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dissabte, 30 de juliol de 2011

VIVIR EL PRESENTE PARA SER FELIZ - Mercedes de la Rosa. Magazine Digital. 29/05/11


La felicidad no está condicionada por las situaciones, no es un estado que se alcance, ni que se pueda perseguir. Según avalan distintos estudios e investigaciones, es posible ser feliz cada segundo de la vida, únicamente depende de uno mismo, de nada más.

Llega un mensaje al móvil con la pregunta: “¿Cómo te sientes en este momento?”, y cinco posibles respuestas que van desde “muy mal” hasta “muy bien”. Marcada la última opción, ipso facto, una nueva interrogación: “¿Qué estás haciendo?”. Entre las 22 opciones que se proporciona, una elección: “trabajar”; al instante, una nueva cuestión: “¿estás pensando en otra cosa que no sea lo que estás llevando a cabo?”. Inevitablemente, “sí”. La pantalla del teléfono vuelve a interrogar: “¿lo que piensas es placentero, neutro o te provoca tristeza?”. Respuesta: placentero, aunque no da pie a explicar que los pensamientos deambulan por las próximas vacaciones…


Este interrogatorio forma parte de un estudio sobre la felicidad que un grupo de psicólogos de la Universidad de Harvard lleva a cabo a través de una aplicación del teléfono iPhone. Los primeros resultados de Track Your Happiness (Siga su felicidad), publicados el pasado mes de noviembre en la revista Science, revelaron que la mayor parte de los 5.000 encuestados no eran felices porque, según los psicólogos, no estaban viviendo el momento presente. La felicidad, según concluye el estudio, consiste en vivir cada instante plenamente, sin anclarse en el pasado (que ya no está) ni proyectarse en el futuro (que únicamente vive en la mente). Para ser feliz hay que vivir el presente.

“Cualquier persona tiene la capacidad de ser feliz, porque la felicidad es el estado natural del ser humano, está en la base de todo lo que hacemos”, apunta Antonio Jorge Larruy, investigador en autoconocimiento y autor del libro Espacio interior. La aventura de ser uno mismo.

“El problema, o la infelicidad, viene –añade– cuando condicionamos la felicidad a circunstancias o a situaciones concretas. Nos pasamos la vida buscando la felicidad fuera; la ligamos a unos resultados, a un estatus, a unas situaciones futuras y, cuando conseguimos aquello que prometía dárnosla, resulta que no somos felices. Por mucho que yo tenga, no voy a ser más feliz. La felicidad sólo depende de uno mismo, de nada más. Y está en nosotros”.

¿Quién no ha fabulado alguna vez con su felicidad?. “Seré feliz cuando consiga un trabajo mejor, cuando encuentre una pareja, cuando me adelgace, cuando pueda comprarme una casa más grande…”, y una vez llega el anhelado momento, la sensación de bienestar y de plenitud que se perseguía brilla por su ausencia.

“Detrás de aquello concreto que buscamos, una pareja, un trabajo mejor o una casa más grande, lo que verdaderamente buscamos es sentirnos de una determinada manera. Es un anhelo de felicidad –apunta Larruy–, pero para lograrlo hay que desligarlo de esas formas y reconocer que esa felicidad está en nosotros. Esperar que una casa, una persona o un trabajo te haga feliz es absurdo”. Pero hay quien lo cree.

Y es que parece ser que el error viene de lejos. “Desde niños nos dicen: si haces esto, lograrás esto…; si haces lo otro, lograrás lo otro…, y nos quedamos con la creencia de que para alcanzar la felicidad hay que conseguir una serie de objetivos –continúa Larruy–. Nos educan pensando que la felicidad es una consecuencia de las cosas, y no es así, la felicidad es lo primero, y después están las cosas”. Por ello, aboga por pautas educativas con fórmulas como: “Tú eres feliz hagas lo que hagas”.

Esta afirmación, que muchos ponen en duda, especialmente cuando pasan por un momento que denominan “difícil” o “complicado”, ha sido avalada en las últimas décadas por decenas de estudios tanto científicos como psicológicos y de autoconocimiento. Si no, ¿cómo se explica que los habitantes de las barriadas más pobres de Manila se manifiesten mucho más felices que los habitantes de la multimillonaria Hong Kong, cuya renta per cápita es veinte veces mayor?, ¿que personas con enfermedades crónicas puedan sentirse más plenas que personas sanas?, ¿o que personas que ganan la lotería no se sientan más felices que el resto de los seres humanos?.

Larruy lo explica de manera sencilla: “Una persona logra ser feliz cuando vive plenamente la vida aceptándola como le viene. Cuando pone su atención en el presente y no necesita manipular las cosas para que salgan de una determinada manera”..

Uno de los grandes obstáculos con que se encuentra la población en Occidente para hallar la felicidad es que ha cimentado las bases de esta en el tener, en lugar de en el ser. Esto explica que, a pesar de que nunca antes en la historia se había atesorado tanta cantidad de riqueza material, tampoco se había llegado a grados tan altos de insatisfacción personal.

La sociedad actual es un fiel reflejo de que algo falla en el intento de ser felices. La depresión, la ansiedad, la angustia y el estrés están a la orden del día, y su incremento ha provocado que, en los últimos veinte años, según datos del Ministerio de Sanidad, el consumo de antidepresivos y tranquilizantes en España se haya multiplicado por cinco. Todo apunta a una misma dirección: se busca la felicidad en el lugar equivocado. Que el pueblo filipino, con un alto índice de pobreza y cuyo territorio es el más afectado por desastres naturales, según el Centro de Investigación y Epidemiología de Desastres, sea más feliz que sus multimillonarios vecinos da que pensar. Quizás sea todo tan sencillo como que los primeros viven al día, sin preocuparse por si un huracán sacudirá sus casas, con una extensa red de apoyo social y familiar, mientras que la presión consumista, la incomunicación, el estrés y la importancia que dan al futuro los segundos les impiden disfrutar del presente. 

Esta misma idea de vivir el aquí y ahora no es nueva. Técnicas milenarias como el yoga o la meditación llevan siglos predicando la importancia de esta práctica. No obstante, en las últimas décadas esta idea ha sido acuñada por numerosos psicólogos, científicos y expertos en desarrollo personal que la han adaptado a la era actual.

El psicólogo de origen húngaro Mihaly Csikszentmihalyi –padre, junto a su colega Martin Seligman, de la llamada psicología positiva– bautizó este mismo estado de máxima felicidad, hace dos décadas, con el nombre de flow (flujo), que indica la absorción total que se experimenta cuando una persona se entrega de manera completa a cualquier actividad o tarea. Cuando esto ocurre, se tiene la sensación de que el tiempo vuela y las acciones, los pensamientos y los movimientos se suceden unos tras otros sin pausa. Seguramente la mayoría de las personas han experimentado esta sensación alguna vez viendo una película, leyendo un libro o manteniendo una conversación con un amigo: “Cómo, ¿ya han pasado dos horas?”. Y sí, lo han hecho, pero han estado tan absortos en el presente, que no han dado cabida a nada más. (Entrevista con Mihaly Csikszentmihalyi en el programa Redes)

También el profesor alemán Ekhart Tolle expuso esta misma idea en su superventas El poder del ahora, que vendió más de tres millones de copias en todo el mundo. Con 29 años, Tolle sufrió una depresión que le obligó a trabajarse interiormente. Fue entonces cuando descubrió la importancia de tomar conciencia del momento presente, para no perderse en pensamientos que únicamente provocan sufrimiento. Descubrió que así es posible sentirse feliz, pleno, vivo y en paz, a pesar de los condicionantes de la vida. “Cuando se consigue –apunta Larruy–, todas las situaciones se viven con las mismas ganas, disposición y gozo”. No hay, entonces, diferencias entre trabajo y ocio, entre semana y fin de semana, entre comer en un restaurante de menú o en uno con una estrella Michelin. Las barreras, según los expertos, las pone la mente.

Y ¿cómo se puede llegar a vivir de esta manera? Para Larruy hay tres pasos imprescindibles para lograrlo: “Tomar conciencia de la felicidad que está detrás de cada uno de los actos de una persona; tener una actitud positiva, activa y de entrega en la vida, y practicar unos minutos de meditación diaria”. En este último punto hacen también hincapié investigadores como Ekhart Tolle y Matt Killingsworth, componente del equipo de Harvard que lleva a cabo el estudio Track Your Happiness: “Si hemos comprobado que somos más felices estando centrados en aquello que vivimos y hacemos, entonces deberíamos encontrar lo que nos enseñe a mantenernos centrados y focalizados”. Y la meditación es, sin duda, la herramienta más potente para lograrlo. A través de esta, aseguran los expertos, se afloja la crispación del pensamiento, se alejan fantasmas de la mente y empieza a aflorar esa felicidad que está en la persona.

No es casualidad, pues, que el título de “hombre más feliz del mundo”, que otorgó un equipo de investigadores de la Universidad de Winsconsin, tras un minucioso estudio entre miles de personas, fuera para Matthieu Ricard, un biólogo molecular francés que decidió dejarlo todo para abrazar los hábitos budistas. La investigación midió el estrés y las emociones –tanto positivas como negativas– de miles de voluntarios, por medio de resonancias magnéticas que llevaban a cabo conectando 256 sensores al cerebro. Si los resultados se medían entre los índices 0,3 (muy infeliz) y –0,3 (muy feliz), Matthieu Ricard logró -0,45. Lo que apuntaba que este monje, asesor del Dalai Lama, es mucho más feliz que el resto de los mortales.

Los resultados ratificaron que tanto Ricard como todos aquellos participantes que practicaban la meditación diaria tenían mucho menos estrés y emociones negativas reprimidas en su interior que los que no lo hacían, por lo que eran mucho más felices.

El estudio también constató que no hay que retirarse a un monasterio en Nepal, abrazar el budismo o renunciar a los bienes materiales (Ricard ha vendido millones de copias de algunos de sus libros como: En defensa de la felicidad o El monje y el filósofo, que ha destinado a obras sociales) para ser felices.

La felicidad, dicen estos expertos, es algo que está en lo más profundo de las personas, y sacarla es únicamente cuestión de voluntad y práctica. Al igual que un corredor se prepara físicamente para un maratón, a la mente se la puede preparar para rebajar los pensamientos y poder sentir la felicidad que reside en el interior. Además de la meditación, otras acciones que ayudan a acercarse a ella son tener una actitud activa y positiva frente a la vida y a quienes rodean a uno, y cultivar actividades que ayudan a estimular la parte afectiva, como la música, el baile o el arte. Porque, como dijo Tolstói: “El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace”. Y si se hace en presente, mucho mejor.

Tres pasos para ser felices:

1 - Breve meditación diaria. Por las mañanas, dedicar 10-15 minutos a meditar. Sentarse en un lugar tranquilo, con la espalda recta y tomar conciencia del cuerpo, atender a sus sensaciones y, en particular, al movimiento de la respiración. Tras unos minutos, evocar una imagen que provoque un sentimiento de felicidad o amor, tratar de mantener la atención en el sentimiento que produce y soltar la imagen para vivir unos instantes esa alegría o felicidad. Los últimos minutos se pueden dedicar a analizar la mente y los pensamientos, como si se fuera espectadores de una película. Al tomar conciencia, los pensamientos se apaciguan.

2 - Actitud positiva. A lo largo del día, tratar de movilizar la energía, la felicidad y la conciencia en todo aquello que se hace. Tanto en el trabajo, como con la familia, haciendo la compra o con los amigos, tratar de estar al 100%.

3 - Afirmación de la felicidad. Por la noche, durante unos minutos, dirigirse a la parte más inconsciente de la persona para recordarse que es energía, felicidad y conciencia, y se quiere vivir desde allí.

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