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dimecres, 26 de setembre de 2012

LA TENDENCIA AL OPTIMISMO. Miguel Benavent de B.


Siempre he sido una persona esencialmente optimista, a pesar de las circunstancias de mi vida. Aunque reconozco que, de niño, los días de lluvia me deprimían. Y es que antes, las circunstancias externas invadían demasiado mi vida. Aún así, como todos, en ella han habido buenos y malos momentos, pero siempre que me ha sido posible, he optado por vivir -y rememorar- los buenos momentos. A fin de cuentas, uno solo puede dilatar los buenos momentos y contraer los malos!
Eso no es siempre fácil! Muchas personas, no solo tienen mayormente en cuenta sus malos momentos, sino que crean -y recrean- una vida alrededor de ellos. Ni que decir tiene que eso les condena a vivir una vida sombría, a la espera de nuevos acontecimientos negativos. Así, deciden protegerse de la vida intentando desesperadamente que “todo siga igual“, sin novedades. “No news, good news“, como se dice popularmente. Ni que decir tiene que la vida es permanente cambio y que es una invitación sugestiva a que la vida nos propicie nuevos y variados “malos momentos“, pues nuestra actitud de atención y preocupación permanente parece que disfruta con ellos…
Supongo que, como siempre, lo ideal está en el equilibrio. Ser realista y, a la vez, tener esperanza, o sea ser optimista. Ser realista no es más que aceptar la realidad y ser bien consciente de ella; ser optimista es ver solo la parte positiva de ella, desechando los momentos desagradables… o, lo que es lo mismo, renunciando a parte de nuestra realidad! Porque la realidad -como la vida- está hecha de buenos y malos momentos!
Creo personalmente ahora que la felicidad se basa en la plena consciencia de la realidad completa, con sus luces y sus sombras, en su sentido… y, a la vez, en la esperanza de que todo puede mejorar, cada día. La felicidad basada en el desconocimiento es como la de un niño… bastará una cierta dósis de cruda realidad para dar al traste con ella. La felicidad de un adulto, en cambio, está fundamentada -o debería, según la madurez- en la experiencia y en la plena consciencia de la realidad, aunque con la pertinente esperanza de que todo puede ir mejor, que es posible cambiar y mejorar.
Muchas veces, ante algunas situaciones delicadas de nuestra vida, es fácil buscar la coartada en la culpabilidad ajena, intentar simular el desconocimiento o evitar una situación. Pero, ni qué decir tiene que no es siempre fácil engañarse a uno mismo ante la evidencia de la realidad. Como suelo afirmar, la realidad se impone y no deja tregua para escapar a ella, más tarde o más temprano reaparecerá. De ahí el valor del tiempo, a la hora de juzgar lo bueno o lo malo en nuestra vida. En cambio, si uno mira de cara la realidad -por dolorosa que ésta sea-, le será relativamente fácil aceptarla y, a partir de ella, hallar la esperanza necesaria para cambiarla o, en su caso, mejorarla. Si solo renuncia a ella, la realidad se manifestará, se enquistará su efecto… y éste hasta crecerá, ya sea miedo o tristeza!
Tener esperanza no es más que creer que uno mismo y la propia vida nos llevarán a la armonía necesaria con la realidad. A fin de cuentas, como he dicho antes, tras la realidad y la plena conciencia de ella está la verdadera felicidad. Es verdad que tal vez la realidad no nos traiga todo aquello que anhelamos y planeamos para nuestra vida, pero aceptar la realidad tal como llega nos ayudará a encontrar la serenidad necesaria para vivir y lograr lo que uno desea para su vida. La renuncia a parte de la realidad, en cambio, producirá conflicto en nuestra vida, lo que imposibilitará la armonía y la paz que necesitamos para ser, sentir y vivir la vida feliz y plenamente.
Lo que es un hecho irrebatible es que no es más importante la realidad que nuestra percepción de ella. Las circunstancias de las realidad no son buenas o malas, sino cómo las percibimos y en qué momento vital lo hacemos. La realidad es la realidad, aunque muchas veces valoramos solo nuestra realidad, esa que aceptamos y que muchas veces es sesgada según lo que queremos ver. Pero, aún así, debemos aprender a aceptar la realidad en toda su amplitud, pues siempre podemos modular el efecto que ésta tiene en nosotros y en nuestra vida!
¿Elijes ser pesimista u optimista? Quizás la única diferencia sea que el pesimista basa su percepción solo en el pasado vivido o en lo que duda que vaya a vivir en el futuro, mientras el optimista, en cambio, se basa en la confianza que tiene en la vida, en que todo tiene su propio sentido y en lo positivo que es capaz de sentir y vivir en el hoy de su ya completa realidad!

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