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dilluns, 7 de maig de 2012

LA VIDA ES UN JUEGO. Jenny Moix. El País.29/04/12

No, la vida no es una tómbola, no; sinó un gran teatro, un complejo juego. Si nos lo tomamos así y nos observamos desde fuera del escenario, manejaremos nuestras cartas con más soltura.
Si nos observara un ser marciano desde su sofá nos vería como en un reality show de la tele, ahogados todo el día en pequeñeces.
Estamos en un gran teatro y nos creemos a fondo nuestros papeles, pero será más fácil ver de que va la obra si salimos del escenario.
El prisionero 416, hundido en el negro horror en el que sobrevi­vían él y sus compañeros, em­prendió una huelga de hambre. Los guardianes disfrutaban vejándolos y humillándolos. Eran sádicos con unifor­me. Les negaban frecuentemente, para su diversión, el derecho a ir al lavabo (que se convirtió en un privilegio), les obligaban a limpiar los retretes con las manos des­nudas, les exigían mantener conductas homosexuales entre ellos, todo ante su torcida sonrisa y sus ojos gozosos.
Este escenario todavía se convierte en más espeluznante si tenemos en cuenta que tanto los prisioneros como los guardianes eran estudiantes universitarios, estables psicológicamente, que participaban en un experimento. Una especie de juego de rol. Pero las vejacio­nes y salvajadas fueron reales. La cárcel se construyó en los sótanos de la univer­sidad de Standford (Estados Unidos)y el estudio fue dirigido por Philip Zimbardo, un eminente psicólogo, en 1971. El obje­tivo consistía en comprobar cómo las condiciones externas pueden determi­nar los papeles que asumimos.
La investigación tuvo que interrum­pirse porque se les escapó de las manos. Los guardianes mostraron un sadismo descomunal y los prisioneros empezaron a sufrir todo tipo de desórdenes psicoló­gicos y físicos. Se metieron tanto en el juego, se creyeron tanto sus roles, que se les olvidó su verdadera personalidad y la vida real se esfumó de sus neuronas.
No recuerdo qué jugador de futbol ni de qué equipo, ni qué falta había cometido durante el partido concreta­mente pero la frase que pronunció se me quedó grabada. Ante las severas críticas que estaba recibiendo por parte de la prensa se defendió: "Yo no he matado a nadie, solo es un juego". El pobre tenía que con­textualizar su falta, porque se lo estaban comiendo vivo, parecía que todos se ha­bían olvidado de que hablaban solo de un partido de fútbol. 

REALIDAD Y JUEGO SE CONFUNDEN
"Sospecho desde hace tiempo que todos somos replicantes que ignoramos nuestra condición" (Juan José Millas)
Ante la pantalla del cine nos adentramos en la película y la cotidianidad que nos envuelve desaparece por completo. Vivi­mos la historia. Reímos, lloramos, nos excitamos, nos tensamos, el argumento mueve nuestro cerebro a su antojo. La película nos posee. Como afirma Robert Fisher, psiquiatra y especialista en hip­nosis, realmente estamos hipnotizados cuando un filme capta totalmente nues­tra atención. En esos momentos, nuestra mente se lo cree todo, no contempla que eso es una ficción, lo olvida. De hecho, cuando queremos que una película no nos haga llorar solemos esforzarnos en pensar que los personajes en realidad son solo actores y nos recordamos que lo que vemos es ficción, pero incluso así, a veces, las lágrimas siguen cayendo.
Nuestro cerebro es capaz de meter­se en la irrealidad de los juegos y de las películas con una facilidad asombrosa. Incluso es capaz de embutirse en un cuerpo que no es el suyo. Recientes expe­rimentos han demostrado que a través de simples manipulaciones ¡podemos sentir que estamos dentro del cuerpo de una muñeca Barbie! Un grupo de neuro­científicos del instituto Karolinska de Estocolmo han mostrado que podemos sentir como nuestro un cuerpo ajeno. A nuestra mente siempre la ubicamos den­tro de nuestro cráneo, pero, en realidad, nuestro cerebro fabrica esa percepción, así que si la manipulamos podemos sen­tir que la mente se encuentra en otro si­tio. Parece ciencia ficción. A los sujetos experimentales se les coloca unos viso­res a través de los que ven una muñeca. Con una varilla, los experimentadores van tocando el brazo del participante y a la vez el brazo de la muñeca. Al mismo ritmo, de la misma forma. Llega un mo­mento en que el sujeto siente como suyo el cuerpo de la Barbie. De tal manera que cuando se simula que se va golpear a la muñeca, el cuerpo real reacciona como si lo fueran a atacar a él. Es más, la persona, al sentirse en un cuerpo tan pequeño, ve el mundo más grande. Por ejemplo, percibe como gigantes los de­dos del experimentador.
Nuestra mente se lo puede llegar a creer todo, juegos, películas, sensaciones... Pero lo más increíble es que nos creemos a fondo todo este montaje, este tinglado que hemos construido entre todos. 

LA VIDA COMO UN `REALITY SHOW
"¿Acaso no es todo un juego de niños?" (Jeff Bridges)
Se le puede sacar jugo psicofilosófico a los reality shows, a las penas y las alegrías de un puñado de personas en una casa. Des­plomados por el peso de nuestros proble­mas reales, sobre el sofá observamos ató­nitos cómo esa gente ríe y llora por la menudencia mas insignificante. Su mundo está comprimido en ese espacio. En un universo tan pequeño es normal que las naderías alcancen proporciones colosales. Las reglas del juego totalmente arbitrarias pasan a ser su religión. Y compiten.
Si en un sillón marciano un ser nos pudiera contemplar a través de una pan­talla a nosotros sentados en nuestro sofá viendo el realily show, ¿qué pensaría? Le haría gracia la visión que tenemos de los de la casa, porque a él le parecería que nosotros hacemos exactamente lo mismo: ¡jugamos! Unos, a ver quién tie­ne el coche más grande; otros, a ver quién se sacrifica más por sus hijos; otros compiten por demostrar que su desgracia es peor que la del vecino; en algunos casos, el juego es quién vende más; en otros, quién ahorra más, quién gana más medallas, quién vende más libros, quién publica más artículos... Se reiría bastante.
También se daría cuenta de que nuestro mundo es muy pequeño, igual que en los realityshows. En nuestro caso parece que nuestro microuniverso se encuentra limitado por las paredes de nuestra oficina, de nuestra pareja, de nuestros amigos.,. También vería que nos guiamos por unas reglas acordadas (nuestra religión, nuestra cultura). Y que solemos competir. Todo bastante igual. Un reality un poco más grande, eso es todo.
Algunas teorías de la física nos gol­pean el cerebro para que veamos que somos hormiguitas que no nos entera­mos de nada. El relativismo del tiempo, la existencia de otras dimensiones y de otros universos son concepciones difí­cilmente abordables por nuestras neu­ronas. El físico Brian Green, en su libro La realidad oculta, aborda nueve nocio­nes de multiuniverso, que van desde la concepción de universos burbuja hasta la posibilidad de que algún día pudiéra­mos crear universos simulados. 

¿CÓMO DEBEMOS PARTICIPAR?
"Esto es un juego, no podemos tomarlo en serio. Debemos mover nuestras fichas, no que las muevan otros" (Ángel Escribano)
Sin entrar en la eterna pregunta de si es real la realidad y cuestionarnos si la vida es una especie de juego, sí nos puede ser útil hacer el ejercicio de contemplarla de modo metafórico como si lo fuera. La existencia la podemos ver de muchas for­mas: como una cuesta que debemos su­bir, como una aventura, como un sacrifi­cio, como un misterio a resolver... Según cómo la veamos, la viviremos. Contem­plarla como un juego nos puede aportar una visión interesante.
Imaginemos que un ser sobrenatural nos asegurara que la vida es un juego, un simple juego. Seguramente le pregunta­ríamos:
- "Y de qué se trata? ¿Lo estoy ha­ciendo bien o me estoy equivocando?".
Entonces él nos diría:
- "No te preocupes, no hay nadie juzgando si lo estás hacien­do bien o mal, el juego de la vida no tiene unas normas preestablecidas por nadie. Es un juego que no tiene un fin concreto, sino que cada cual debe establecer el suyo propio".
Tras esta revelación, seguro que nues­tra mente necesitaría reorganizarse de nuevo. Probablemente, empezaríamos a planteamos muchos interrogantes:
- ¿Realmente sé a qué estoy jugando? ¿He elegido el juego conscientemente o me encuentro jugando a algo que no he escogido?
- ¿Quién ha escrito las reglas de mi juego? ¿Yo, mis padres, mis compañeros, la sociedad...?
- ¿Cuál es el fin último? ¿Considero el mío más importante que el juego de los demás?
- ¿Se trata de un juego individual o en equipo, colaborativo o competitivo?
- Cuando estoy con alguien que juega a algo que no me gusta, ¿caigo en su par­tida o me mantengo fuera?
- ¿A qué juego en el trabajo, en la fami­lia, con los amigos...? ¿Estoy en algún grupo en el que, en realidad, no me gusta cómo lo plantean?
- ¿Me detengo de vez en cuando y de­cido cómo voy a seguir o si cambio de juego?
- ¿Me enfado o me entristezco cuando los números de los dados que lanzo son bajos? ¿Soy capaz de tomármelo menos en serio?
- ¿Mi juego me hace feliz?
En estas mismas páginas, Miriam Subirana escribía: "Si quiere liberarse, no busque venganza. Piense que todo es una gran comedia cósmica". Y es que desconocemos el sentido de nuestro paso por aquí. Estamos en un gran tea­tro y nos creemos a fondo nuestros pa­peles y muchas veces sufrimos por ello. Si salimos del escenario de vez en cuan­do (simplemente, parando nuestra fre­nética actividad) nos será más fácil ver de qué va la obra.
PELÍCULAS
- Matrix, de los hermanos Wachowski.
- El Show de Truman, de Peter Weir.
- The game, de David Fincher.
- El Golpe, de George Roy Hill.
- Nueve reinas, de Fabián Bielinsky.

LIBROS
- El mago, de John Fowles. Teatro, realidad, juego, alucinaciones...

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