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dissabte, 19 de gener del 2013

"No quiero defraudar al niño que fui". José Sacristán. La Contra de La Vanguardia.


José Sacristán, actor, nominado al Goya como mejor actor por 'El muerto y ser feliz'.
Tengo 75 años. Nací en Chinchón y vivo entre Madrid y Peralejo (El Escorial). Casado por segunda vez, tengo tres hijos y tres nietos. Sufro una gran decepción política, me duele especialmente la izquierda. Creo que Dios no existe, pero si existe no tiene perdón de Dios

Oficio y dignidad
Después de miles de entrevistas, puedo asegurar que la gente que sigue haciendo de su juego favorito su profesión no envejece. La academia que él colaboró a fundar le ha nominado, por fin, al Goya como mejor actor. Podrían haberlo hecho por muchas otras, pero ha sido por El muerto y ser feliz, de Javier Rebollo, que se estrena en toda España. Curiosamente son ahora los jóvenes, como Rebollo o Trueba (que rodó con él Madrid, 1987), quienes reivindican películas de los sesenta y dan protagonismo a los que quedan de esos grandes actores. Sacristán llevaba años en el teatro y el musical revisitando a viejos amigos: "Soy sanchopancesco de origen y Quijote por aspiración".

Fue usted un niño gordito y con sabañones.
Sí, criado con puré de harina de almorta; era lo que había.

Años difíciles.
Yo no tuve coche, ni radio, ni agua caliente, ni retrete, había que ir al corral con un candil. La Castilla de los años cuarenta era el medievo.

¿Pasamos página?
Pese a ello, mis recuerdos son ambivalentes: mi madre no está en casa, está visitando a mi padre en la cárcel.

¿Y a usted quién le mima?
Tenía un entorno calentito: mi tío, que hace de padre, y la abuela Nati, que me atiende en todos los aspectos, con las horquillas del moño me saca las lombrices.

¿De dónde?
Del culo. En casa estaba la mula, la gallina. Pero cuando salía, percibía que me había tocado estar en el bando de los perdedores.

Siempre ha estado usted defendiendo libertades.
Sí, e ilusionado, hasta que en los años 80 empieza la cultura del pelotazo... Y hasta hoy. ¡Qué lástima! ¡Qué vergüenza!

Ocupémonos del entusiasmo.
El cine. El rito de que dando un dinero entrabas en un lugar donde se apagaba la luz y aparecían vaqueros, indios y muertos me fascinaba. Durante muchos años creí que aquello que veía era real. Un día, viendo Las mil y una noches en el cine Padilla, me desmayé cuando torturaron a Turhan Bey.

Y escogió esa profesión.
Cuando mi padre salió de la cárcel, no le dejaron regresar a Chinchón, y vivíamos en Madrid en una casa con otras tres familias. "Habitación con derecho a cocina" se llamaba, dormíamos en el mismo cuarto mis padres, mi abuela, mi hermana y yo. No podía escoger, pero quería ser Tyrone Power.

Inalcanzable.
A los 14 años era tornero, pero empecé a hacer teatro de aficionado. Luego, en la mili, en Melilla, me apunté a la biblioteca y empecé a leer por la A con la intención de armarme para este oficio.

Usted ha sabido construirse.
He procurado rodearme de gente que sabe más que yo y escuchar.

El teatro en los sesenta era duro.
Y gris, dos funciones diarias siete días a la semana. Recuerdo los paseos del brazo, entre función y función, con Alfredo Landa diciendo: "¡Jo, si esto es ser actor....!". En 1965 tuve la suerte de ser llamado por el cine, donde en aquella época te trataban mejor; y en un año hice seis películas de protagonista.

Y en aquella España piojosa, ¿cuándo descubre el amor?
En la habitación con derecho a cocina, con Carmencita, la vecina, mi primer amor. El descubrimiento del sexo, observar que por ahí abajo pasa algo, lo recuerdo traumático. La culpa y el pecado no te los quitas nunca de encima. El primer contacto carnal fue en un descampado por 15 pesetas con una prostituta a la que le escribí un poema.

¿Y después?
Mi primera relación fue con la madre de mis hijos mayores, y ya entonces aprendí algo fundamental.

¿De qué se trata?
De la superioridad absoluta de lo femenino sobre lo masculino. Nosotros somos una especie de mano de obra, de proveedores... Es apasionante la complejidad femenina; probablemente por una estrategia de vida, la mujer ha tenido que desarrollar maneras de ir defendiéndose del gorila. Todavía hoy hay quien le da un garrotazo y se la quita de en medio.

Es usted muy gráfico.
Lo hablaba con Berlanga: la fascinación y el pánico que da saber de nuestra incapacidad para conocer a la mujer; seguramente, porque el mandato histórico contradice lo que la naturaleza ordena. Se supone que uno es el que va sobre el caballo, saca la lanza y dice: "¡A por ellos!", y la señora dice: "Vuelve pronto". Toda esa épica es de cartón piedra, lo esencial se mueve en torno a lo femenino.

¿Qué otros descubrimientos ha hecho?
Que la necedad es homicida, como decía Camus, que hay una incapacidad en el ser humano de desarrollar una relación razonable entre unos y otros. Hay que evitar a los necios. Y yo no pierdo de vista al niño del puré de harina de almorta, le tengo mucho respeto y lo que quiero es que si me encuentro con él no me mande a la mierda.

El autorrespeto es fundamental para mantenerse en pie.
Recuerdo al viejo tío Tomás allí en Chinchón diciéndome: "Lo primero es antes".

¿Qué merece la pena en la vida?
Conocer y disfrutar de la amistad y la complicidad de Fernando Fernán-Gómez, José Saramago, Eduardo Mendoza, Ernesto Sábato, José Luis Sampedro... Mi suerte es que mi vida y mi trabajo han ido de la mano.

¿Sin obsesiones?
Nunca he dejado de jugar, sigo siendo aquel niño gordito que le arrancaba las plumas a la gallina para hacer de comanche. Hoy miro a ese niño y le digo: "¡Con dos cojones!", porque el panorama era desolador. Ese crío todavía está ahí, delante de una cámara o subido a un escenario pasándoselo pipa.


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