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dissabte, 25 de febrer de 2012

El miedo como moral: la ética de la libertad. La razón desencantada.

Muchas veces insistimos en lo que funciona hasta que lo estresamos y entonces lo dejamos de lado. Queda entonces una sensación de vacío ante el reto que supone encontrar nuevas formas de afrontar los retos que se nos plantean. Pero en el fondo no tomamos en consideración lo que dejamos en el camino que frecuentemente tiene que ver con recursos y personas cuya contribución no consideramos necesaria para el futuro que creemos que viene. La cuestión ética personal y moral comunitaria en nuestras actuaciones diarias surge entonces como base ineludible de lo que consideramos el tratar de vivir con honestidad.

Si tomamos en sentido estricto el evolucionismo biológico quizás podemos concluir que no venimos a este mundo a ser mejores cada día. Tampoco traemos un mandato de ser hostiles y peores cada día. Intuimos que venimos simplemente a sobrevivir: para ello, a veces es mejor ser peor y viceversa. Parece que la cualidad dominante de los genes es su egoísmo despiadado pero sabemos también, por experiencia de unos millones de años, que nuestra especie ha definido un código de conducta más bien justo, amable y cooperativo entre los individuos. Altruismo y egoísmo cooperan e interactúan en el éxito evolutivo.

Y ¿hasta que punto somos moralistas como forma de dominación de los demás? Nos convertimos a veces en policías morales si los hechos no se adecuan a nuestras expectativas. Realizamos con  tremenda facilidad teorías y valoraciones normativas (lo que debe ser) en todas nuestras actuaciones cotidianas desde un perspectivismo que adolece de cualquier mínimo de voluntad objetiva de tomar en consideración la personalidad  y circunstancias del otro.

No creer en ideales morales absolutos o revelados divinamente no significa que se puede rechazar la ética porque es relativa. Principios insultantemente simples como "haz lo que aumente la felicidad y disminuya el sufrimiento" tienen una aplicabilidad universal. Reflexionando quizás haya que aceptar que mis propios intereses no pueden simplemente porque sean míos o de mi corporación contar más que los demás. En algún momento de nuestro razonamiento moral debo elegir el modo de actuar que tenga las mejores consecuencias para todos los afectados. Y esto es especialmente relevante para aquellos que tienen la responsabilidad de dirigir personas.

El discurso que libre y fundamentadamente adoptemos a partir de los hechos creará nuestra identidad y la forma en que los demás se relacionen con nosotros. Combinar sabiamente la libertad de los antiguos (las virtudes cívicas como la justicia, tolerancia y el altruismo) con la de la modernidad (la libertad personal) es una titánica tarea a la que todos estamos llamados en nuestra vida diaria. Entornos de crisis que derivan con frecuencia en actuaciones de mera supervivencia no son en el fondo capaces de esconder la radical pregunta que se nos plantea como Seres Humanos: si no tuvieras miedo ¿qué harías?

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