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dimecres, 4 de gener de 2012

Cuando la Sombra del Miedo nos Persigue. Mónica Ferrera

“Existen tantos miedos como se pueden inventar”, dice Óscar Wilde. Podemos tener miedo a cosas que nos rodean en nuestro mundo: por ejemplo a los perros, a las arañas, a la oscuridad.; podemos temer a las alturas, a los espacios cerrados, a coger un avión; podemos temer a las mismas personas, como es el caso de los tímidos, o personas incapaces de expresarse en grupo; o podemos temernos a nosotros mismos: a estar solos, o incluso a perder la lucidez o en control.

PERO, ¿QUÉ ES EL MIEDO?
El miedo es la emoción más primitiva que existe en los humanos. Es una reacción inmediata ante un peligro. Cuando nuestros antepasados vivían en la selva y tenían que cazar para alimentarse, el miedo era su protector ante los depredadores. A la mínima señal de cercanía de un depredador peligroso, el miedo activa en el hombre cazador el modo de alerta-huída en su sistema: 
hipervigilancia: los ojos se abren como platos y hacen un rápido barrido del entorno, los oídos se agudizan a sutiles sonidos,
la respiración se acelera,
el corazón late a gran velocidad y provee de oxígeno y nutrientes a todos los músculos del cuerpo, que ya están en tensión, preparados para la carrera.

El sistema digestivo también se prepara: se vaciará si es necesario a través del vómito o la defecación para no emplear la energía en la digestión: todas las energías son necesarias para la huida hacia un lugar seguro. Y gracias a este milagroso mecanismo del miedo, el hombre cazador podrá sobrevivir. Es por tanto el miedo una emoción necesaria para protegernos del peligro. 


Imagino que estaréis pensando, “pero ahora no vivimos en la selva; no hay animales depredadores…” Y es cierto, ahora los peligros han cambiado, y el miedo puede ser un protector pero también un destructor en nuestra vida. Vamos a explicarlo:

1)   Si no tuviéramos miedo, podríamos morir fácilmente. El miedo es necesario para vivir y nos protege de peligros reales. Imaginemos que vamos tranquilamente cruzando una calzada y de repente oímos la bocina de un camión que se acerca a gran velocidad. La reacción de miedo es inmediata: se activa el mecanismo de huida que nos hará correr hacia la acera para estar a salvo. El proceso es idéntico al descrito arriba ante el depredador. Podemos llamar “miedo protectivo” a esta emoción adaptativa y necesaria para preservar la vida.

2)  Pero hay veces que el miedo no nos protege de un peligro real, sino que se torna en un “miedo destructivo”, a veces irracional, que nos paraliza y va destruyendo nuestra salud. Puede ser un miedo difícil de identificar que se presenta con una sensación de angustia difusa, poco clara: “Tengo miedo, pero no sé a qué”… O puede ser un miedo con nombre y apellidos que podemos describir de forma concreta: miedo a afrontar una situación en la que antes hemos fracasado, a enfermar, a la muerte, a perder el control de uno mismo,  a exámenes, a los insectos, miedo a abandonar una pareja que sabemos que nos daña, miedo a estar solo o a ir solo a ciertos lugares…En ocasiones, la persona  puede saber que no se trata de un peligro real (por ejemplo, no va a morir por quedarse solo en casa); lo sabe pero no lo siente.

El “miedo destructivo” somete a nuestro sistema a un constante estado de alerta: podemos percibir síntomas en nuestro cuerpo similares al verdadero mecanismo de huida: estado de agitación, palpitaciones, tensión muscular o problemas digestivos. Este miedo, si se mantiene en el tiempo, como su nombre indica, poco a poco va destruyendo sistemas dentro de nuestro cuerpo, sobre todo el sistema inmunológico, encargado de defendernos de enfermedades.

Muchas personas me preguntan cómo pueden vencer el miedo, si a veces hace muchos años que conviven con él y cada vez le asusta más afrontarlo. Yo les devuelvo la pregunta en dirección contraria:

“¿Qué podrías hacer para permitir que este miedo te siga destruyendo?”

La respuesta en ocasiones se dilata unos segundos, pero siempre es contundente:

“Seguir sin afrontarlo, seguir huyendo…”

“Entonces, deberías tener miedo a seguir huyendo”…



 Mónica Ferrera, Psicóloga.
                                                                                                            www.monicaferrera.es

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