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divendres, 2 de desembre de 2011

LA LACRA DEL EGOISMO. Roberto Grao García.

LA PERSONA EGOISTA ESTA INCAPACITADA PARA AMAR A OTRAS.
Si como define la Real Academia de la Lengua Española, el egoísmo es “el inmoderado y excesivo amor a sí mismo”, es evidente que todos los seres humanos, participamos de esa lacra moral que tiende a manifestarse constantemente en nuestras obras y en nuestras relaciones con las otras personas. Y añade la RAE en su definición: “que hace atender desmedidamente al propio interés, descuidando el de los demás”.
En realidad, todos somos más o menos egoístas. Ahora bien, nuestro grado de participación en esa lacra, depende de nuestra actitud frente a esa tendencia que es común a todos los seres humanos, es decir, si nos dejamos llevar por ella cómoda o descuidadamente, o procuramos luchar contra esa tendencia, detectando sus manifestaciones cuando se producen, y tratando de reducirlas todo lo más posible en nuestra conducta. Si malo es ser egoísta, peor es el hecho de no luchar denodadamente, contra ese inmoderado amor a sí mismo, y las consecuencias que esa no-lucha tiene en nosotros mismos y en los demás. Veamos algunas de esas consecuencias:
   
El egoísta cree que no lo es. Piensa siempre que hace las cosas con una lógica aplastante, que le impulsa a poner sus intereses, sus deseos, sus pretensiones, en el primero y casi único lugar, en el que no cabe la consideración de la posición del otro, de sus intereses y deseos. Y eso lo hace, porque apenas reflexiona y se examina acerca de su conducta, a la luz de la ética, es decir, del beneficio o perjuicio que puede provocar con su comportamiento, en las demás personas con las que se relaciona.
Hay un viejo chiste que manifiesta esa postura de pensamiento egoísta, de un modo claro y sutil Sucede que, en un Monasterio, una mañana, un monje se dirige a otros que forman un pequeño grupo y les dice: -Ha dicho el Abad que vayáis ahora a trabajar al huerto y que, dentro de dos horas, vayamos todos a almorzar.
El egoísta busca su interés por encima de todo. No acepta los razonamientos del otro, busca subterfugios para mantener la prioridad de sus deseos:
Alega a veces ser víctima de las circunstancias,
No conoce lo que es la generosidad hacia los demás,
Utiliza todos los argumentos que puede, para mantener sus presuntos derechos, privilegios y prerrogativas, sin importarle el daño o la frustración que puede producir en los otros, porque dice que no los pretende consciente ni directa-mente, sino que, lo que en realidad pretende, es asegurar su bienestar y su comodidad; lo que le lleva, como sin querer, a ignorar u olvidar los derechos de las otras personas.
El egoísta culpabiliza siempre a los demás de sus errores y problemas. Nunca suele admitir su culpa o parte de culpa en los errores producidos, ni en los problemas que surgen continuamente en la vida. Siempre tienen la culpa los demás, que le han sugerido, inducido o interferido en sus acciones. El se manifiesta exento y libre de culpa, todo lo hace bien (así lo dice y lo cree) con evidente injusticia, sin admitir la más mínima responsabilidad, en los hechos acaecidos ni en sus consecuencias.
El egoísta no permite que le contradigan. Discrepar de sus opiniones es contradecirle, lo cual le molesta mucho, porque exige sumisión a sus ideas y decisiones, y cuando no se da esa sumisión instantánea, sin posibilidad de réplica, le produce irritación profunda, rechazo e incluso desprecio, hacia la persona o ideas de los que disienten de sus afirmaciones. Cree tener siempre razón, en todo lo que dice y que sus argumentos son los más acertados.
Tiende a anular la personalidad de las personas con las que convive, si se le someten a sus deseos y caprichos, y si no lo hacen, las rechaza. Por estas y otras razones, la convivencia con una persona egoísta se hace cada vez más difícil, hasta resultar general y finalmente imposible, so pena de acceder constantemente a sus demandas y exigencias, que son siempre crecientes.
El egoísta impone, utiliza y manipula a los demás en su provecho. Cuando esto sucede, es un paso más, el penúltimo, en la escalada del egoísmo humano. La persona egoísta ya no se contenta con que no le contradigan y le presten sumisión, sino que impone y exige a los otros, acciones en favor suyo, para mayor gloria y provecho del egoísta. Para conseguirlo, no duda en utilizar y manipular a los demás en su beneficio, y a la vez, sigue considerando lógico su proceder, sin posibilidad de error, porque de lo contrario, daría al traste con su rígida posición de partida, que es la de considerarse el centro del universo en que se mueve.
El egoísta termina siendo un dictador arrogante y totalitario. Es el último paso a recorrer por la persona egoísta. Hay que hacer lo que él dice, sin responder ni rechistar, ni manifestar ninguna clase de oposición, lo que supondría una rebelión inaceptable. Al imponer a las otras personas lo que tienen que pensar, hacer y hasta decir, ha conseguido su propósito inicial y permanente de dominarlas, y exigirles el comportamiento que él quiere, para su propio bienestar y comodidad, sin importarle lo más mínimo el de los demás. Su arrogancia entonces no conoce límites, y en el caso de entrar en su juego por cualquier causa, luego es muy difícil salir de él, por no decir imposible, salvo que la persona dominada, se decida a afrontar las graves consecuencias, derivadas de las amenazas de las personas dominantes y egoístas.
El egoísta está incapacitado para amar a otros. Es la consecuencia ineludible, de las actitudes expresadas anteriormente, en la escalada del egoísmo humano, Generalmente, el egoísta no se plantea el hecho de amar a nadie, pero a veces cree que ama, y así se lo manifiesta a la otra persona, pero en realidad su amor es posesivo, utilitario y en consecuencia, falso. La diferencia entre el amor verdadero entre las personas, y el falso, estriba en que aquél es generoso, sale de su ensimismamiento, busca el bienestar y la felicidad de la persona amada a la vez que la propia, mientras que éste último, pretende sobre todo satisfacer su ego, su tendencia posesiva y su propia felicidad, sin importarle la satisfacción o la felicidad de la otra persona. Si ésta acepta el planteamiento amoroso, porque participa de la misma o parecida disposición egoísta, se produce la unión temporal, provisional de ambos, y la ruptura de la situación se puede producir en cualquier momento, porque no puede ser duradera, dado el carácter utilitario, de las actitudes compartidas por los dos.
Conclusiones. Es evidente que el egoísmo es una lacra, una disposición o secuela morbosa, que todos los seres humanos llevamos dentro y contra la que hay que luchar con todas nuestras fuerzas siempre y a lo largo de la vida. De no hacerlo así, nos convertimos en seres despreciables y depredadores de los que es preciso huir, porque hacemos daño a otros, e imposibilitamos la buena convivencia en paz, justicia y alegría. E incluso en el menos malo de los casos, la reacción de huida de los demás, ante nuestra, para nosotros lógica actitud, nos aboca a la soledad más o menos absoluta y permanente, mientras la persona egoísta, no se decida a cambiar de actitud ante la vida.
Roberto Grao Gracia

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