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diumenge, 8 de març del 2015

EL TECHO ESTÁ EN EL CIELO...O DONDE TÚ LO PONGAS. Àlex Rovira Celma.


«No vemos las cosas como son... vemos las cosas como somos nosotros.»
Antonio Blay Fontcuberta

Querido jefe:
No sé si lo has pensado alguna vez, pero cuando un niño llega al mundo, sus posibilidades de realización y de logro tienen un techo infinitamente mayor que cuando ya han pasado sólo cuatro años de su vida. Siguiendo el promedio que te mencionaba en mi carta anterior, el día que cumple cuatro años ¡ya ha oído casi cincuenta mil veces la palabra «no»! Entonces, de manera inconsciente, el niño ya ha puesto a una altura determinada el techo de los logros de su vida.
Cuando nacemos, no tenemos más techo que el cielo. Pero a base de tragarnos «impulsores» empezamos a fijar una altura límite: a dos metros, a doscientos, a dos kilómetros, a doscientos mil... o a dos palmos del suelo, lo que nos llevará a arrastrarnos por la vida, a sobrevivir más que a vivir, a tener que «ganarnos la vida» porque creemos que está perdida.
Nacemos con un potencial increíble de aprendizaje y desarrollo. Pero nos vamos adecuando a la realidad que nos imponen. Para un niño, sus padres y los adultos en general son como dioses, personas que miden tres veces más que él y a las que no le queda más remedio que obedecer si quiere sobrevivir.
Imagínate cómo reaccionarías si apareciese ante ti una persona que midiera más de cinco metros de altura y que te espetase a un palmo de la cara y con una voz profundamente grave: «¡Calla y come!». Seguro que comerías... lo que fuera.
La historia personal de cada uno nos lleva entonces a definirnos, a significarnos y a ser individuos, esto es, únicos, diferentes del resto. Aunque, jugando con las palabras, bajo la apariencia de individuos hay muchísimos «dividuos», es decir, seres humanos que viven divididos entre lo que son y lo que quieren ser, entre lo que deben y lo que quieren, que viven vidas partidas en múltiples yoes que aparecen y desaparecen en función del entorno en que se encuentren, de las circunstancias y del estado de ánimo. Y el resultado final de un ser humano que se vive fragmentado es... ¡que acaba hecho pedazos!
El problema es que a muchos seres humanos se les trata como dividuos, haciéndoles creer que son objetos en lugar de sujetos, que son...
...prótesis: el cerebro de otro (pensar), los brazos-manos-piernas de otro (hacer), el corazón de otro (sentir), hasta el falo de otro (ser su símbolo de poder);
...arma arrojadiza: para hacer daño a otro, amenazarlo o hacerlo sufrir;
...objeto de placer y/o abuso: por puro voyeurismo, por acoso sexual, etc.;
...objetos de decoración y menaje: espejos en el que los demás proyectan sus miedos, defectos, inseguridades y frustraciones. Armarios que se tragan las prendas de un pasado apolillado; floreros (para decorar y nada más); cuadros (siempre muy colgados); alfombras, papeleras, detergentes con los que lavar el pasado, etc.;
...herramientas y utensilios de bricolaje: utilizados como lubricantes (en la relación con otros) o bisagras (sin los cuales la relación de otros dos no se aguanta), martillos, taladros, pestillos, etc.
Si me vivo como un objeto, si estoy o me defino siempre según la función que realizo para los demás, no podré responder nunca con propiedad a la pregunta: ¿quién soy? (como mucho podré saber qué soy...).

Así que...

LA FELICIDAD SÓLO LLEGA CUANDO NO SOMOS OBJETOS DE OTROS, SINO SUJETOS DE NOSOTROS MISMOS.

Sujetos en el sentido de individuos y de «aferrados» a nuestra propia vida.
Ser individuo es el primer paso para ser persona. Porque ser persona implica además un proceso. Creo que nadie ha definido tan brillantemente lo que es ser persona como Virginia Satir:

1. Concederme el permiso de estar y de ser quien soy, en lugar de creer que debo esperar que otro determine dónde debería estar yo o cómo debería ser.
2. Concederme el permiso de sentir lo que siento, en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar.
3. Concederme el permiso de pensar lo que pienso y también el derecho de decirlo, si quiero, o de callármelo, si es que así me conviene.
4. Concederme el permiso de correr los riesgos que yo decida correr, con la única condición de aceptar pagar yo los precios de esos riesgos.
5. Concederme el permiso de buscar lo que yo creo que necesito del mundo, en lugar de esperar a que alguien más me dé el permiso para obtenerlo.

La redefinición de uno mismo o una misma hasta convertirse en persona es normalmente la consecuencia de haber realizado un buen trabajo de escucha y de análisis personal. Es entonces cuando tomamos conciencia de lo que somos y de nuestras competencias. Es decir, llegamos a ser personas conscientemente competentes.
Del dividuo a la persona conscientemente competente hay un camino largo, como el que recorre el practicante de artes marciales desde su iniciático cinturón blanco hasta el cinturón negro décimo dan, que sólo ostentan los verdaderos maestros y al que se llega no sólo por el dominio experto de la técnica, sino por la maestría y la simplicidad que nace de la verdadera y profunda sabiduría.
Te envío un fuerte abrazo y te deseo una pronta recuperación (en todos los sentidos: si te recuperas a ti mismo, te recuperarás de todo lo demás).

Álex.

P. D. «Procura que el niño que fuiste no se avergüence nunca del adulto que eres», oí en cierta ocasión. Te traslado este pensamiento, que en su día fue para mí un auténtico regalo.

Extracto del libro:
La brújula interior
Conocimiento y éxito duradero
Álex Rovira Celma



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