Palabras, imágenes, canciones, emociones que nos acompañan en nuestro camino.

dijous, 8 de novembre de 2012

Emociones perversas escondidas en la cultura. Luis Muiño.

¿Es normal y recomendable que nuestras canciones y películas favoritas ensalcen valores y comportamientos que odiamos? ¿Nos gustan por eso? Una excursión por nuestras contradicciones
Una chica acude a la llamada de su pareja. Él sólo le ha dicho “tenemos que hablar”, las palabras que se usan como eufemismo para “tengo que contarte algo que te va a doler”. Llena de intranquilidad, acude a la cita. Al poco tiempo, llega su media naranja. Le cuenta que viene triste porque tiene algo que contarle: se ha acostado con su mejor amiga. La culpa, afirma con desparpajo, ha sido de la otra, que le provocó. Añade, eso sí, que se lo pasó muy bien y disfrutó mucho sexualmente, pero que se sintió triste por dentro. Y que, aunque no se siente culpable –­porque la vida es así y lo que ha hecho es lo normal– promete que no volverá a repetir la experiencia, así que espera que su novia pueda pasar página y seguir la relación como si no hubiera ocurrido nada…
Cuesta imaginar esta escena en el mundo actual. La desfachatez de este individuo nos llevaría a etiquetarle de maltratador emocional y si la novia fuera conocida nuestra le sugeriríamos que abandonase inmediatamente al tipo. Sin embargo, es exactamente la escena que describe El jardín prohibido, una canción que han convertido en éxito cantantes como Sergio Dalma o Sandro Giacobbe en épocas recientes.
La autocompasión del novio (“esta tarde vengo triste / y tengo que decirte…”),
el descarado sexismo al echarle la culpa a la amiga (“sus ojos me llamaban / pidiendo mis caricias / su cuerpo me rogaba / que le diera vida”),
el regodeo en el placer con la otra (“mi cuerpo fue gozo / durante un minuto”),
el chantaje emocional (“pues mi alma volaba / a tu lado y mis ojos / decían cansados que / eras tú, que siempre serás tú”)
y la hipócrita autojustificación (“y yo me he dejado / llevar por mi cuerpo / y me he comportado / como un ser humano”; “sus besos no me permitieron / repetir tu nombre”)
terminan, en la canción, con una de las frases de cinismo más cruel que se han cantado: “Lo siento mucho / la vida es así / no la he inventado yo”. Y por supuesto, después de todas estas barbaridades emocionales, el protagonista le pide a su pareja en el estribillo que le perdone porque no volverá a hacerlo más. Entendemos que no repetirá con la amiga en cuestión, pero tal como habla es de suponer que habrá otras…
Detenerse a analizar las producciones culturales que nos rodean es un ejercicio que lleva a la perplejidad. Sorprende darse cuenta de la cantidad de canciones que tarareamos y de películas que vemos que trasmiten valores completamente contrarios a aquellos en los que creemos. Muchas de las canciones de amor que más nos gustan, por ejemplo, celebran la dependencia emocional (“sin ti no puedo vivir” debe de ser la frase más repetida en la historia del pop), aplauden los cambios anímicos inexplicables, ensalzan al que no es capaz de dejar atrás un antiguo amor y glorifican los actos irracionales que se cometemos por resentimiento supuestamente romántico. Por el contrario, es muy difícil encontrar ejemplos de baladas en las que se hable de negociación en pareja, empatía hacia la otra persona o crecimiento personal conjunto.
Los sesudos analistas que hablaban de estos temas solían citar los anticuados modelos de pareja de Hollywood y de la música de otras épocas como culpables de trasmitir estos modelos. Un ejemplo clásico: en Lo que el viento se llevó (1939), el protagonista obliga a Scarlett O’Hara a acostarse con él. Ella grita y se resiste, pero a la mañana siguiente, en una elipsis brutal, se despierta cantando… Es fácil ver cómo ciertas producciones conservadoras trasmiten valores que aunque sus autores no se atrevan a manifestar de forma directa no es una sorpresa que profesen. Pero ese tradicionalismo latente no lo explica todo: lo inquietante es que esa corriente subterránea parece seguir fluyendo en ambientes en los que, como dice Bob Dylan, los tiempos deberían haber cambiando.
Nine Inch Nails, quizás el grupo más conocido de música industrial, tuvo su mayor éxito con Closer, una loa a una relación que no parece muy equilibrada: el lúbrico cantante expresa su amor con versos del tipo: “You let me violate you / I want to fuck you like an animal” (Me dejaste violarte / quiero follarte como un animal).
Alaska y Dinarama pusieron a un montón de gente moderna a cantar aquello de: “Ella lo vio salir de allí / ahora sabía la verdad / y se decidió / loca de celos le siguió / tras apuntar la dirección (…)/ La calle desierta, la noche ideal / un coche sin luces no pudo esquivar / un golpe certero y todo terminó entre ellos de repente (…)/ Ella no quiso ni mirar / nunca daría marcha atrás”. La entrega de la protagonista al sadismo celotípico queda clara por su insistente estribillo: “No me arrepiento / volvería a hacerlo / son los celos”.
La cantante mexicana Paquita la del Barrio (1947), mitificada en ambientes modernos, afirma en una de sus canciones: “Tú no sabes el mal que tu boca me hizo (…)/ fue el comienzo de larga condena / que un día tendrá fin / pusiste en la boca tan dulce veneno / que en la vida llevo / como maldición” y le ruega a su amante: “Hoy a ti de rodillas llorando me acerco / a que me des otro beso / y acábame de matar”.
Y la inquieta Pink, en un alarde probablemente autobiográfico, justifica a los que no abandonan una relación destructiva de adicción a la tensión interpersonal: “Please don’t leave me / I always say how I don’t need you / But it’s always gonna come right back to this / Please, don’t leave me/ I forgot to say out loud how beautiful you really are to me / I can’t be without, you’re my perfect little punching bag / And I need you, I’m sorry”. Que traducido dice: “Por favor, no me dejes / Siempre digo que no te necesito / Pero siempre te quiero de regreso /Por favor, no me dejes / Me olvidé de decir en voz alta lo hermoso que eres para mí / No puedo estar sin ti: eres mi perfecto saco de boxeo / Y por eso te necesito, lo siento”.
Todo esto sigue ocurriendo en la música. Pero si nos vamos al terreno audiovisual, la incongruencia entre las ideas del público que alaba la película y el mensaje que deja el guión sobre las relaciones de pareja es igual de llamativa. Una lista del tipo de dinámica amorosa que enaltecen algunas de las cintas que mayor impacto han tenido en el público intelectual de las últimas décadas podría darnos mucho que pensar: desde El último tango en París (1972) o El imperio de los sentidos (1976) hasta Lunas de hiel (1992) o La pianista (2001), parece que en el cine moderno que no es abiertamente comercial el único amor romántico es el patológico.
Este paradójico fenómeno de exaltación visceral en la cultura de aquello con lo que estamos en contra a nivel racional no es, por supuesto, exclusivo del mundo de la pareja. Un ejemplo: a pesar de que los manuales de psicología la desaconsejan, la autocompasión campa a sus anchas por el mundo de la música –Creep, de Radiohead, o Cadillac solitario, de Loquillo, son ejemplos de lo entrañable que sigue resultándonos darnos pena–. Y aunque nuestras conversaciones se llenen de advertencias en contra del uso de la violencia a la hora de resolver problemas, nos cuesta poco meternos en la piel y disculpar a Dexter, de la serie homónima, o a los personajes de las películas de Tarantino.
Son tantos los ejemplos y la incongruencia es tan grande que parece que no queda más remedio que dudar de que nuestros valores sociales sean, realmente, aquellos que trasmiten las charlas, conferencias y clases sobre estos temas. No sería de extrañar: a veces, lo que una cultura manifiesta creer es muy diferente de lo que en el fondo piensa. De hecho, hay antropólogos que trabajan con la hipótesis de que, para analizar cuáles son los valores que un grupo de personas profesa, hay que adoptar una doble perspectiva. La primera, el punto de vista Emic, es preguntar a los miembros de esa sociedad en qué creen. De esta forma se averiguan las narrativas internas, es decir, las ideas a las que estas personas –cuando hablan entre ellas– dicen afiliarse. En el ejemplo de la pareja, un observador externo nos preguntaría cuáles son nuestras consideraciones sobre la igualdad, la independencia y el respeto mutuo en el amor.
Pero existe un segundo enfoque, al que se suele llamar Etic. Se llama así a los estudios que tratan de investigar el funcionamiento de una cultura desde fuera, basándose en las cifras reales y no en lo que los miembros de esa cultura nos cuentan que sucede. En nuestro ejemplo, un antropólogo podría recoger estadísticas y analizar producciones artísticas como las que hemos mencionado. Y desde luego, se daría cuenta de que la diferencia con lo recogido desde el enfoque Emic es muy grande.
En este caso, hay una buena razón para esta incongruencia. La música, igual que algunas producciones audiovisuales (películas, series, etcétera), afecta directamente a los sentimientos, a nuestro lado más visceral. Las razones de este efecto se nos escapan (Benedik, uno de los protagonistas de la obra de Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces, escuchando el sonido de una gaita se preguntaba: “¿No resulta extraño que los intestinos de la oveja arrebaten las almas de los cuerpos de los hombres?” pero el resultado es indudable: estas obras van directas a nuestra parte más visceral. Y esa es, por razones adaptativas, el ámbito que más lentamente cambia. Aunque el medio sea distinto, aunque nuestro lado racional se llene de ideas diferentes, los sentimientos permanecen. Seguimos teniendo más miedo a la oscuridad o a las serpientes que a los enchufes o las bañeras, aunque haya muchas más muertes relacionadas con estas últimas.
Nuestra lentitud a la hora de cambiar nuestras emociones cuando varían las circunstancias sociales explica que, en nuestro interior, todavía nos parezca que nuestra vida se acaba cuando nos deja una pareja, que contemos las relaciones como una lucha de poder que termina cuando se conquista al otro o que sintamos que el que sufre es siempre el que tiene la razón. Y eso es lo que llevamos a nuestras producciones culturales más emocionales. Millones de canciones hablan de esa sensación de fin del mundo que nos acongoja durante el duelo amoroso; miles de películas cuentan una historia de pareja cuyo final feliz es, realmente, el principio de la relación y casi todos estos productos están hechos para que el protagonista nos dé pena y así creamos que lo que pretende conseguir es bueno.
La lentitud del proceso de cambio emocional requiere paciencia. No tiene sentido indignarnos con nosotros mismos cuando descubrimos que la letra de una canción que estamos tarareando fomenta valores que, probablemente, el mismo autor considera insanos. El mundo de los sentimientos irá cambiando poco a poco y hay que acompasarse a la velocidad de las emociones.
Pero quizá, de vez en cuando, un análisis irónico de estas manifestaciones culturales ayude a acelerar un poco el cambio. Porque estas producciones tienen un efecto decisivo en nuestra educación sentimental. No podemos olvidar que, en la juventud, sobre todo, series, películas y canciones dan forma a nuestro modo de querer a los demás y a nosotros mismos. Imaginemos ahora a otra mujer. Va a quedar con un chico que le gusta. Podría cantar, como Camilo Sesto:
“Por amor no quiero más vida que su vida / melancolía / mira si es morir de amor / soy mendigo de sus besos / soy su amigo y yo quiero ser mas algo más que eso / melancolía”.
Pero como la chica es de otra generación, lo que lleva en su reproductor es un éxito de finales de los noventa: Laura no está, de Nek. Mientras camina hacia la cita con el joven que le ha contado la tópica historia de que está atormentado por una relación anterior, va sumergida en la letra de la música: “Laura no está / eso lo sé / y no la encontraré / en tu piel / Es enfermizo / sabes que no quisiera / besarte a ti pensando en ella(…) / pero contigo olvidaré su ausencia / y si te como a besos / tal vez la noche sea más corta / no lo sé yo solo no me basto, / quédate y lléname su espacio (…) /puede ser difícil para ti / pero no puedo olvidarla/ Creo que es lógico / por más que yo intente escaparme / ella está / Unas horas jugaré a quererte / pero cuando vuelva a amanecer / me perderás para siempre(…) / No encontraré en tu abrazo el sabor / de los sueños que Laura me robó / si me enredo en tu cuerpo sabrás / que sólo Laura es dueña de mi amor”… ¿Cuánto influirá en nuestra protagonista este llamamiento a entregarse al egoísmo ajeno? Dentro de unos días, cuando ella descubra que está enamorada de un chico que sólo la ha utilizado ,¿sabrá hasta qué punto ha influido una canción en su estado emocional el día de la cita?
Es difícil cuantificar la influencia de las películas o series que nos han hecho llorar y de las canciones que nos han llenado de amor hacia ciertas personas. Pero seguro que no viene mal que, de vez en cuando, alguien añada un poco de análisis racional a esos melodramáticos influjos. Como decía el psicólogo Bruno Bettelheim: “En el mundo actual no podemos seguir satisfechos con una vida donde el corazón tiene razones que la razón no comprende. Nuestros corazones deben conocer el mundo de la razón, y esta ser guiada por un corazón bien informado”.

Algunos ejemplos ejemplares
A pesar de este imperio de una sentimentalidad anticuada, es posible encontrar excepciones, canciones que ensalzan una forma de sentir mucho más adaptada al Siglo XXI. You can’t always get what you want, el sereno cántico a la aceptación de las pérdidas sentimentales de Los Rolling Stones (“I saw her today at a reception / A glass of wine in her hand / No, you can’t always get what you want / And if you try sometime you find / You get what you need”. (La vi hoy en la recepción / con un vaso de vino en su mano / No, no siempre puedes conseguir lo que quieres / Pero si lo intentas algunas veces, podrás encontrar / aquello que necesitas”) o ¿Dónde se habrá metido esa mujer, de Javier Krahe, irónico lamento de un marido machista al que su mujer por fin ha abandonado:
“Cuando pienso que son ya las once y pico yo que ceno lo más tarde a las diez
¿Cómo diablos se fríe un huevo frito? ¿Dónde se habrá metido esta mujer?
Qué hace aquí este montón de ropa sucia, le compré lavadora y para qué
Estas cosas me irritan, no me gustan. ¿Dónde se habrá metido esta mujer?
Va a haber bronca, esta noche va a haber bronca.
Me cabrea, hoy tenía ganas de…
Pues después de la bronca ¿pero dónde, dónde se habrá metido esta mujer?
¡Pero bueno, si falta una maleta! ¡la de piel, para colmo la de piel!
¿Para qué la querrá la imbécil esta?,
¿Dónde se habrá metido esta mujer?
¿Dónde se habrá metido esta mujer?”
son sólo dos ejemplos que vienen a la memoria a los que pertenecemos a una determinada generación. Pero es de esperar que los jóvenes actuales puedan citar muchos más.








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