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diumenge, 30 de setembre de 2012

ELEVAR EL ÁNIMO. Gaspar Hernàndez.


Loehr sugiere reprogramar la mente v el cuerpo para sentirnos como nos gustaría sentirnos.
El cuerpo responde de forma fisiológica a las sensaciones reales ya as representaciones convincentes
Siempre me han sorprendido las personas que durante un entierro son capaces de sonreír. No me refiero al muerto (que a veces también sonríe, como si pensase: «Por fin descanso de la maldita crisis»), sino al pariente próximo. Al cónyuge, o al hijo o hija del muerto.
En estos casos, tiendo a pensar que aún no han interiorizado la muerte de ese ser querido. Por desgracia, ya llegarán los duros meses de pena y lágrimas. Y, sin embargo, a veces, durante otro tipo de duelo, el de un divorcio, la persona te confiesa que está hecha polvo, y al cabo de poco rato es capaz de gastar una broma. Este subidón del estado de ánimo me sorprende tanto como el de los entierros con sonrisas.
Me pregunto cómo elevan tan rápidamente su estado de ánimo. ¿Son personas cínicas? En absoluto. La respuesta la descubrí leyendo a Jim Loehr, atleta, y especialista en psicología deportiva. Según Loehr, la actuación excelente de un deportista no solo depende del entrenamiento físico, sino también del adecuado adiestramiento mental y emocional.
«Las emociones responden del mismo modo en que lo hacen los músculos, y es por ello que las que más ejercitamos acaban convirtiéndose en las más intensas y frecuentes», leo en el libro Lo que realmente importa (La Liebre de Marzo), de Tony Schwartz. Y me lo han comentado amigos actores. Si durante dos horas interpretan a un personaje enfurruñado, salen del teatro enfurruñados. Y al contrario: si durante dos horas interpretan a un personaje chistoso, salen del teatro contentos. Como el público.
Por eso Loehr recomienda reprogramar la mente y el cuerpo para sentirnos como nos gustaría sentirnos: «Cuando uno deja de preocuparse por cómo se siente y presta más atención a cómo necesitaría sentirse para dar lo mejor de sí, está transformando su misma fisiología».
En 1990, Tony Schwartz lo comprobó acompañando al tenista Ivan Lendl, que por aquel entonces ocupaba el primer lugar de la clasificación mundial. Se dio cuenta de que, a parte del entrenamiento y el régimen físico implacable, invertía mucho tiempo en el adiestramiento mental. Como lo hacen los meditadores. Antes de cada partido, se sentaba y revisaba sus objetivos: «Sé fuerte, seguro, ambicioso y rápido», se repetía, como un modo de programar su mente. Finalmente, cerraba sus ojos y se imaginaba materializando sus objetivos.
Uno de los éxitos más fulgurantes de Loehr fue la tenista argentina Gabriela Sabatini. Cuando Loehr la conoció, esta se hallaba sumida en un profundo bache. Se sentía tan abatida que había perdido la motivación. En la pista, se encontraba ansiosa y confusa. Loehr se concentró en su estado anímico. Su reto consistió en ayudarle a revitalizar su juego haciéndole recuperar la sensación de diversión, excitación e intensidad que había perdido.
Para ello, Loehr invitó a Sabatini a ser más expresiva en la pista, a hacer un gesto de seguridad con el puño cada vez que ganaba un punto, a sonreír e incluso a gritar. Es decir, a hacer todo aquello que sirviera para infundirle entusiasmo. Le recomendó, en suma, que aunque no sintiera grandes emociones positivas, debía actuar como si las sintiese, ya que el cuerpo responde fisiológicamente tanto a las sensaciones reales como a las representaciones convincentes. Al final, Sabatini acabó sintiendo lo que estaba representando. Cuatro meses después, derrotó a Steffi Graf.
Como dijo Willian James, el pájaro no canta porque sea feliz, sino que es feliz porque canta.



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