Palabras, imágenes, canciones, emociones que nos acompañan en nuestro camino.

dijous, 20 de desembre de 2012

El valor de las palabras. Miriam Subirana. El País.

Claves para mejorar la comunicación: meditar lo que vamos a decir, prestar atención a nuestro interlocutor, atender a los gestos y no regodearnos en mensajes negativos.
Cuando uno esta frente a alguien, pero su mente está en el pasado o en el futuro, se habla, pero no se comunica.
Un letrero al lado de un ciego que mendigaba en la calle decía: "Soy ciego, por favor ayúdame". Una mujer que pasaba cogió el cartel y escribió otra fra­se y lo dejó en el mismo sitio, pero con la nueva frase visible. Al rato, el ciego reci­bió varias limosnas. En el letrero se leía: "Hace un día hermoso, pero no lo puedo ver." Con estas palabras, el impacto en los transeúntes fue mayor. Este es un ejemplo de cómo el poder de las pala­bras puede cambiar radicalmente nues­tro mensaje y su efecto en los demás.
Las palabras marcan a las personas para toda una vida. ¿Somos conscientes de su impacto y alcance? ¿Cuántas palabras decimos al día que son ne­gativas o inútiles, sin sentido o vacías de contenido? ¿Cuántas conversacio­nes son innecesarias? ¿Cuántas de ellas no son más que un darle vueltas a las cosas para finalmente comprobar que no nos llevan a ningún sitio?
Cuando sienta rabia u otro senti­miento que pueda poner en peligro al­gún vínculo, es bueno que lo suelte en soledad, por ejemplo escribiéndolo. Ali­gerará su emocionalidad y disminuirá el impacto que puede transmitir al otro.
Escribir es curativo y transformador. Nos ayuda a ordenar nuestras ideas, a preparar conversaciones y discursos, a poner en claro lo que sentimos. Pres­tando atención a nuestros pensamien­tos y emociones, aprendemos a gestio­narlos mejor. Meditando nos calmamos. En el silencio llenamos nuestros pensa­mientos de sentido y podemos después trasladarlo a nuestras palabras.

GESTIONAR LAS EMOCIONES
"Las palabras no tienen manos ni pies; sin embargo, son muy poderosas: una palabra puede curar y otra herir" (San Kabir Das)
Lo que ocurre a menudo es que corre­mos tanto que, cuando hablamos, lo hacemos de forma rutinaria carente de todo interés. No somos comunicado­res creativos. Una persona dispersa y distraída carece de poder interior y sus palabras estarán a menudo vacías de contenido. No inspirará confianza. Se va fácilmente por las ramas. Entra en un monólogo de pensamientos y pa­labras. Se queja, critica, habla mucho, pero no aporta soluciones. Le falta tole­rancia. Uno se regocija con sus propias palabras y habla más para sí mismo que para el otro. Actuando así, deja de sentir y de reconocer la presencia del otro.
Cuando uno está frente a alguien, pero su mente está en el pasado o en el futuro, en lo que tiene que hacer luego o en lo que pasó antes, no está presente, no escucha y su comunicación es mecá­nica o incluso pésima. Se habla, pero no se comunica. Se pierde la oportunidad de un encuentro enriquecedor.
Para evitar la comunicación rutina­ria conviene regresar a lo básico, que es estar en el presente; ser creativos al comunicarnos; ir a lo esencial; comunicar generando experiencias, pronunciando palabras transformadoras que sanen, eleven y conecten a las personas. Para ello debemos estar atentos, escuchar activamente todas las señales: las que los otros emiten aunque no lo expresen claramente, lo que el entorno señala y lo que sentimos. Desde esta escucha ínte­gra, nuestra respuesta es sabia. Solo así se da el diálogo en el que uno construye sobre lo que el otro ha dicho, se compar­te sin necesidad de instruir ni imponer.
¿Qué le da fuerza a la palabra? Lo que se comunica es contradictorio cuando se transmite un mensaje con las palabras y otro diferente con el cuerpo. Esta disociación hace que su poder pre­sencial disminuya y confunda, lo cual a su vez provoca desconfianza o rechazo en el otro. Asegúrese de que escucha a su cuerpo y alinea las palabras que dice con su conciencia. Corporalmente, transmite lo que su alma siente. Aun­que intente disimularlo con una oratoria bien preparada, el cuerpo no engaña. ..Está estudiado que el poder de lo que comunicamos se reparte de la siguiente manera: un 7% en nuestras palabras, un 38% en lo paraverbal (intensidad, tono, volumen, calidad, velocidad y timbre) y un 55% en el cuerpo (movimiento de los ojos, la respiración, los gestos, la postu­ra, los movimientos corporales, los mo­vimientos faciales).
Conecte con la intención que quiere que acompañe sus palabras para ser ca­paz de transmitirla. Lo que diga tendrá más efecto. Cambiando la forma de ex­presarse, cambia su destino.

PALABRAS QUE CURAN
"Todo ser humano desea ser valorado y aceptado". (Piet van Breemen)
Hay palabras que sanan. El mundo ne­cesita presencias consoladoras. Si sien­te algo positivo por la persona que tiene delante, expréselo, no lo dé por supues­to. Unas palabras amables, que expre­sen aprecio y agradecimiento, son un regalo que puede dar varias veces al día.
Cultive la serenidad. Tenga pensa­mientos pacíficos. Le ayudará el obser­var sin implicarse en las historias que no son asunto suyo o por las que no puede hacer nada. Si hay serenidad en su inte­rior, con su presencia y sus palabras in­funde serenidad a los demás y les ayuda.
Pero también seamos conscien­tes de cómo nos hablamos a nosotros mismos. Hay frases que preestablecen límites no formulados y que responden a reglas de conducta más allá de las cua­les creemos que no debemos ir. Suelen contener las palabras "no se puede" o "no se debe". Solo si realmente no po­demos hacer algo al respecto, la frase es adecuada.
Todo aquello a lo que uno se resiste persiste porque todavía llama nuestra atención. Esta es la razón por la cual anunciar mensajes positivamente pro­duce mejoras importantes en nuestra comunicación. Por ejemplo, en vez de "quiero dejar de fumar", afirme "quiero vivir sano". Lo que nos decimos y repe­timos se traslada a nuestra conducta y acción. Cuando cambiamos el lenguaje limitante y negativo e introducimos pa­labras en positivo, nuestro comporta­miento mejora ostensiblemente.

Cambiar el discurso para evitar la desmotivación
Fortalecemos y ampliamos los problemas al hablar más de ellos. Si nuestro discurso da vueltas en torno a lo que no funciona, nos anclamos en las carencias. Si en una relación nos centramos en lo que no funciona y nos lamentamos, nuestra atención y energía se focalizan en el problema y lo amplían. Cuando pensamos mucho sobre lo que no funciona, nos agotamos mentalmente y acumula­mos malestar. Cuando uno se agota mental y emocionalmente, no puede decidir con claridad y se deja influir por todo y sus palabras no aportan bienestar a su entorno. Si además la persona se ancla en preguntas como "¿por qué sigues cometiendo los mismos errores?", se siente más dolor, pena y rabia. Podemos cambiar el rumbo de una relación si nos focalizamos en lo que vale la pena y conversamos sobre qué solución nos beneficiaría a los dos, qué hace que las relaciones se movilicen y avancen, qué queremos conservar, cuál es nuestra visión, adónde nos gustaría llegar. Así construimos juntos una realidad más positiva para ambos. Para crear un entorno entusiasta y motivador es necesario cambiar el discurso basado solo en lo que no funciona. Las palabras crean mundos. Cada vez que nos quejamos provocamos desmotiva­ción. Compartiendo nuestras ilusiones creamos esperanza.

BUSCAR OTROS CAMINOS
Libros que nos ayudan a darle poder a nuestras palabras:
- El silencio habla; de Eckhart Tolle (Gaia Ediciones, Debolsillo, 2007).
- Como pan que se parte; de Piet van Breemen (Sal Terrae, 1992).
- Las voces del desierto; de Marlo Morgan (Ediciones B, 2009).
- El camino del artista; de Julia Cameron (editorial Troquel, 7a reimpresión, 2011). Un método para superar los obstáculos que nos separan de nuestro ser creativo.



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