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dissabte, 6 de setembre de 2014

¿Somos buenos por naturaleza?. Cristina Sáez. La Vanguardia.

En los medios se suceden las noticias de violencia, pero también las de personas que ayudan a otras. ¿Nacemos o nos volvemos altruistas?. La ciencia da sus respuestas.
“El hombre es un lobo para el hombre”. Thomas Hobbes.
“La moral no depende de la razón sino del sentimiento”. David Hume.
“El hombre es bueno por naturaleza, la sociedad es quien lo corrompe”. Jean-Jacques Rousseau.
“La moral reside en la conciencia del deber”. Immanuel Kant.

Póngase en situación: Segunda guerra mundial.
Un grupo de judíos huye de la persecución de las SS. Tratan de buscar un escondrijo entre las ruinas de una casa semiderruida y esquivar a sus perseguidores, pero uno de los niños del grupo no deja de llorar. Si los nazis lo oyen, los matarán a todos. ¿Qué hacen? ¿Abandonan al niño? ¿Le tapan la boca hasta asfixiarlo para que no los delate con sus lloros? Piense que está en juego la vida de varias personas. ¿Qué? ¿Ninguna de las dos opciones le parece aceptable?
No se preocupe. La situación anterior es real, se produjo durante la Segunda Guerra Mundial, y es un buen ejemplo de dilema moral clásico. Usted, como la mayoría, se quedaría de brazos cruzados, paralizado por el miedo y la angustia que le causaría tener que tomar una decisión. Y, desengáñese, no sería capaz de hacerlo, a pesar de que, desde un punto de vista lógico o útil, sabe que tiene más sentido sacrificar la vida de una persona para salvar muchas. Sin embargo, infligir daño a un semejante es tan reprobable que anula nuestro pensamiento racional y nos produce una especie de repulsión natural, de rechazo. ¿Y eso por qué? Si nos habían dicho que el ser humano es un lobo para el ser humano, que somos criaturas egoístas, crueles y capaces de barbaridades. Entonces, ¿por qué incluso en situaciones que pueden ponernos en peligro seríamos incapaces de tomar esas decisiones? ¿Será porque, quizás, en el fondo, somos seres altruistas y cooperadores buenas personas, vamos, por naturaleza? ¿O puede que sea porque nos han enseñado que matar a otra persona es horrendo e inaceptable? Quizás esta última ha sido la idea que ha imperado cientos de años, que la moral o la ética era una forma de control que desarrollamos en función de nuestra experiencia, de la educación, y que está sometida a variaciones de una sociedad a otra.
No parece ser así. Numerosos experimentos han demostrado que buena parte de nuestras intuiciones son inconscientes involuntarias y universales. Sabemos que matar, robar y violar está mal, da igual si somos franceses, polinesios o de Ecuador. Incluso los niños pequeños sospechan que si pegan a otros niños o les quitan sus juguetes los reprenderán, pese a no tener educación formal. Demos un paso más: ¿se han fijado alguna vez en la conducta de un perro?. En ocasiones tienen ciertos comportamientos que recuerdan a la moral humana. ¿Y entonces?
"Nacemos con un instinto moral, una capacidad que crece de forma natural en cada niño, desarrollada para emitir juicios rápidos sobre lo que es correcto o incorrecto y basada en unos procesos que actúan de forma inconsciente. Parte de este mecanismo fue diseñado por la mano ciega de la selección darwiniana hace millones de años antes que nuestra especie evolucionase, otros aspectos fueron añadidos o actualizados durante la historia de nuestros antepasados y son exclusivos de los humanos y su psicología moral", afirma Mare D. Hauser, profesor de psicología de la Universidad de Harvard y autor del libro La mente moral. Cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal (Paidós) y quizás uno de los expertos más importantes en el estudio del comportamiento. Es el principal exponente de una nueva corriente científica que se ha aventurado en un territorio hasta ahora reservado a los filósofos: las cuestiones sobre el bien y el mal, la bondad o la maldad intrínseca del ser humana. Las reflexiones de la ciencia no son nuevas, pero sí las herramientas y métodos que usan para analizarlas: se basan en la biología evolutiva y echan mano de la tecnología de imagen cerebral para diseccionar en el laboratorio todas esas intuiciones morales.
Este científico ha realizado experimentos con voluntarios de diferente edad, sexo, condición social, cultura y religión, a los que les preguntaba si estaría bien, por ejemplo, extraer a una persona viva sus órganos para salvar a otras cinco que necesitan un trasplante. O si, tras naufragar el barco en el que viajan, echarían por la borda aun compañero herido que pone en peligro la seguridad del bote salvavidas. El resultado de esos estudios era fascinante, ya que demostraba que todos compartimos una especie de principios universales, de lógica innata, que subyacen en nuestros juicios morales sobre lo correcto o incorrecto. El 97% de los entrevistados fue incapaz de matar para extirpar los órganos y de arrojar al herido al mar. ¿Sorprendido?
Hauser y otros tantos investigadores consideran que venimos preparados de serie con una serie de circuitos que nos permiten asumir el control de los dilemas morales. "Tenemos un órgano de la moral innato, como tenemos el órgano del lenguaje –explica Arcadi Navarro, profesor de investigación del Icreayvicedirector del Instituto de Biología Evolutíva (UPF-CSIC)-. Es como si nos viniera montado el hardware, que nos permite darnos cuenta de las regias morales, y de la familia y del resto de la sociedad fuéramos recibiendo el software”. Por tanto, los sentimientos de justicia o moral, o de empatía, no serían del todo culturales o aprendidos y tendrían base biológica. Hauser se basa en la idea del lingüista y filósofo Noam Chomsky, de que los niños al nacer tienen un patrón lingüístico básico, de base genética, una especie de gramática universal que permite aprender la lengua materna  en poco tiempo, y argumenta que las personas tam­bién nacemos con un patrón moral universal y que la cultura lo modifica y ajusta. Así, es universal que matar está mal, pero en algunas culturas la pena de muerte está aceptada. Hauser establece que, quizás, esa moral universal se basa en conceptos como la justicia, la proporcionalidad y la reciprocidad, entre otras cosas "Debemos darnos cuenta de que nuestra sociedad no es algo inventado, tampoco las reglas morales, sino que son el resultado de la coevolución de nuestros genes y nuestra cultura. Los genes, en lugar de programarnos para hacer cosas concretas, nos han predispuesto para apren­der", subraya Navarro.
Y en todo este proceso mucho tienen que ver los sentimientos. El portugués Antonio Damasio, Prín­cipe de Asturias de investigación científica y técnica en el 2005, es otro de los científicos que más luz han arrojado en el campo de la conducta humana y que ha intentado desentrañar el papel que tienen las emociones a la hora de tomar decisiones de índole moral. Para ello, junto con un equipo de investiga­dores de la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles, y Michael Koenigs, de la Universidad de Iowa, estudió á un grupo de personas que tenían dañada la corteza prefrontal ventromedial(VNIPC) del cerebro, un área relacionada con la elaboración de juicios morales y que se activa, por ejemplo, cuando vemos fotografías de niños hambrientos o de mujeres que han sufrido malos tratos. También se enciende ante cosas positivas, como cuando llevamos a cabo una acción altruista. Damasio y Koenigs confrontaron a los voluntarios a diversos dilemas morales y vieron que estas personas, a di­ferencia de quienes no tenían esa parte del cerebro dañada, no tenían ningún tipo de remordimientos ni se sentían culpables cuando optaban por sacrifi­car a una persona para salvar la vida de varias.
Quizás, consideran los expertos, estos sentimientos procedan de antiguos mecanismos que facilitaron a nuestros antecesores la creación de lazos sociales y la cooperación colectiva, básicos para garantizar su supervivencia. Damasio señala que somos humanos porque nuestros antepasados aprendieron a compartir su comida y sus habilidades en una red de compromisos que se cumplían. Si podían compadecerse ante el sufrimiento ajeno y prestar ayuda a sus congéneres, parece lógico pensar que nuestros más antiguos predecesores tenían una capacidad moral innata.
Para Scott Atran, antropólogo y director del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) en París, esa idea tiene sentido: la moral nació como una especie de pegamento social. "Necesitamos cooperar para competir afirma. Hace 200.000 años, nuestros antepasados necesitaban mucha proteína para desarrollar su cerebro y tenían que cazar mucho y, además, tenían que defenderse de otros grupos había mucha rivalidad– y animales más fuertes que ellos. El ser humano llegó a ser su mejor presa y también su peor enemigo, y tuvo que aprender a cooperar para sobrevivir". Eso sí, remarca Atran, "nuestra moral para cooperar está limitada al parentesco y al grupo. Si consideras que alguien no es de los tuyos, no lo ayudarás".
Por tanto, la moral habría surgido para beneficiar a la especie. Otorgaba ventaja a quienes la poseían respecto de sus competidores y era una garantía para quienes formaban parte de esas comunidades. Los individuos que no observaban comportamientos morales eran expulsados del grupo y fuera de él tenían escasas posibilidades de sobrevivir y reproducirse, por lo que sus genes tendrían pocos números de pasar a la siguiente generación. "De ahí que en nuestros genes haya inscritos principios universales de colaboración o de penalización ante conductas perjudiciales para la comunidad", señala Arcadi Navarro.
Pero ¿cuánto tenemos que remontarnos en la cadena evolutiva para hallar a los primeros individuos que albergaron cierta noción de lo justo? Eso es lo que tratan de averiguar en la Universidad de Viena, donde han realizado una serie de experimentos con mamíferos y han comprobado que si, por ejemplo, recompensas a un perro cada vez que hace un truco, éste lo seguirá haciendo. Pero si lo hace bien y recompensas a otro perro, el animal se siente decepcionado: lloriquea, deja de colaborar y no te mira a la cara. Los monos se comportan de modo similar. "Hay un experimento en el que a un mono se le da un pepino y a otro, uvas. El mono al que le ha tocado el pepino mira su premio y el del otro mono y, enfadado, reacciona tirándolo a la cara del tipo que hace el experimento; después se vuelve, se cruza de brazos y les da la espalda. Se siente indignado: a él le toca un pepino y al otro... ¡uvas!. "¿Es eso sentido de justicia? se pregunta Atran–. “Seguramente sí". Hauser ha dado una vuelta de tuerca y ha logrado atisbar comportamientos éticos o morales en animales. Ha visto, por ejemplo, que ciertos primates evitan comer si eso implica que un compañero recibe dolor. "Los animales cooperan, por ejemplo, para cazar y capturar explica Navarro. Y tienen muestras de altruismo, de reparto de comida. También demuestran actitudes que vemos en sociedades humanas: después de una lucha entre dos individuos, un subordinado y un dominante, ambos se abrazan para reconciliarse y tranquilizar al resto. Pero hay una cosa que parece sólo nuestra, la capacidad de correspondencia: Yo te doy algo a ti hoy y dentro de un tiempo túme lo darás a mí’".O sea, nada de altruistas porque sí. Hoy por ti, mañana por mí.
Vale, cooperadores, solidarios, y buenos por genes pero cuando uno enciende la televisión o lee un periódico, no deja de ver que se producen a diario asesinatos, violaciones, malos tratos, guerras... comportamientos para nada éticos ni morales. Resulta paradójico que el ser humano, capaz de conductas solidarias y altruistas, también pueda ser el artífice de crueldades inimaginables. Para Arcadi Navarro, desde hace un siglo "vivimos en un estado de excepción, al menos en Occidente".
Este biólogo considera que desde que la revolución industrial se humanizó, la sociedad nos impuso nuevas reglas morales. "¡Lo normal es lo que ocurre entre hutus y tutsis! Que es lo que ha pasado siempre en la historia de la humanidad. Basta ir a un museo de historia y contemplar algunos de los instrumentos de tortura para darse cuenta. Tenemos que ser muy conscientes de que hemos sido entrenados por nuestra sociedad de forma extraordinaria para que esto no ocurra".
Atran apunta que "sólo somos morales con quienes creemos que forman parte de nuestro grupo. Que la esclavitud o el canibalismo, por ejemplo, vayan contra la naturaleza es totalmente falso. Durante 200.000 años han existido, eran algo corriente para el ser humano. Si miramos las escrituras sagradas de cualquier cultura, te dicen que seas bueno con los de tu grupo. En la Biblia se dice que no matarás al otro, sí, pero en el Antiguo Testamento, en el Libro de Malaquías, en el Deuteronomio, no sólo matas al otro, sino también a sus hijos, a sus animales. Lo aniquilas todo. Dios dice: Con mi espada voy a devorar la carne de esos tipos. Alisha, el profeta, estaba con unos niños que lo están ridiculizando y Dios entonces envió un fuego y los quemó. Jesús dice: si no estás conmigo, estás contra mí. No fue hasta el siglo de las luces que en Europa se impuso la idea de humanidad como grupo y se nos inculcó que todos pertenecemos a ese mismo grupo. Pero eso no es innato. Tenemos una parte moral para cooperar aunque es muy limitado al parentesco, al grupo, pero nada con extraños. De ahí muchos de los conflictos que hay hoy en día".
Eso no quiere decir que tal como decía Hobbes y se ha repetido hasta la saciedad, el hombre sea un lobo para el hombre. "¡Se ha demostrado que no es cierto! dice Navarro–. Pero durante miles de años de humanidad hemos ido montando civilizaciones basadas en los prejuicios de moda: que si el hombre era malo, que si el sistema político debía controlarlo y castigarlo... Pero nada estaba basado en la evidencia. Si algo estamos aprendiendo hoy es que los humanos no somos como pensábamos. No somos ni especialmente buenos ni esencialmente egoístas. Saber esto es nuevo y sorprendente, y puede abrirnos caminos de investigación. En realidad, no nos conocemos".


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