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dimecres, 24 de setembre de 2014

Una dosis diaria de complicidad. Ferran Ramon-Cortés

Cada mañana coincido con él cuando ambos vamos a llevar a nuestros hijos al colegio. Yo a mis tres hijos, de quince, trece y ocho años. Él a su único hijo, que debe tener hoy en día unos nueve. Aparcamos en la misma plaza, algo lejos de la entrada del recinto escolar para evitar el intenso tráfico de padres dejando a sus niños y el consecuente atasco que se forma. Y ya desde los primeros días, hace más de cinco años, me llama poderosamente la atención la rutina que cada día sin excepción lleva a cabo: llega con al menos diez minutos de anticipación; aparca, desplaza los asientos delanteros del coche hacia atrás, y cómodamente instalados se quedan charlando padre e hijo, hasta que las campanas de una iglesia cercana marcan las 8.15, hora de entrada a la escuela.
La imagen contrasta con la del resto de padres, yo incluido, que siempre con prisas “despachamos” a los niños con un fugaz beso o al grito de “que vaya bien el día”.
A través del cristal del coche se les ve sumergidos en grandes conversaciones, cara a cara, con sendas espaldas apoyadas en la puerta, absolutamente ajenos al ajetreo exterior. Se les ve gesticular y reír, en absoluta complicidad.
Pocas cosas han cambiado en cinco años. Quizás sólo el hecho de que antes, al sonar las campanas, él salía del coche para acompañar a su hijo hasta la puerta de la escuela; hoy ya no es necesario porque ya va solo. Pero esos minutos de complicidad en el interior del vehículo se repiten siempre y parecen ser para ellos absolutamente irrenunciables.
Hace unos meses prohibieron el estacionamiento en la plaza. Para la mayoría de nosotros nada cambió; seguimos con nuestro hábito, parando sin estacionar y haciendo bajar a toda prisa a los niños. Pensé que él quizás se había visto forzado a hacer lo mismo y me preguntaba si habrían acabado aquellas charlas. Hasta que lo descubrí en un rincón algo más lejos, estacionado como siempre, charlando animadamente con su hijo.
Los primeros años en que coincidimos yo también acompañaba a mi hijo pequeño hasta la puerta. Así, a fuerza de encontrarnos cada día, empezamos a saludarnos. Es una persona cordial, atenta, siempre con una sonrisa en los labios y un comentario optimista.
Nunca le he preguntado nada sobre su vida. No se nada de él. Ni si hay alguna historia o circunstancia que explique esta rutina. Sólo se que aquellos son sus “momentos de oro” con su hijo, y que nada ni nadie puede alterarlos. Y que después de dejarlo siempre volvía a su coche con una gran sonrisa.

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Ser capaces de crear un espacio de complicidad entre dos personas es oro puro en la Balanza Emocional, esa metafórica balanza que rige nuestras relaciones, y que mide la proporción entre hechos positivos (oro) y hechos negativos (plomo). Pero crear estos espacios de complicidad no es fácil, porque la complicidad no es algo que se pueda pedir, se ha de crear y cultivar. Ni siquiera en una relación tan cercana y tan natural como puede ser la relación padre-hijo, podemos dar la complicidad por supuesta.
La creación de hábitos o pequeños ritos de comportamiento son un valioso instrumento de construcción de esa complicidad. Y precisamente en los tiempos en que vivimos, en los que la prisa es la norma, y no llegamos a nada, estos hábitos o ritos son los que hacen que construir la complicidad sea posible. Porque son fáciles de compatibilizar con el resto de nuestra vida. El padre de esta historia llega diez minutos antes a la escuela, cosa que ya tiene integrada en su rutina, y vence la tentación de dejar a su hijo a toda prisa y llegar diez minutos antes al trabajo, cosa que probablemente no le solucionaría nada. Y este hábito no interfiere en nada el resto de su día.
Crear un espacio de complicidad entre dos es de enorme valor en una relación. Es como excavar un rato en la mina de oro para sacar una nueva pepita que poner en la Balanza Emocional. Es un espacio que sirve para recordarnos el mutuo aprecio, y que puede servir también en ocasiones para resolver desacuerdos o pequeños conflictos. En este sentido, podemos decir que no sirve sólo para añadir oro sino que puede servir también para descargar plomo.
Para que estos espacios de complicidad funcionen bien en el contexto de una relación es importante que sean exclusivos. Como padres es bueno que pensemos en un espacio específico y exclusivo para cada hijo. Como amigos en un espacio particular para cada amigo. Y lo mismo aplica a padres o a la pareja. El oro procede precisamente de esta exclusividad, de este tiempo compartido en el que somos el uno para el otro.
Y es importante también que en estas rutinas o ritos de complicidad no esperemos nada a cambio. Que nos limitemos a disfrutar la experiencia de estar juntos, de compartir ese espacio, sintiéndonos los dos en absoluta libertad. Consecuentemente, no debemos esperar tampoco ningún agradecimiento. Sería – si hay verdadera complicidad- romper la magia del momento.
Mi hija mediana compartía un precioso espacio de complicidad con mi madre –su abuela-: la cocina. Juntas hacían deliciosas galletas, unas galletas que todos disfrutábamos y que más de una vez se habían quemado en el horno cuando se enfrascaban en grandes conversaciones. Cuando mi madre murió, mi hija pasó la tarde haciendo galletas ella sola, dándose así especial cuenta de la pérdida. Hizo una gran bandeja de galletas que quiso llevarle como homenaje a la mañana siguiente en su entierro.


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