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dijous, 8 de març de 2012

Comunicarse: "ES COMO HABLAR CON LA PARED". Ferran Ramon-Cortés. Conversaciones con Max 7


Ana se presentó en casa de Max antes de ir al trabajo y sin previo aviso. Max la recibió con una sonrisa. Conocía a Ana y estaba acostumbrado a sus sorpresivas apariciones. Dirigiéndose a la cocina le preguntó:
-       ¿Quieres un café?
Ana, sin prestar atención a su ofrecimiento, se instaló en la sala, y sentada en el sofá, le dijo:
-       Max, perdona por abordarte de esta manera, pero es que tengo un problema con mi pareja puedo dejar de contártelo. Desde hace ya un tiempo nuestra comunicación es un desastre, noto que no me escucha para nada, y que se atrinchera en sus opiniones sin aceptar nada de lo que yo le digo. En resumen, que hablar con él es cada día más como hablar con la pared.
Max, que se servía su habitual taza de café, le dijo:
-       Él no te escucha, pero ¿qué tal le escuchas tu a él?
Ana se puso a la defensiva, y con evidente nerviosismo le respondió:
-       Max, venía a que me ayudaras, no a que me hicieras sentir peor. El problema no soy yo, es él, y su incapacidad para ponerse en mi lugar. Parece como si lo que yo le contara le entrara por un oído y le saliera por el otro, porque no es capaz de escuchar y mucho menos entender nada de lo que le pueda decir. No me siento aceptada, vivo un rechazo continuo a todo lo que yo le digo... Hay cosas que son evidentes, y él se empeña en negarlas. Esto es lo que quiero que me ayudes a resolver.
-       ¿Y si buscas puntos de encuentro entre lo que tu le dices y lo que él piensa?.
-       ¡Imposible!. De entrada, nada de lo que yo le digo le interesa lo más mínimo, ¿sabes lo que es sentirse ninguneada, y ver como al otro no le interesan lo más mínimo tus problemas?
-       Quizás no es que no le interesen, sino que no es capaz de dejar de pensar en los suyos...
-       No, no es esto, porque él no tiene problemas, te lo aseguro. Simplemente es incapaz de ver los míos...
Max, viendo que Ana se encontraba bloqueada, y que no sacaría nada en claro en aquellas circunstancias le propuso un pequeño juego.
-       Ana, vamos a dar una vuelta. Caminaremos hasta el muro de la entrada de la finca del vecino...
Caminaron unos minutos, y llegaron al alto muro de la finca del vecino de Max. A sugerencia de éste se situaron cada uno a un lado del muro: Max entró por la verja y se situó dentro, quedándose Ana fuera. Una vez dentro, le preguntó:
-       Ana, ¿de qué color es el muro?
-       De piedra natural, de un marrón oscuro...
-       Pues yo estoy seguro de que es blanco. De un blanco radiante.
-       ¿Pero qué dices? ¿Lo dices para provocarme?
-       No, lo digo porque es así. El muro es blanco.
-       Max, ¿cuál es el juego? Estás actuando como mi pareja...
-       ¿Te importaría venir  mi lado?
Ana entró en la finca, y se situó al lado de Max. Éste le preguntó: 
-       Ahora, ¿de qué color es el muro?
Para su sorpresa, Ana tuvo que reconocerlo: el muro, por dentro, y aunque ella no lo podía ver desde fuera, era blanco.
Max aprovechó que Ana se había quedado desarmada para decirle:
-       Ana, las cosas no siempre son como las vemos, porque a menudo sólo miramos “nuestro lado” de la realidad. En las conversaciones con tu pareja, cada uno estáis viendo vuestra parte del muro, y renunciáis a ver el muro en su conjunto. Si tu consigues por tu parte ponerte en su piel y ver su lado, él empezará también a ver el tuyo y saldréis de este bloqueo fruto de la visión parcial que tenéis los dos de las cosas.
Ana seguía impactada por el juego del muro, y no respondió a Max de inmediato. Éste aprovechó para añadir:
-       Antes de hacer este pequeño paseo, hemos estado hablando un rato. ¿Te has dado cuenta de que rechazabas sistemáticamente todas mis ideas?
Ana, tras reflexionarlo unos instantes, le dijo:
-       Quizás si, aunque no me daba cuenta, porque lo que necesitaba es que me escuchases tu a mi.
-       Pues a lo mejores  también es lo que necesita tu pareja. Ana, cambia tu en relación a él, y serás el estímulo para que él también cambie en relación a ti.
Volvieron en un meditativo silencio a la casa. Max sabía que sus palabras habían calado en Ana, y únicamente quería que se las llevara consigo para pensar al respecto.
Al llegar a la sala, Max le dijo:
-       Por cierto, Ana, repito la pregunta que te hice a tu llegada: ¿quieres un café?
Ana, atenta ahora sí a su ofrecimiento, no dudó en contestarle:
-       Si, gracias. Lo tomaré solo.

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