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dissabte, 31 de maig de 2014

Cinco fases para encajar el fracaso. Pilar Jericó

A nadie le gusta fracasar, sin embargo, es algo que a todos nos sucede. Lo primero para encajarlo es reconocerlo. Uno de los principales problemas de nuestra cultura es que ocultamos el fracaso a diferencia de otros países. Recuerdo lo que me impresionó de un profesor que tuve de la universidad de UCLA (Los Ángeles). Cuando se presentó el primer día habló de sus éxitos, publicaciones y muchas cosas positivas. Pero después comenzó a hablar de sus fracasos, en qué empresas se había equivocado y en qué posiciones no había sabido salir airoso. Me llamó mucho la atención. Era una presentación que no había escuchado nunca en España. Durante aquellos meses, pasaron varios ponentes por distintas clases y al igual que hablaban de sus éxitos, incluían en sus presentaciones, sus errores y lo que ellos había sabido aprender de todo ello (un ejemplo típico es el discurso de Steve Jobs, en la graduación de Stanford).
En nuestra cultura no siempre sucede así. Nos da pudor y puede que sea por la imagen, por educación o por otros factores. Para evitarlo, nos llenamos de excusas, culpamos a los otros y puede que parte de razón tengamos. Pero no podemos aprender si ocultamos nuestros errores (al menos, a nosotros mismos). Aquí comienza la primera fase para encajarlo: podemos vender de cara hacia fuera que somos exitosos (si no tenemos aún resueltas nuestras luces y sombras), pero internamente necesitamos un espacio para reconocer nuestra responsabilidad.
Segunda, encajar el fracaso significa pasar un duelo o un luto. Cuando uno mete la pata, lo pasa mal. Así de fácil. Las palabras positivas tienen su efecto pero previamente necesitamos atravesar un pequeño (o un gran) desierto. Cuando alguien querido se ha equivocado, no podemos evitar que pase dichos momentos. Podemos reducir el tiempo de la travesía. En vez de sufrir días y días, podemos ayudarle a que lo positivice más rápidamente, en unas horas. Y ayudar a alguien a que encaje su error, significa acompañarle también en esos instantes. Frases típicas: “No llores” cuando la persona lo está pasando mal, es una forma de decirle “deja de llorar para que yo no lo pase mal viéndote”. En entonces cuando hay que acompañarle, aguantar el tipo y después de que se haya desahogado, pasar a la siguiente etapa.
La tercera fase consiste en contemplar el “fracaso” desde una mayor perspectiva. Al final, tanto el éxito como el fracaso es un concepto muy relativo en el tiempo si se sabe encajar bien. Hay un sinfín de ejemplos que lo demuestran: Michael Jordan fue expulsado del equipo de baloncesto por no ser un buen jugador, Walt Disney fue criticado por unos estudios de cine por su falta de creatividad, Marilyn Monroe fue considerada por su productor de 20th Century Fox como una actriz poco atractiva o la misma Oprah Winfrey fue despedida de su trabajo como reportera televisiva porque “no era adecuada para las cámaras”. Está claro que detrás de las biografías de personas de éxito se esconden muchas piedras (y algún que otro “visionario”, podríamos añadir). Por ello, como tercer paso tenemos que contemplar un revés como algo sujeto en el tiempo y como el embrión para reinventarnos o para lograr algo más grande. Pero lógicamente, para ello, necesitamos apoyarnos en la cuarta fase: el aprendizaje.
El auténtico fracaso consiste en no saber aprender de nuestros errores. Todos nos equivocamos. Ya lo hemos dicho. Sin embargo, si no los utilizamos como una oportunidad de aprender algo de nosotros mismos o de las experiencias que nos rodean, será una auténtica equivocación. El caso de Michael Jordan lo ejemplariza muy bien. Después de que le expulsaran del equipo de baloncesto de su colegio y de que pasara un día entero encerrado en su cuarto llorando, decidió luchar para lograr su sueño. Le pidió al entrenador formar parte del equipo, aunque fuera llevando las cosas a sus compañeros seleccionados. Él quería estar cerca del equipo, seguir aprendiendo para tener algún día su oportunidad. Así lo hizo y se convirtió en la leyenda que es.
Y por último, no debemos obsesionarnos con el fracaso. Si nos acercamos a un proyecto con miedo a equivocarnos, vamos a tener más probabilidades de “tener razón” y cometer los temidos errores. Como le ocurrió hace años a Alex Corretja en un partido contra Hewitt. Entró en la pista pensando: ¿Qué sucedería si perdiera 6-0, 6-0 y 6-0? No consiguió quitarse esta idea y al final, fue derrotado por 6-0, 6-0 y 6-1. Por eso, no es de extrañar que una de las claves del éxito de Rafa Nadal esté en el entrenamiento de su tío ante un error. Cuando falla una bola, no se obsesiona y comienza a pensar: “Qué mal voy”, “qué tonterías estoy haciendo”… o cosas de esas. Sencillamente, tiene la capacidad de pasar página y centrarse en el futuro. Luego, ya le dedicará tiempo a aprender, pero en el momento presente, no puede dejar que su mente le pase una mala jugada.

En definitiva, todos nos equivocamos y esto es una buena noticia porque significa que estamos vivos. Los errores muchas veces nos cuestan encajarlos, pero en la medida que seamos capaces de reconocerlos, pasar su luto rápidamente, contemplarlos con perspectiva, saber aprender y no obsesionarnos con ellos, estaremos más capacitados para sacar el máximo partido. Además, ¿cuántos fracasos hemos tenido que nos han permitido alcanzar luego éxitos que no hubiéramos imaginado a priori? Por tanto, el fracaso es algo muy relativo.


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