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dijous, 11 de setembre del 2014

La sexualidad es más que el sexo. Walter Riso.

Nadie niega que el sexo puro pueda ser placentero y adictivo. Los hombres sabemos esto más que las mujeres, aunque no exclusivamente. Su activación mueve montañas, derriba tronos, cuestiona vocaciones, quiebra empresas y destruye matrimonios. El deseo sexual no mide consecuencias. Casi siempre se impone más allá de nuestras fuerzas. Se requiere la capacidad de un faquir experimentado para tenerlo bajo control. Así es el sexo primitivo y anatómico: encantador, fascinante y "enfermador" para algunos o angustiante, preocupante y desgarrador para otros.
Pero la sexualidad es otra cosa. La sexualidad es la humanización del sexo crudo. Es la actividad por medio de la cual incluimos la genitalidad en un contexto interpersonal que va más allá de lo físico. En el entorno afectivo, la sexualidad trasciende lo corporal y se ubica en "un antes" y "un después". Se prolonga más acá y más allá de los apetecidos, encantadores, desvergonzados e incontenibles orgasmos. Bennedetti lo explica así:
Como aventura y enigma
La caricia empieza antes
De convertirse en caricia
Es claro que lo mejor
No es la caricia en sí misma
Sino su continuación
Somos más que biología. Cuando dos
enamorados se conectan
sexualmente, la actividad
sexual se transmuta en comunión.
En el sexo amoroso (sexualidad) el clímax no es la culminación de la relación, sino el comienzo de un reencuentro libre de deseo sexual: afecto en estado puro. Si hay amor, la cuestión apenas empieza después del desfogue hormonal. Prosigue en el abrazo, los mimos, las caricias sin testosterona y los arrumacos sin prevención. Se afianza en el beso impregnado de ternura y en el calor de un cuerpo desgonzado y bellamente fatigado.
Pero si el sexo está despojado de todo afecto, la experiencia se acaba en lo fisiológico: "A lo que vinimos". No hay continuación o siquiera antesala. Es puntual, primitivo y claramente animal. Cuando se logra la culminación nada justifica la permanencia. Por el contrario, cada instante posterior a la satisfacción se convierte en tormento. Si no hay afecto, el 'poscoito' se vuelve asfixiante, incómodo, empalagoso y cansón. Ya no hay por qué mentir, los temas se acaban, la amabilidad pierde funcionalidad y la proximidad del otro se asemeja a una invasión extraterrestre. Incluso a veces sobreviene la culpa o el arrepentimiento. No hay gusto, sino disgusto.
En la sexualidad sana, el sexo bruto se depura y completa en el amor o en la fantasía. En la actividad lúdica, en las cosquillas, en los prolegómenos de la conquista, en la ropa, los guiños, los perfumes, el hablado y las miradas. Los humanos imaginamos, anticipamos, recordamos y creamos. La fantasía es tan inevitable como la esperanza. Somos mucho más que ratones o gorilas respondiendo a la rígida predestinación ambientalista o reproductora. Somos mucho más que biología. Cuando dos enamorados se conectan sexualmente, la actividad sexual se transmuta en comunión. No digo que el afecto sea indispensable, lo que sostengo es que si el sexo está acompañado de amor, mejor; mucho mejor, cien veces mejor; mil veces mejor. Mientras hacer el amor con amor es la mejor de las redundancias, el sexo por el sexo es un agradable y escueto sexo al cuadrado, con altas probabilidades de crear adicción.
¿Por qué no matizamos, así sea de vez en cuando, la actividad sexual con afecto? Nada perdemos con intentarlo. Ensayemos a ver qué pasa. Si logramos darle al sexo más estatus afectivo, estaremos convirtiendo la antigua y problemática "energía libidinosa" en una experiencia más humanista. Ni represión enfermiza ni apego compulsivo. El sexo evolucionado es pasión afectiva dirigida a otro. Es hacer que dos personas afines que se gustan y/o se aman, parezcan una.
El sexo viene dado, la sexualidad hay que construirla. Hay que hacerla a nuestro amaño. Moldearla y experimentarla desde nuestra singularidad. Por eso, la sexualidad es personal y no transferible. Es el modo particular en que entremezclamos amor y sexo para damos gusto.

Del libro Amores áltamente peligrosos.
Walter Riso.
Editorial Océano.

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