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dimarts, 13 de desembre de 2011

LO DEBIL SIEMPRE VENCE A LO FUERTE.

Para merecerte el amor de otros, deberás tener el coraje de mostrar, que también tienes corazón.
Lo que verdaderamente abre las puertas al contacto, a la conexión, a la confianza y la intimidad, es nuestra valentía para mostrarnos vulnerables. 
A través de la educación y la cultura, se enseña siempre que lo más importante es ser fuerte, poderoso, no necesitar de nadie, ser autónomo e independiente, convertirse en un roble, en un muro, en una roca que nada pueda dañar…
Pero la verdad es muy diferente, un roble, a diferencia de un bambú, por más fuerte que sea, cede ante el poder de la tormenta, en cambio, el bambú, gracias a su flexibilidad, puede doblarse ante el intempestivo torbellino, pero nunca se quiebra.

LA FALACIA DE LA AUTOSUFICIENCIA
Lo mismo pasa con las personas que quieren convertirse en seres autosuficientes y  que se resisten a mostrar su debilidad, su cansancio, su vulnerabilidad, sus temores o sus duda… al final, terminan perdiendo la batalla y la vida siempre los vence por más fuertes que quieran ser.
Hay que pagar el precio de mucho dolor por no querer aceptar que todos necesitamos de todos, que la competencia, al final, nos destruye, pues queremos pasar por encima de quien sea para triunfar, para demostrar que somos los mejores, al final, el precio que se paga es muy alto, pues es el precio del vacío que se vive en soledad.
Qué diferente sería si los seres humanos dejaran de compararse, para tratar de comprobar, a toda costa, que unos son mejores que otros. El verdadero crecimiento y la verdadera madurez está en reconocer que todos somos diferentes, y que eso, nos permite enriquecernos unos a otros aprendiendo de nuestras fortalezas, que la ganancia verdadera está en la colaboración de unos con otros y no en la destructiva y estéril competencia.
La misma Biblia nos habla de como David, un hombre normal, de estatura mediana y poca fuerza, venció a Goliat a través de su astucia, confianza y sabiduría. El gigante, basando todo su poder en su grandeza, termina siendo aniquilado por un ser “inferior” quien, al final, demuestra ser el más fuerte.
Por eso, deja de esforzarte por no depender y aprende a apoyarte en otros, deja de sufrir en soledad y busca el hombro de alguien que te quiera, que te comprenda, que te acepte.
Lo que verdaderamente abre las puertas al contacto, a la conexión, a la confianza y la intimidad, es nuestra valentía para mostrarnos vulnerables.
Cuando descubrimos que aquel que tanto admirábamos – o temíamos – como nuestros padres, maestros, abuelos, jefes, amigos, héroes, son también seres humanos que sufren, temen, lloran, sienten dolor, dudan, fracasan, cometen errores, es cuando más cercanos nos podemos sentir a ellos, pues, mientras se mantienen en su pedestal, simplemente, son inalcanzables, y por lo tanto, lejanos… no podemos intimar con ellos, no podemos generar un verdadero vínculo con alguien que es tan inalcanzable.
Si de verdad estás dispuesto a intimar y a comprometerte, atrévete a mostrar tu debilidad, tu sombra, tus miedos… eso, en vez de asustar a otro, le hará comprender que, después de todo, tienes sentimientos, que no sólo eres una roca, un monumento, un ídolo… sino que tienes corazón… que tienes alma, y que eres capaz de tener el valor de reconocerte capaz de decir:
  • “Si, yo también me equivoco”;
  • “Sí, yo también me atemorizo y me siento impotente”;
  • “Sí, yo también tengo también tengo derecho a no poder, miedo de fallar y cuando fallo, me siento frágil”;
  • “Sí, a pesar de mi fortaleza, también puedo reconocer mi debilidad y mi necesidad del otro, mi necesidad de ti y de tu compasión, de tu apoyo, de tu cobijo”.

Si renuncias a tu caparazón de acero, tendrás la posibilidad de encontrar el amor, la comprensión, el contacto, la pertenencia con otro, pero para ello tendrás que tener el coraje de reconocer que sí, que tú también eres frágil… que tú también, además de fuerza, inteligencia, poder, fama y fortuna, tienes eres suave, noble, dulce, amoroso, tierno…
Para merecerte el amor de otros, deberás tener el coraje de mostrar, que también tienes corazón.
Luis Martínez Gómez.

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