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dimecres, 14 de maig de 2014

¿Olvidar los malos recuerdos?. Cristina Sáez. La Vanguardia.

En ocasiones nos gustaría poder escoger qué olvidar y qué recordar para siempre. Y aunque de momento es imposible, los neurocientíficos estudian cómo ayudarnos a potenciar la memoria y también cómo evitar que las remembranzas traumáticas nos produzcan sufrimiento.
Aquella noche había quedado para salir a bailar con unas amigas. Caminaba ligera, por una calle peatonal del barrio gótico de la ciudad, cuando, de repente, unos 10 metros más adelante, un hombre se arrojó por el balcón y se estampó contra la acera, frente a ella. Gritos, sangre por todas partes, gente corriendo de un lado a otro histérica, la sirena de la policía.
De aquel fatídico suceso han pasado cerca de diez años, sin embargo, C.S. sigue reviviendo, de vez en cuando, aquella escena. Recuerda, sobre todo, el ruido seco del cuerpo al impactar contra el suelo y a veces la imagen de aquella persona ensangrentada la despierta en medio de la noche. “Ojalá pudiera olvidarlo –dice esta mujer afligida–. Cuando me viene aquel momento a la mente, es como si volviera a estar allí. Me pongo a temblar, tengo escalofríos y el corazón me va a mil”.
Por desgracia, muchos de nosotros a lo largo de la vida pasamos por momentos duros; experimentamos situaciones dolorosas que pueden llegar a ser traumáticas, como un accidente, un atentado o la muerte de un ser querido. El dolor forma parte de la existencia y, en ocasiones, tiene un valor educativo: nos enseña y nos prepara para enfrentarnos en el futuro a situaciones similares. El problema no es recordar un evento doloroso, sino que al hacerlo suframos de tal manera que eso nos impida seguir con nuestra vida de forma normal.
“Se nos puede morir un hijo y que el dolor que sintamos no nos deje ni ir a trabajar, ni salir de casa. Si eso se alarga mucho tiempo, puede provocarnos estrés postraumático e incapacitarnos en nuestro día a día”, explica la psicóloga clínica Ingeborg Porcar, experta en traumas y emergencias. “Presenciar un hecho con imágenes, sonidos u olores impactantes ya nos puede generar un trauma”, añade.
Hasta ahora, no podíamos controlar qué recordar y qué olvidar. La memoria se encargaba de ello y, en ocasiones, nos jugaba malas pasadas. No obstante, eso podría cambiar. Desde hace un par de décadas, neurocientíficos de todo el mundo investigan cómo funciona el cerebro, cómo se forman los recuerdos y de qué manera se puede ayudar a las personas a mejorar y potenciar su capacidad de aprendizaje, esto es, a reforzar la memoria. Pero también estudian maneras para impedir que los recuerdos de experiencias dolorosas o traumáticas queden registrados en nuestras redes de neuronas.
“Quizás, en el futuro, podremos tomar una pastilla para recordar mejor y, otra, para olvidar experiencias dolorosas o traumáticas”, señala Michael Gazzaniga, uno de los fundadores de la neurociencia cognitiva, quien visitó Barcelona recientemente para participar en el ciclo En los orígenes de la mente humana, organizado por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).
La memoria traicionera. La desgracia no nos afecta a todos por igual. “Su repercusión sobre la memoria y el resto de funciones mentales depende del evento en sí. Si es claramente peligroso para la vida impacta, pero también, y quizá mucho más, influyen las características personales de cada uno. Hay a quienes les genera un trastorno por estrés postraumático, a otros un cuadro depresivo, inicio de adicciones y a otros, nada”, explica Xaro Sánchez, doctora en psiquiatría y miembro del grupo “Cervell de Sis”.
Para entenderlo, es necesario saber cómo funciona la memoria humana. Solemos pensar que es como una cámara de vídeo que va registrando lo que pasa a nuestro alrededor y que después archiva de forma ordenada esas escenas de nuestra vida en el disco duro del cerebro para poder recuperarlos cuando los necesitemos. Lejos de la realidad. Tal como afirma el profesor de psicología de la Universidad de Nueva York, autor de Kluge: la azarosa construcción de la mente humana (Ed. Ariel, 2010), Gary Marcus, la memoria es una verdadera chapuza.
A diferencia de los ordenadores, con los que solemos comparar al cerebro, este no guarda la información en forma de paquetitos de datos constantes a lo largo del tiempo, sino que la memoria funciona por contexto. Para aprender nuevas cosas utiliza “pistas”, una especie de ganchos para estirar de ese determinado recuerdo. Por eso, es más fácil recordar la receta de un pastel si estamos en la cocina que si lo intentamos en la calle.
Esta forma de funcionar comporta ventajas: el cerebro prioriza recuerdos y recupera aquellos que más se utilizan. Aunque también conlleva problemas. Cuando dos situaciones son similares, en ocasiones no sabe cuál escoger y se equivoca.
Y luego están las emociones, básicas, que interfieren de manera directa en cómo se graba el recuerdo e incluso pueden llegar a distorsionarlo. Sin emociones, no hay aprendizaje ni, por tanto, recuerdos. De ahí que no nos acordemos de lo que compramos en el súper hace un mes, mientras que sí somos capaces de explicar con detalle la cena romántica con nuestra pareja del fin de semana pasado.
También funcionan de filtro a la hora de recuperar el pasado. “Si empiezas a tener problemas con un compañero de trabajo, a partir de cierto momento sólo recuerdas las cosas desagradables y olvidas las buenas que puede que haya habido antes señala Ingeborg Porcar, al frente de la Unidad de Trauma, Crisis y Conflicto de Barcelona–. Eso pasa porque la memoria pone un filtro selectivo a la hora de almacenar nueva información y también de evocarla”.
Las emociones ejercen un papel crucial en situaciones traumáticas. La memoria, apunta Andrés Cuartero, psicólogo clínico al frente de la atención psicológica en el Sistema de Emergencias Médicas de Catalunya (SEM), está al servicio de nuestra supervivencia. Por ello, ante una situación de peligro, el organismo activa una respuesta biológica de estrés, que, por una parte, nos prepara para salir huyendo en caso necesario, pero que, por otra, también nos enseña; registra el evento como peligroso y nos prepara para el futuro. No obstante, cuando se producen circunstancias extremas, como el accidente con víctimas, la respuesta de activación del organismo se amplifica de tal manera que hace que la memoria comience a fallar.
Completando los relatos. En situaciones como ese accidente, se dispara la amígdala, una región con forma de almendra, que se encuentra ubicada en el centro del cerebro y que está relacionada con los mecanismos de miedo y supervivencia. La sobreactivación de esta área influye sobre el hipocampo, encargado del aprendizaje y de dotar de un escenario y de un tiempo a los recuerdos. Cuando se produce una situación traumática, el hipocampo no puede registrar con normalidad lo que ocurre. De manera que se producen lagunas, escenas confusas. Entonces, de forma inconsciente, el cerebro trata de resolverlas, pone orden en los recuerdos y trata de conferirles un sentido, aunque para ello tenga que… inventar. Y es que no le gustan las incertidumbres.
Así se comprobó en un estudio llevado a cabo tras los atentados del 11 de setiembre en Estados Unidos. Un equipo de psicólogos liderados por Elizabeth Phelps y William Hirst, de la Universidad de Nueva York, entrevistaron a personas que habían vivido en primera persona el terrible suceso poco después de que se produjera y recogieron sus testimonios. Al cabo de un año, volvieron a entrevistarse con aquellas personas y vieron que sus recuerdos se habían modificado en un 37%. Tres años más tarde, el 50% de sus memorias sobre aquel fatídico día eran distintas. En algunos casos, las historias se habían fortalecido y ganado en coherencia; pero en otros, algunos individuos incluso afirmaban estar en otro lugar distinto cuando cayeron las torres. Era como si aquel recuerdo traumático se hubiera corrompido y transformado, a pesar de que ellos no eran ni tan siquiera conscientes de ello.
“En una situación de estrés máximo, de shock, como la que vivieron los testigos del accidente ferroviario en Castelldefels (en el que murieron trece personas en junio del 2010), la memoria empieza a fallar y es incapaz de recoger todo lo que sucede, de manera que se producen lagunas, trozos que no recordamos. En lugar de experimentar una experiencia integrada, lo hacemos de forma fragmentada. Y eso es fatal para el cerebro, porque si no es capaz de resolver esa historia incompleta, eso puede conducir a situaciones de estrés postraumático, como las que viven muchos soldados que tras volver de la guerra, tienen flashbacks y reviven una vez y otra el trauma”, explica Cuartero, que fue uno de los profesionales del Sistema de Emergencias Médicas de Catalunya que participó en la atención a las víctimas la misma noche del terrible suceso en aquel pueblo catalán.
Regreso al pasado. Esos flashbacks son, a menudo, imágenes intrusivas, que a diferencia de los recuerdos, que tenemos que evocar de forma consciente, aparecen una y otra vez con la misma intensidad emocional que cuando las registramos. Ingeborg Porcar, al frente de la Unidad de Trauma, Crisis y Conflicto de Barcelona (Utccb.net), asistió a algunos de los pasajeros que sufrieron el naufragio del trans­atlántico Costa Concordia.
“Algunas de las personas experimentaban sensaciones recurrentes de frío, humedad, desamparo. Sobre todo aquellas que tardaron más en ser rescatadas, las que sufrieron por su vida, tenían problemas para dormir, experimentaban sentimientos de rabia y de miedo. La megafonía también les producía intrusiones: algunas personas, meses después del accidente, aún se asustan cuando en el supermercado oyen un anuncio, porque les recuerda las alarmas, las consignas de evacuación de aquella noche”, explica Porcar.
Que se produzcan este tipo de flashbacks o de imágenes intrusivas durante un tiempo es absolutamente normal. Forma parte del periodo de adaptación de las personas a la nueva realidad. Pero ¿cómo evitar que esos flashbacks se cronifiquen y conviertan nuestras vida en un infierno? Algunos neurocientíficos creen que es mejor no hablar las cosas, puesto que consideran que esta estrategia puede empeorar la situación al reforzar el trauma; existe un estudio en ese sentido, llevado a cabo por el ejército norteamericano, en el que se monitorizaba a 952 pacificadores en Kosovo; la investigación puso de relieve que hablar sobre la misión no ayudaba a la recuperación de aquellas personas, sino todo lo contrario: se había visto que incluso aumentaba la ingesta de alcohol.
Otros profesionales, en cambio, consideran que la terapia de exposición es una buena forma de evitar el estrés postraumático. “Compartir es el sistema que tenemos desde que somos humanos para poder ayudarnos. Y aunque no hay una receta mágica aplicable a todo el mundo –puntualiza Cuartero–, en general, tal como aconseja la sabiduría popular, hablar de las cosas que nos ocurren alivia. Eso sí, hay que encontrar el momento adecuado para hacerlo”.
Justo después de que se produzca el suceso lo más conveniente es tranquilizar a la persona. Es en esos momentos en los que se pueden construir aspectos muy ligados a los traumas, como fobias, o sensaciones de ansiedad, miedo, angustia, desequilibrio psicológico, por lo que la primera intervención de los psicólogos que acuden como parte del servicio de emergencias médicas al lugar de la tragedia suele ir encaminada a desactivar el estado de shock de la persona, a hacer que se sienta segura, para que pueda recuperar la funcionalidad lo antes posible. “Se trata de que puedan conectar de nuevo con la realidad, que puedan empezar a autorresponsabilizarse de sus cuidados. Debemos intentar romper la sensación de vulnerabilidad que tienen”, explica Cuartero. Conectarlos de nuevo con la realidad y, sobre todo, darles información. Deben saber qué ha ocurrido. Se trata de poner las bases para que en aquellos momentos iniciales tan duros podamos prevenir que aquello derive hacia consecuencias más graves, que no se produzca un desequilibrio”, añade.
Pastillas para olvidar. Pero ¿qué pasa con aquellas personas a las que, a pesar de la terapia psicológica, los recuerdos las acechan y no las dejan vivir tranquilas, como las víctimas de abusos sexuales? Los neurocientíficos sopesan la posibilidad de administrar fármacos capaces de borrar selectivamente partes de la memoria. Han visto que hay una proteína, la quinasa C, que tiene un papel esencial en la regulación de la consolidación de los recuerdos; se halla presente en las sinapsis, las conexiones entre las células nerviosas, y se ha visto que cuando no está presente, los recuerdos comienzan a desvanecerse.
Y es que recordar y los recuerdos no son otra cosa que un cóctel de sustancias químicas. Para que una neurona pueda establecer una conexión con otra y así forjar una memoria, se necesita que se active una serie de genes y que se sinteticen proteínas que ayuden a que la excitación eléctrica pase mejor de una a otra célula nerviosa.
En los años noventa Karim Nazer, un científico que estudiaba la respuesta emocional del cerebro en la Universidad de Nueva York, investigó qué pasaba si bloqueaba esa síntesis de proteínas. Hizo que una docena de ratas asociaran un fuerte ruido con una pequeña pero dolorosa descarga eléctrica y, tras semanas reforzando esta asociación, probó a inyectar en los roedores un inhibidor de la síntesis de proteínas. Para su sorpresa, descubrió que al sonar el ruido que habían oído durante meses, las ratas ni se inmutaban. ¡Se habían olvidado de la asociación! Si la proteína no se podía formar en el acto de recordar, entonces el recuerdo original también dejaba de existir.
Al parecer, el borrado era bastante específico y los animales podían seguir aprendiendo cosas nuevas. La investigación de Nazer supuso un descubrimiento enorme en neurociencia porque contradecía la idea de que los recuerdos se formaban y se guardaban en el cerebro; había quedado demostrado que se reconstruían cada vez que los evocamos. Y en esto se basa la idea de crear una pastilla que nos ayude a borrar los malos recuerdos.
En un reportaje publicado en primavera del 2012 en la revista Wired, se recogía que se habían llevado a cabo experimentos recientes con ratas en los que se hacía que los animales asociaran la sacarina con náuseas; para ello, les daban una inyección de litio cada vez que probaban este edulcorante. Tras reforzar la relación entre sacarina y náusea, al parecer bastó una sola inyección de sustancias inhibidoras de la proteína quinasa C para que las ratas olvidaran su aversión.
Algunos científicos apuntan que en el futuro puede que haya tratamientos basados en este tipo de químicos, que se aplicarán para modificar un recuerdo concreto. “Trabajamos para aumentar la memoria, pero también para borrarla. Estamos estudiando fármacos que parece que podrían funcionar. Podríamos tomar pastillas para reforzar determinados recuerdos y otras para olvidar malos momentos”, indica Michael Gazzaniga, catedrático de Psicología de la Universidad de California y autor de ¿Qué nos hace humanos? (Ed Paidós, 2010). “Tendremos que valorar el impacto que este tipo de pastillas podría tener en nuestras vidas; hay quienes ven problemas, yo no”, agrega.
Para Andrés Cuartero, no sería ético. ¿Quién tiene el derecho a decidir qué recuerdo se guarda y cuál no? ¿Cómo asegurar que se puede hacer una selección muy específica de recuerdos químicamente? ¿Afectaría eso al resto del córtex? Porque en los experimentos con ratas no se puede comprobar.
Se han llevado a cabo estudios pioneros en este sentido. En el departamento de Psicología Clínica de la Universidad de Amsterdam, realizaron un experimento con 40 voluntarios. Primero, les condicionaron para que tuvieran miedo a algo: les enseñaban una foto de una araña y la acompañaban de un estímulo doloroso. Tras hacerles adquirir ese miedo, a la mitad de los participantes se les administró un placebo y a la otra mitad una dosis de 40 mg de propanolol. Un día después comprobaron que aquellos que habían tomado el fármaco no mostraban reacción de miedo ante el estímulo a diferencia del resto de voluntarios. Pero ¿funcionará el propanolol, un fármaco que se emplea para tratar la hipertensión, para tratar los miedos derivados del estrés postraumático?

Quizás en el futuro podremos escoger qué guardar y qué borrar. ¿Que tenemos un desengaño amoroso? Delete. ¿Que dejamos atrás un año horrible, lleno de malas noticias? Fuera. Si el pasado se convierte en una lista de cosas que podemos recordar y que no, ¿se imaginan el poder y el peligro que eso conllevaría? De momento, este tipo de tratamientos son pura hipótesis y no salen del laboratorio, pero quizás haya que comenzar a plantear el debate en sociedad. 


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