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dimarts, 23 de setembre de 2014

ATRÉVETE A FLUIR… Miguel Benavent de B.

Las personas que como yo se han hecho a sí mismas saben que la vida depende de nosotros y lo que queramos conseguir de ella. No dejamos que los demás o el destino marque nuestros pasos o nos lleve a donde soñamos llegar. Seguramente hemos tenido éxito en ciertos aspectos de nuestra vida y en otros, no tanto. Y nos sentimos orgullosos de haber llegado hasta aquí y ahora, probablemente porque hayamos alcanzado aparentemente este difícil equilibrio entre el querer y el poder lograr algo por nosotros mismos. Eso muy probablemente nos ha hecho personas autosuficientes e incluso envidiadas y codiciadas por los demás.
Pero, si somos honestos con nosotros mismos, reconoceremos que esa sensación de estabilidad y seguridad es pura apariencia. Basta que la vida nos traiga algún imprevisto para que se desmorone nuestra sensación de tranquilidad. Y digo tranquilidad, aunque la verdad es que no paramos quietos, somos emprendedores crónicos y no descansamos jamás. Pero un día incluso crees que el mundo no giraría si tu dejaras de pedalear en él. Y, por eso, de vez en cuando, nos cansamos de tanta responsabilidad y soñamos que algo o álguien nos lleve de la mano y nos permita descansar, al menos un rato. Y eso, no sucede nunca, aunque nos obstinemos en lograrlo. Nuestra vida y nuestras relaciones dependen -o eso creemos, al menos- de nosotros.
Con toda seguridad esa manera de vivir encubre miedo. Me explicaré. Miedo a la vida y a que ésta nos traiga algún imprevisto y que no sepamos reaccionar. Es, ni más ni menos, que una huída permanente hacia adelante. En el extremo, no es más que la ansiedad e hiperactividad que muchos padecen en nuestro tiempo. Miedo a frenar y a dejar que las cosas sucedan por sí mismas. Miedo a la vida, no hay más. Seguramente nuestro ego estará encantado de hacer ver que controla la situación, cualquier situación. Aunque tú y yo sabemos que eso no es verdad! Cualquier leve imprevisto fuera de guión nos desmorona la vida planificada y aparentemente segura que llevamos.
Pero la vida desea que aprendamos a fluir. Que confiemos en ella y le dejemos hacer. Ella nos trae -queramos o no- lo que considera que debemos vivir y seguramente nuestra libertad no sea más que elegir aceptarlo o no. El qué. Porque el cuándo y el cómo nos lo trae ella, sin preguntarnos. Podemos negarlo a aceptarlo en un momento dado, pero esa experiencia volverá tantas veces como sea necesario, hasta que la hayamos vivido y hayamos aprendido la lección que trae consigo cualquier experiencia vital. Y para eso nos pide que confiemos en la vida y nos dejemos llevar. Pero hay que ser valientes para ello, sobre todo tener el valor de abandonar nuestro absurdo patrón humano de intentar controlar nuestra vida o, en el peor de los casos, evitar todo aquello que nos produce dolor o simplemente incomodidad, porque no estaba en nuestro guión…
Eso es fluír. Dejar que pasen las cosas mientras estamos bien atentos a nuestra vida y vivirlas, tal como vienen. Y cuando lo haces, las cosas empiezan a suceder, una tras otra, en un minucioso plan que parece trazado de antemano. Y así, aparecen señales, momentos y personas, que van marcando los acontecimientos importantes de nuestra vida, más allá de los meramente urgentes que nos distraen cada día, en nuestro mundo un tanto caótico. Y, si los observas bien, ves que no son simples casualidades, sino causalidades, porque cada cosa tiene su propio sentido y causa algún cambio o mejora en nuestra vida. Y llegas a la conclusión de que, ni queriéndolo organizar así, el ser humano sería incapaz de organizar la vida como lo hace ella misma, aunque esto requiera de nosotros confianza, paciencia y humildad…
Evidentemente es importante saber enfocar nuestra vida hacia el lugar al que queramos llegar. Y poner todo nuestro esfuerzo por llegar. Pero luego, hay que dejar que la vida haga el resto y determine la manera y cuándo llegaremos hasta donde queramos o, mejor, hasta donde decida ella. A veces no elije un camino recto…o mejor dicho, nosotros mismos y nuestra decisiones cortoplacistas y limitadas de nuestra mente hacen que el camino sea siempre tortuoso, lleno de curvas y altibajos. Es esa manía que tenemos de controlarlo todo e incluso resistirnos a una realidad más que evidente, en muchos casos. A más resistencia a aceptar nuestra realidad, más sufrimiento sentiremos en el camino. Y, lamentablemente, el ser humano es capaz de aguantar demasiado sufrimiento en su vida…
El sufrimiento -como el amor- es una opción en la vida, por tanto susceptible de cambiarse, gracias a la libertad. Resistir el sufrimiento no es una heroicidad, como muchos creen. El sufrimiento sin sentido es difícil de soportar, aunque lo interioricemos y le invitemos a formar parte inherente de nuestra existencia diaria. Pero, ¿la vida no era para ser feliz? ¿No soñamos todos con la felicidad, aunque pocos la hayamos disfrutado siempre en nuestra vida hasta llegar hasta aquí? Si aceptas la realidad, una de las primeras cosas que aprendes es a aceptar que la vida tiene momentos de felicidad y de infelicidad, ambos son efímeros y llegan a partes iguales. Seguramente calificaremos de feliz la vida cuando aprendamos a dilatar los momentos felices y a contraer los infelices. Al fin y al cabo, aunque no podamos elegir unos u otros, ni cuando llegan, sí podemos modificar su efecto en nuestra vida. Si uno decide libremente ser feliz y amar, vivirá con más intensidad los momentos de felicidad y de amor, que los de infelicidad y desamor…

Yo hace ya tiempo que opté por ser feliz, o sea que solo tuve que aprender a dejar de ser infeliz. Eso fue relativamente fácil, aunque cuesta deshacerse de un hábito… pero a nadie le amarga un dulce y sin duda la felicidad es mejor. Supongo que lo segundo que tuve que aprender es que el mundo giraba, aunque yo dejara de correr en busca de la serenidad, el amor o la felicidad. Si corres demasiado, la felicidad no puede alcanzarte.
Y lo tercero -y ahora estoy en ello- es aprender a confiar en la vida y dejarla fluír, aunque también es verdad que la vida fluye me guste o no, o sea que solo tuve que aceptar esa verdad, que hace años me daba miedo. Y así abandoné el miedo. Y cuando desaparece el miedo, ya cabe el amor. Y ahora, tras muchos años, es cuando estoy capacitado para amar y ser amado. ¿Largo viaje, para tan obvio y simple resultado? Bueno, la vida -y tal vez yo mismo, un poco- lo decidió así…

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