impactante.
Los familiares del campo seguían viniendo de visita a la ciudad a contarnos las historias de nuestra tradición oral. Pero corrimos de­masiado tras la modernidad. Nos pasó co­mo a las hienas, que corren tan cegadas tras su presa que acaban mordiéndole el cuerno y pierden los dientes. Por lo demás, yo pasé la infancia jugando con una vieja raqueta de tenis que compró mi madre.

¿Y para qué la compró?
Se la compró a un vendedor ambulante por­que era muy barata. Mi padre se compró un libro para aprender y se apuntó a un club de tenis. Así me convertí en tenista.

A los 18 años se fue a Washington.
La guerra contra Eritrea no cesaba y mi ma­dre decidió que me fuera. Recurrió a sus víe­jos amigos de la universidad y una familia me acogió. Me trataron como a un hijo, me empapé de cultura, me llevaban al cine, con­ciertos... Pero fue difícil, porque era una so­ciedad muy cerrada.

¿El tenis le permitió estudiar?
Sí, me becaron. Era bueno, piense que yo venía de jugar con un raquetón de madera y pasé a una ligera raqueta de grafito.

¿Y cómo se convirtió en director y ac­tor de cine?
Nunca estuvo en mis planes, pero yo tenía un ídolo, Abebe Bikila, el primer africano que ganó una medalla de oro en los Juegos Olímpicos. Yo quería explicar su historia. Lo intenté en un artículo para la revista uni­versitaria y luego en un canal de televisión dedicado a biografiar antes de los Juegos de Atlanta.

¿Les interesó?
No. Fue entonces cuando escribí el guion y con Davey Frankel decidimos hacer la pelí­cula. Davey me dijo que fuera a Etiopía a buscar a alguien que se pareciera a Bikila. Busqué y busqué, y al final me convencí de que si perdía peso, yo podía ser ese actor.

Es usted valiente, Rasselas.
He convivido con este proyecto durante quince años, la historia de un pastor de las montañas que tocaba el arpa tradicional co­mo el rey David; el hombre descalzo que con­quistó loma en el maratón de los JJ.00. de 1960 y que había perdido a su padre dos dé­cadas antes en la guerra contra los italianos, cuando los fascistas invadieron Etiopía.

Realmente épico.
Es la historia de David y Goliat, de la humil­dad, de la superación. No era un profesio­nal: en el último momento sustituyó a un corredor que se lesionó. Y fue el primero en repetir victoria: ganó también el maratón de Tokio en 1964.

Un ejemplo para los jóvenes africanos. ...
En la victoria y en la desgracia. Tras su accidente de coche, Bikila fue de los prime­ros en participar y promover los Juegos Pa­ralímpicos. Compitió en la modalidad de ti­ro al arco y carreras de trineos.

¿Qué tenemos que aprender los occi­dentales de su gente?
Paciencia, que es un nombre muy común de las mujeres de mi tierra; tenacidad, humil­dad, capacidad de sufrimiento y respeto. Percibimos nuestro país como una madre. Etiopía es la cuna de la humanidad.




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