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dimecres, 8 de juny de 2011

INTIMIDADES MASCULINAS 2 - El paradigma de la fortaleza masculina. Walter Riso

Algunas consideraciones sobre la supuesta fortaleza del varón y su natural debilidad humana.
Los hombres no somos, definitivamente, tan fuertes como la cultura ha querido mostrar. Más aún, en muchas situaciones donde sería propicio manifestar la tal fortaleza masculina, ésta brilla por su ausencia. Independientemente de las causas del estereotipo social que estigmatiza a un varón recio e indoloro, es indudable que los propios hombres, tal vez en respuesta a las deficiencias de un ego que necesita ser constantemente admirado, hayamos mantenido y promocionado esta imagen alterada de la masculinidad que, además de no ser honesta, nos ha traído más desventajas que ventajas. De hecho, muchos varones están hartos de jugar el papel de un superhombre carente de adrenalina, inerte ante el sufrimiento y totalmente autosuficiente. Si la mayoría de los hombres siente miedo, no soporta la soledad, le agobia la idea del fracaso y no muestra el mínimo indicio de hacer abdominales, ¿de cuál sexo fuerte estamos hablando?
El paradigma de la fortaleza masculina
La fuerza física fue muy importante en los niveles preestatales de la civilización. El poder muscular permitía asegurar la vida en dos sentidos fundamentales. Por un lado, hacer la guerra requería de hombres fornidos que pudieran cargar armas y enfrentar la contienda corporal. Por el otro, si por cualquier razón el hábitat se volvía hostil y difícil, el músculo comenzaba a ser determinante para la supervivencia. Cuando las dos condiciones mencionadas ocurrían, los hijos hombres se privilegiaban sobre las hijas mediante prácticas tan espantosas como el infanticidio femenino y otras barbaridades demográficas. Los hombres fuertes fueron necesarios y posiblemente, por tal razón, acceder a esta categoría implicaba un esfuerzo especial.
Los ritos de iniciación masculina que realzan la fortaleza han existido en casi todas las culturas y a través de todos los tiempos. Desde la severa formación espartana de los griegos y los caballeros de la Edad Media hasta el traumático servicio militar, todos, sin excepción, parecen compartir el mismo principio: para hacerse hombre y ser reconocido como tal, es necesario sufrir. Incluso en la actualidad, muchos grupos tribales y aldeanos someten a sus jóvenes varones a pruebas extraordinarias de fuerza y entrenamiento para resistir el dolor y el miedo, exponiéndolos a elementos nocivos, mutilaciones físicas y enfrentamientos con terribles alucinaciones provocadas por droga.
Curiosamente, aunque también existen rituales femeninos de pubertad, además de ser muchísimo más cortos, no están orientados a producir dolor sino aislamiento y tedio. En el hombre, la fuerza; en la mujer, la paciencia.
Pese a que el poder masculino ha sido trasladado del garrote del troglodita al maletín del ejecutivo, la fuerza física aún es un requisito importante de masculinidad para muchos hombres y mujeres. Esta creencia puede generar en los jóvenes varones un trastorno opuesto a la anorexia femenina, pero igualmente grave: en vez de Twiggy, Charles Atlas. Muchos adolescentes hombres muestran serios problemas de autoestima y autoimagen porque se perciben a sí mismos como enclenques, demasiado flatoso alejados del patrón "fornido" tradicional: "Me gustaría tener más espalda","Quisiera ser más grueso", "Mis brazos son raquíticos", y así. Sentirse alfeñique es una de las torturas más grandes por las que puede pasar un muchacho. El silogismo es claro, aunque falso: "Un verdadero hombre debe ser fuerte, la fortaleza está en los músculos. Yo no tengo suficiente desarrollo físico, por lo tanto soy poco hombre y poco atractivo". Una trampa aristotélica mortal que los puede llevar a incrementar obsesivamente sus proporciones, de cualquier manera y a cualquier costo, anabólicos incluidos. En tiempo de playa y sol, la discriminación es clara: las mujeres ocultan su celulitis envolviéndose en una toalla, y los hombres esconden su escasa caja toráxica debajo de una holgada camiseta que no se quitan por nada del mundo.
No estoy diciendo que la educación física deba abolirse, indudablemente el cuidado del cuerpo es importante, además de saludable, pero una cosa es conservarlo y cuidarlo sanamente, y otra muy distinta hacer que la auto- aceptación dependa en forma exclusiva de las medidas corporales. La fortaleza física no es una cualidad intrínseca y determinante de la masculinidad, ni mucho menos. Si el varón reduce su hombría a los músculos, reemplazará el pensamiento por el sudor, y eso sí que es grave.
Pero el problema de la fuerza no termina ahí. La supuesta reciedumbre masculina también implica valentía, dominancia y seguridad en cantidades industriales. Un paquete de exigencias muy difícil de obtener. La gran proporción de varones que todavía aspiran a esta quimera son producto de un condicionamiento valorativo, claramente autodestructivo y deshumanizarte.
¿En realidad necesitamos ser física y psicológicamente tan poderosos como queremos mostrar?. ¿Para qué esforzarnos las veinticuatro horas por parecer duros, si de todas maneras nos van a descubrir cuando nos conozcan mejor?. ¿A quién queremos engañar con semejante pantomima?
Muchas mujeres recién casadas, que han tenido noviazgos cortos y no han podido conocer bien a sus cónyuges, se quejan de que su marido ha cambiado demasiado desde el matrimonio y ya no parece ser el mismo. Una de mis pacientes relataba así la transformación de su flamante marido: "Es otra persona... La seguridad en sí mismo, la iniciativa y la gran capacidad para resolver problemas de manera diligente, que tanto me habían impactado, desaparecieron de la noche a la mañana... Me acosté con un hombre y amanecí con otro...". En realidad, muchos hombres inseguros se mienten a sí mismos y a los demás mostrando un patrón de fortaleza inexistente, a la espera de ser aceptados. No es un juego de seducción, sino un mecanismo supremamente peligroso y dañino para compensar una autoestima endeble.
Si bien es cierto que un grupo nada despreciable de mujeres aún se inclina ante unos buenos bíceps (basta con asistir a cualquier película donde Antonio Banderas o Tom Cruise se quitan la camisa para confirmarlo), y admira a un hombre que enfrente el peligro sin pestañear, debemos reconocer que otra parte de la demanda femenina ha dejado de exigir este prehistórico requisito. El problema parecería surgir cuando la mujer de nuestros sueños está, abierta o suterradamente, en el grupo "pro John Wayne".
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Es evidente que aunque la cosa esté cambiando, la debilidad masculina no se digiere con facilidad. En particular frente al tema del dolor, pienso que la mujer sale mejor librada que el hombre. Si los hombres tuviéramos que parir, el planeta estaría despoblado.
La nueva masculinidad no exige tanto. Un hombre débil puede ser tan varonil como femenina una mujer fuerte. Para ser varones no tenemos que colgarnos de los pulgares, ni rompernos la espalda levantando pesas, ni soportar estoicamente las angustias y asumir el papel de un decadente Rambo, un imperturbable Hombre Marlboro o un atlético e insípido Sansón. Basta con que dejemos traslucir lo que de verdad somos, sin pretender vender una idea distorsionada de lo esencialmente masculino.


Tenemos el derecho a que la natural fragilidad que anida en cada uno de nosotros haga su aparición, y a no sentir vergüenza por ello. Al que no le guste, que no mire.

Aunque las fragilidades psicológicas masculinas podrían llenar varios tomos de una enciclopedia (ellas irán apareciendo a lo largo del presente texto), aquí sólo señalaré tres miedos básicos, por lo general encubiertos por el ego, comunes a casi todas las culturas, altamente dañinos y mortificantes para aquellos varones que aún se empecinan en ser duros, intrépidos y osados.


1) el miedo al miedo, 
2) el miedo a estar afectivamente solo y 
3) el miedo al fracaso.


Con el permiso del bueno de Riso iré resumiendo cada uno de ellos en próximos posts.







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