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dimarts, 20 de maig de 2014

Testosterona Ibérica. Gaspar Hernàndez.


Zak dice que a causa de la testosterona los líderes tienen la probabilidad de volverse más temeraios e impulsivos.
Lo que me da pereza de las campañas políticas son los exabruptos que cada día es­tamos obligados a escuchar.
La mayoría provienen de hombres. Machos ibéricos que hace años no se hubiesen imaginado que algún día desaparecería el servicio militar obligatorio. Su forma de entender la vida tiene algo de salvaje, violenta: la violencia verbal también es una forma de violencia. Es lo primero que se tendría que en­señar en las escuelas. Las palabras como piedras.
A lo mejor, estos machos ibéri­cos tienen exceso de testosterona. Federico Mayor Zaragoza, exdirec­tor general de la Unesco, dice que el mundo cambiará el día que gobier­nen las mujeres, porque ellas, según Mayor Zaragoza, y a diferencia de los hombres, solo recurren a la vio­lencia física como último recurso.
El caso es que, para intentar comprender algunas de las tonte­rías que se dicen estos días, me he documentado sobre la testostero­na. Porque yo solo sabía, sobre la testosterona, que era la responsa­ble de la caída de mi cabello (y del de José Bono, por citar a uno de los políticos que están pronunciando palabras que no están a su altura; pero Bono debe asociar el cabello a la virilidad, y se ha operado).
He leído el último libro de Paul J. Zak, profesor de Neurología y licen­ciado en Matemáticas y Economía. El libro se titula La molécula de la felicidad (Indicios) y se ocupa de una pequeña molécula llamada oxi­tocina. Capaz de actuar como hor­mona y neurotransmisor. Gracias a la oxitocina podemos lograr una conducta generosa y cariñosa.
La testosterona, en cambio, es otra cosa. «Induce a la gente a ha­cer cosas extrañas», escribe Zak. «A decir verdad, esa gente que hace cosas raras suelen ser hom­bres, no mujeres». La mayoría de delitos son cometidos por hombres jóvenes. «Sabemos que las muje­res pueden destacar como policías, engañar a sus maridos y cometer fraudes, pero el hecho es que son, de promedio, más empáticas, al­truistas, generosas y caritativas que los hombres», sostiene.
Según él, la testosterona pro­voca batallas verbales por la plaza de aparcamiento, peleas en bares, y mucha violencia doméstica. Los hombres con gran cantidad de tes­tosterona se divorcian más a me­nudo, pasan menos tiempo con sus hijos, entran en competiciones de todo tipo, y pierden el empleo más a menudo. «Es por eso que la na­turaleza emparejó la testosterona (agresión y castigo) con la oxitoci­na (empatía y cooperación)».
Cuenta Zak que bajo la influen­cia de la testosterona, los líderes tienen la probabilidad de volverse «más temerarios e impulsivos» cuanto más alto lleguen. «Algu­nos estudios sobre corporaciones demuestran que las conductas más groseras e inapropiadas, ta­les como soltar blasfemias, flirtear de manera inadecuada o tomar el pelo de forma hostil, se suelen dar de manera inapropiada en quienes ocupan los mejores puestos».
La suma de poder más testos­terona es de lo más peligrosa, se­gún este neurocientífico. Con poca oxitocina, «es muy fácil que el otro se convierta en el Enemigo, y más tarde en el Demonio». Cómo pode­mos generar más oxitocina? Abra­zándonos. No es broma. Lo sostiene PauI J.Zak.
Según él, son necesarios 10 abrazos al día. Por favor, po­líticos españoles: abrácense más.

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