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dimecres, 7 de maig de 2014

Las ventajas de tener hermanos. Irene Orce. La Vanguardia.

“No hay ningún amigo como un hermano, y tampoco ningún enemigo como un hermano”, Proverbio persa
A veces están esperándonos cuando llegamos al mundo, otras, aparecen por sorpresa y se llevan toda la atención. Por lo general, vienen en tres tamaños: mayores, medianos y pequeños. Y con ellos aprendemos por primera vez lo que significa tener celos, pelearnos hasta perder el aliento y descubrir el significado de la complicidad. Tener hermanos es una de las mayores aventuras que nos ofrece la vida. Pero como todas las relaciones intensas, no están exentas de conflicto. El tiempo a veces crea barreras cada vez más difíciles de superar, nos centramos en nuestra propia vida y en ocasiones nos distanciamos. A veces parece la salida más fácil. De ahí que muchos de nosotros nos hayamos planteado alguna vez: ¿cómo habría sido nuestra vida si fuéramos hijos únicos?
Posiblemente, nuestra infancia habría sido más tranquila. No habríamos tenido que compartir habitación, heredar ropa, ni tampoco competir por la atención de nuestros padres. Habríamos evitado innumerables discusiones y peleas, salidas de tono, palabras amargas y reacciones dolorosas. Nos hubiéramos llevado menos disgustos y hubiéramos tenido que superar menos obstáculos para lograr nuestros objetivos. Sea como fuere, nuestra vida sería muy distinta. E inevitablemente, nosotros también. Pero en el proceso, posiblemente nos habríamos perdido muchas cosas. Porque se pasan la vida molestándonos y poniéndonos de los nervios, pero sin ellos nada sería igual. Porque nosotros podemos meternos con ellos y decirles animaladas, pero si alguien más lo hace, salta como un resorte el instinto de protección. Porque nuestra infancia no hubiera sido igual sin los secretos y confidencias compartidas, sin la risa floja y sin esas miradas que lo dicen todo. De ahí la importancia de reflexionar sobre qué significa realmente tener hermanos.
No todas las relaciones fraternales son iguales, pero todas son fuentes de aprendizaje. De un modo u otro, nuestros hermanos aportan muchas cosas en nuestra vida, pese a las diferencias que a menudo se generan. Pueden ser las personas que más queremos y también las que más odiamos, incluso ambas en el curso de un mismo día. Despiertan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Pero depende únicamente de nosotros ver las desventajas…o los beneficios de tener hermanos.

No somos el centro del universo
“Las parejas van y vienen, los hijos llegan y eventualmente se van, los amigos se transforman y se alejan. Lo único que jamás se pierde es un hermano”, Gail Sheeny
No importa si tenemos uno o diez, tener hermanos es sinónimo de aprender a compartir. Y hay que ver lo mucho que disfrutamos aprendiendo tan valiosa lección. Todo comienza el día en que nuestro juguete preferido aparece en manos de nuestro hermano o hermana. Sería fabuloso decir que nuestra reacción inicial es la generosidad absoluta, pero por lo general, las emociones que nos despierta esa imagen son un poco menos constructivas. Hay quien se lanza sin dilación con la firme misión de recuperar lo que es suyo, sin importar lo que le pase al ‘usurpador’ que lo sujeta. En esta división entran los empujones, los tirones de pelo, las bofetadas y el método ‘speedy gonzález’, que consiste en agarrarlo antes de que se dé cuenta y salir pitando, con toda la velocidad que nuestras cortas extremidades nos permitan.
Pero todas estas técnicas no acaban demasiado bien. El llanto del susodicho ‘ladrón de juguetes’ alerta a las autoridades, que muy cariñosamente nos informan de que las cosas ‘hay que compartirlas’. Tal blasfemia nos suele dejar berreando, pero tras la pataleta, no nos queda otra que ceder. Aprendemos a compartir no siempre por voluntad propia, sino muchas veces por necesidad. En ocasiones, esta lección continúa su curso en la adolescencia. Especialmente en lo concerniente al ámbito textil –más común entre hermanas- y tecnológico –entre hermanos-, aunque ambos son intercambiables. El concepto de propiedad despierta al monstruo que llevamos dentro, y desata huracanes de gritos, algo que no suele aparecer en las etiquetas e instrucciones de uso de un simple jersey o un ordenador.
Con un poco de suerte, con el tiempo descubrimos los beneficios del ‘quid pro quo’. O lo que es lo mismo, el consabido ‘hoy por ti mañana por mi’. Nos hacemos expertos en el trueque, clave de toda convivencia. Sin saberlo, estamos desarrollando la capacidad de negociar, la creatividad –especialmente cuando devolvemos con alguna tara los artículos ‘prestados’ con o sin conocimiento de su dueño/a- y la generosidad. Aprendemos a valorar las necesidades, ilusiones e inquietudes de otro ser humano además de las nuestras. Eso nos ayuda a desarrollar la empatía y a limar nuestro egocentrismo, cualidades que nos serán muy útiles en los años venideros. Y en ocasiones, nos ayuda a cogerle cierto ‘gustillo’ a arrancarle una sonrisa o un gracias a ese ‘bicho’ con el que compartimos techo. Aprender a compartir de corazón y no por obligación nos ofrece infinidad de beneficios. Satisfacción, alegría, bienestar interno…llega un momento en el que no lo hacemos por el otro, sino por nosotros mismos.

 Para descubrir nuestros límites
“Ayuda a tu hermano a cruzar el río y verás que tu también llegaste a la orilla”, Anónimo
Nuestros hermanos son como cajas de pandora. No importa si llegan antes o después al mundo que nosotros, despiertan nuestras primeras envidias y comparaciones. “¿Por qué a él le dejan salir más tarde que a mi?” “¿Por qué siempre le tocan los mejores regalos?” “Por qué a mi me exigen sacar mejores notas?” “¿Por qué se lleva mejor con mi madre o con mi padre que yo?” “Es la más mimada con diferencia”. Consciente o inconscientemente, a menudo entramos en competición con ellos. Y aunque esta rivalidad puede ser fuente de frustraciones y profundo malestar, también tiene un lado positivo. La competición sana nos lleva a intentar destacar en algo por nosotros mismos, lo que nos lleva a desarrollar nuestras habilidades innatas y talentos. Y en este proceso, también aprendemos el significado de humildad. E incluso a hacer equipo con nuestro ‘rival’ en los momentos más inesperados. Especialmente cuando nos encontramos con un objetivo común: por lo general, conseguir algo de nuestros ¿inocentes? progenitores.
Lo cierto es que existen pocas personas que sean capaces de sacarnos de nuestras casillas como lo hacen nuestros hermanos. Tienen la capacidad de tocar todas las teclas correctas para hacernos saltar. Ponen a prueba el alcance de nuestra ira y la potencia de nuestra mala leche. Despiertan nuestros más bajos instintos, que se transforman el palabras viles y en ocasiones hasta en zapatillas lanzadas con sorprendente puntería. Nos chinchan, nos machacan y nos llevan al límite. En esos momentos, hay quien opta por cultivar la paciencia y quien elige tomar distancia e incluso dejar de hablar al estímulo causante de todas esas emociones tóxicas. Esta puede resultar una situación permanente –en el caso de que no vivamos bajo el mismo techo- o extremadamente difícil de mantener, en el caso contrario. Si bien la distancia ofrece perspectiva, cortar un vínculo tan profundo de raíz deja secuelas. Y antes de tomar una decisión tan definitiva, vale la pena valorar la relación en su conjunto, con todo lo que nos aporta, y no únicamente aquellas cosas que nos hacen daño.
Posiblemente, una de las más importantes se conoce como ‘complicidad’. Según la RAE, es “la actitud con que se muestra que existe conocimiento por parte de dos o más personas de algo que es secreto u oculto para los demás”. O dicho de otro modo, es la capacidad de identificar en uno de esos eternos viajes en coche a qué familiar se le ha escapado una de esas ventosidades conocidas como ‘muerte silenciosa’, que atacan a traición y dejan una indeleble huella olfativa. Es la cualidad que nos lleva a rendirnos a la risa floja, a comprendernos con una mirada, a terminar inventando juegos a las tantas de la madrugada para combatir el aburrimiento. Posiblemente todos podamos recordar algún momento en el que nos hemos sentido más cerca de nuestro hermano o hermana que de cualquier otra persona en el mundo.
Nuestros hermanos son grandes maestros. A diario nos brindan la oportunidad de desarrollar nuestra tolerancia y nuestra paciencia. Como cuando nos dicen las verdades que más nos cuesta escuchar. Y por si fuera poco, nos ayudan a comprender el auténtico significado de aceptación y de perdón. Pero ante todo, nuestros hermanos nos ayudan a descubrir quienes somos. Y como nos llevan al límite, nos dan la oportunidad de decidir quién queremos ser. La relación que mantenemos con ellos no es siempre un camino de rosas. Todos tenemos esqueletos en el armario, cosas que hemos dicho u hecho de las que no estamos particularmente orgullosos. Podemos tratar de evitar enfrentarnos a ellas, poniendo toda la responsabilidad de una relación fallida en el otro, o dar el primer paso en pos de la reconciliación. Y de vez en cuando, recordarles lo que significan para nosotros. Porque está en nuestras manos decidir qué nos pesa más. ¿Las desventajas…o las ventajas de tener hermanos? ¿Con qué nos quedamos?

En clave de coaching
¿Qué nos aportan nuestros hermanos?
¿Cómo cambiaría nuestra relación si les recordáramos lo que significan para nosotros?
¿Qué cambiaría en nuestra vida si les tuviéramos cerca?

Libro recomendado

‘Mujercitas’, de Louise Marie Alcott (Lumen)


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