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dijous, 29 de setembre de 2011

“A MÍ EL MIEDO SE ME CONVIERTE EN RABIA , Y LA RABIA, EN ACCIÓN”. Pilar Mateo, doctora en Químicas. La Contra de la Vanguardia. 28/06/10

50 años. Nací y vivo entre Valencia y Bolivia. Casada por segunda vez y con dos hijos. El conocimiento en acción me parece la base fundamental para sacar adelante los pueblos. Soy cristiana. Charo González cuenta mi historia en El vampiro de los pobres (La Esfera de los Libros)

Carácter
Inventó una pintura que acaba con la vinchuca, el vampiro de los pobres, una chinche responsable del llamado mal de Chagas, que se ha llevado ya a más de 25 millones de personas en América Latina. En lugar de explotar su patente, decidió dirigir y controlar su aplicación. Y eso significa que se enfunda su mono blanco y se va a la selva a pintar paredes que tuvo que construir con sus propias manos, haciendo adobe con resinas y heces de vaca y de burro. Todo un carácter. En Bolivia recorre una extensión de 200.000 kilómetros cuadrados, el hábitat del pueblo guaraní, que la ha elegido su embajadora. También trabaja en las zonas más pobres de México, Argentina, Paraguay y Costa de Marfil.

Cómo llegó a su pintura milagrosa?
Toda mi vida ha estado vinculada a la providencia. De hecho, nunca tuve nada que ver con los insectos, mi especialidad es la ingeniería química, pero mi  padre tiene una fabrica de pinturas.
Entonces, ¿fue casualidad?
Leí en la prensa que habían cerrado un hospital porque había bichos por las paredes. Creé una pintura insecticida, registré la patente mundial y le dije a mi padre que le iba a hacer millonario porque aquella pintura podía acabar con mosquitos y cucarachas.
Pero se convirtió en pintora de brocha gorda.
Apareció un médico boliviano y me explicó que en su pueblo la gente se moría en masa por el mal de Chagas, una enfermedad mortal que transmite una chinche, la vinchuca.
Me impactó muchísimo. Lo dejé todo y, aunque mis hijos eran muy pequeñitos, me fui a Bolivia con cierta prepotencia.
¿Prepotencia?
Pensaba que en un mes lo solucionaba todo. Después de un día de caminos imposibles, llegué a mitad de trayecto a medianoche.
Allí me esperaban 30 mujeres guaraníes para hablarme de esa enfermedad que llevaba cien años matándolos. Me puse a llorar.
Aterrorizada por las expectativas.
Viven con miles de vinchucas en las casas que llegan a tener el tamaño de una cucaracha. Si enciendes una luz a medianoche, es el terror, ves una cortina de vinchucas que bajan por las paredes en busca de víctimas.
Qué espanto.
Mi sorpresa fue que en la mayoría de los poblados no había paredes, las casas eran cuatro palos, no había donde pintar. Entendí que el trabajo era  uchomás profundo. Fui para un mes y me quedé un año viviendo en comunidades indígenas; en una de ellas había 700 niños huérfanos por chagas. Y desde entonces estoy más allí que aquí.
¿Cuáles son los síntomas?
Cuando el parásito que deja en la sangre la vinchuca llega al corazón, al colon o al esófago, empieza a crecer hasta que revienta el órgano. Los síntomas son cansancio y, por tanto, una dejadez tremenda.
¿Se puso a hacer casas?
Sí, empezamos a hacer adobe como se hacia en la prehistoria, compacto e impermeable para poder pintarlo,y organicé a las comunidades en grupos para hacer viviendas.
¿Sola?
Los primeros años, sí. Ahora ya tengo un equipo de vinchuqueros. ¿Pero qué haces cuando vas a un lugar donde hay hambre, enfermedad, no hay trabajo, no hay nada?
¿?
Movilización social: casas, escuelas, incluso adecenté un cuartel lleno de vinchucas. A cambio, pedí al coronel mano de obra, treinta soldados para levantar escuelas en mitad de la selva. También organicé cooperativas de mujeres para hacer artesanía y 25 equipos de fútbol de madres.
Veo que le gusta el fútbol.
Sí,y ha sido fundamental porque ha cambiado los roles; hoy son respetadas por sus hijos. También tenemos dos escuelas de fútbol para niños, un centro de internet, vacas.
¿Aparecieron voluntarios?
Sí, y amigas. Con una empresaria de Canadá a la que le gusta hacer pasteles creamos una escuela de hostelería. Con otra amiga periodista creamos el programa Mujeres sin Fronteras, que es muy conocido.
¿Y su familia?
Hoy mis hijos y mi madre están integrados, vienen durante los veranos y tienen sus proyectos. Mi madre, el programa radiofónico Las recetas de la abuelita, y mi hija, Campamentos sin Fronteras.
¿Y cómo ha funcionado su pintura?
En las casas en las que han nacido niños desde hace seis años no hay ninguno con chagas. Ahora el proyecto es enorme.
La llaman el Ángel Blanco.
Hubo un gran mburuvicha que predijo un gran genocidio causado por un insecto, pero que vendría un ángel de tierras lejanas a salvarlos, y como yo para pintar llevo un mono blanco, dijeron que yo era el ángel.
¿Usted qué ha aprendido?
La pintura me ha dado la posibilidad de denunciar una realidad que conozco. Las enfermedades se tienen que solucionar haciendo viviendas dignas y tratamientos.
No hace falta inventar nada.
No. La mitad del planeta se muere de enfermedades que aquí hemos erradicado hace 50 años, sobre todo vinculadas con la higiene.
La vacuna de la malaria es estupenda, pero hay otras maneras de erradicarla. Voy a liderar un gran proyecto de malaria.
Doce años viviendo entre indígenas.
Otro mundo, en el que antes de ir a cazar piden permiso a la tierra. Son respetuosos hasta con la muerte. Cuando un guaraní está moribundo, se reúnen a su alrededor y le explican lo que ha sido su vida.
Bonita manera de marcharse.
Gracias a ese aprendizaje, hace dos años, cuando mi padre se moría, supe reunir alrededor de su cama a mis hijos, que le tocaban los pies, y a mi madre, que le daba la mano, mientras yo le hacía un masaje en el corazón y le decía: “Lo has hecho todo en la vida, eres un gran hombre, estamos muy orgullosos de ti, vete tranquilo”.
¿Usted no temía a la vinchuca?
A mí el miedo se me convierte en rabia, y la rabia, en acción. También sufrí amenazas: hay mucha gente que vive de la pobreza.


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