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dijous, 28 d’agost de 2014

ABRIR Y CERRAR PUERTAS. Miguel Benavent de B.

Nuestra vida es un continuo abrir y cerrar puertas. En el transcurso de los años, aparecen y desaparecen muchas personas, no siempre por razones concretas. Algunas tuvimos la fortuna que desaparecieran de nuestra vida, otras no obstante nos hizo sufrir su ausencia, anunciada o no. Lo que está claro es que en ese continuo fluir de personas que entran y salen de nuestra vida, siempre existe el sentido profundo de su aparición o desaparición. Como suelo afirmar, alguien dijo que hay personas que llegan por un rato, otras por una razón y otras para toda la vida!
Nos cuesta aceptar que no toda persona estará toda la vida con nosotros. El matrimonio no es más que una presunta garantía burocrática para que permanezca en el tiempo y “hasta que la muerte nos separe” un tipo de relación. Evidentemente, argumentada convenientemente por las creencias religiosas, políticas y/o sociales. “La amistad es para toda la vida”, afirmamos con orgullo, a pesar de que eso no suele ser verdad, en nuestra vida ordinaria. Y es que, a decir verdad, nos cuesta aceptar que nuestra vida es continuo cambio, aunque nos obstinemos en lo contrario. ¿Cuántas veces intentamos desesperadamente mantener una relación imposible o que ya está rota? ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por la nostalgia y mantenemos relaciones de cualquier tipo, para justificar el tiempo pasado compartido, sin que en este momento tenga sentido verdadero nuestra relación? ¿Cuántas veces nos vemos obligados a mantener una relación (p.e. familiar) que no nos aporta nada y no tiene más sentido que el estricto vínculo sanguíneo…y fortuíto)?
El concepto que tenemos de la vida viene demasiadas veces condicionado por nuestras relaciones en ella. Si las relaciones van bien, nuestra vida al parecer va bien. Y viceversa. Pero la verdad es que otorgamos a nuestras relaciones con los demás y del tipo que sean, un papel decisivo en nuestra vida. Pero, a decir verdad, dedicamos poco tiempo a la relación con nosotros mismos. Y, ni qué deir tiene, que las relaciones con los demás no son más que la proyección de nuestras luces y sombras. Si alguien está bien consigomismo, sus relaciones serán igualmente buenas. Y al contrario, si uno está enfadado consigomismo, sus relaciones serán tempestuosas y difíciles. Si a esto le añadimos el mal hábito de perpetuar patrones de conducta -muchas veces subconscientes- tóxicos o nocivos con nosotros mismos y/o con los demás, la infelicidad en nuestras relaciones está asegurada…
Tal vez te parecerá un tanto drástico mi punto de vista sobre las relaciones humanas, del tipo que sean. Nunca he tenido relaciones de conveniencia (social, económica, etc.) y siempre he basado mis relaciones personales en mi afinidad profunda y en mis valores. Y, para bien o para mal, eso es extensible hoy a mis relaciones también profesionales. Creo que no cualquier persona merece estar hoy en mi vida. El único requisito es que me enriquezca de cualquier forma su presencia, como ser humano… y viceversa! O, lo que es lo mismo, que me aporte valor a mi vida y, a la vez, comparta sus valores personales conmigo. Los demás, son meros transeúntes en mi vida, aunque puedan desarrollar algún papel de figurantes o de gess stars en alguna secuencia o plano de la película de mi vida.
De todos modos, levantando algo la vista del aspecto meramente terrenal y humano de nuestras relaciones, la verdad es que cada persona que aparece o desaparece de tu vida, deja -o debería- su huella en ella, siempre y cuando la relación sea humana, completa e intensa. No conozco a alguien que no me haya dejado un recuerdo o que, en su momento, no me diera una lección de vida inesperada, del tipo que sea. Cada persona en nuestra vida, independientemente del rol que le adjudiquemos o del tiempo que compartamos, tiene su razón de ser y su profundo sentido. Si de algo me preocupo y/o enorgullezco en mi vida es que, por mi manera de ser y de tratar a las personas desde el corazón, suelo dejar una huella profunda y dilatada en el tiempo en las personas que me conocen. No suelo pasar desapercibido, a pesar de mi discreción innata y premeditada. Aunque también es verdad que a veces tengo la angustiosa sensación de que actúo “demasiado” y en todo momento desde mi Conciencia y mis valores, sin preocuparme demasiado de sus efectos colaterales y sin respetar el tempo de los demás…
Un efecto curioso es que nuestras relaciones se van adaptando a nuestra manera y sentido profundo de vivir, a cada momento. En época, por decirlo de alguna manera, que vivimos con una cierta superficialidad, nos rodeamos “espontáneamente” de personas superficiales. En otros momentos más introspectivos y profundos, aparecen personas que viven un parecido momento vital. Y es que la vida nos provee a cada momento de lo que entiende deseamos en nuestra vida.
Y eso es también extensible a situaciones o actitudes dañinas para nosotros mismos -normalmente motivadas por la baja autoestima-, en las que aparecen personas que cumplen su cometido de hacernos sufrir. Y es que repetimos una y otra vez patrones de relaciones tóxicas, hasta que somos conscientes de éstas y decidimos sanear nuestro interior, aprender de lo vivido y optar por cambiar o abandonar este tipo de patrones y de relaciones…
No me cansaré de insistir que el mundo no es como es, sino como somos, cada uno de nosotros. Es un simple espejo que nos ayuda a ver todo  aquello que no somos capaces de ver en nuestro interior. De esta manera, para bien o para mal, cada una de las personas que habitan de alguna manera tu vida ordinaria no es más que un reflejo de algún aspecto de tí mismo, que conoces o aún desconoces. Y eso te permite ser consciente de ello, usarlo, cambiarlo o desecharlo, pero siempre y en todo caso, aprender sobre tí mismo.
En el fondo, cada persona es un crisol formado por varias personalidades diferentes, que forman parte de una misma unidad, que es tu “yo”. Pero, durante la vida, los diferentes acontecimientos y circunstancias con diferentes personas nos permiten descubrir las partes ocultas de nosotros mismos, esas partes que tal vez aún no has vivido. Por ello, es de agradecer la aparición de cada persona que te permite conocerte como eres… y entender que su desaparición, en muchos casos, es simplemente porque finalizó su rol de enseñarnos algo para nosotros mismos o para nuestra vida. Por eso, precisamente, se abren y se cierran puertas continuamente, porque nuestra vida evoluciona!
Así, la vida es un continuo abrir y cerrar puertas, aunque el ser humano tenga el mal hábito de adaptarse a todo (incluso a la adversidad, lamentablemente) y a intentar desesperadamente prolongar sus momentos y las personas que los habitan. Pero la vida es cambio continuo y el devenir de las personas, los momentos y los lugares por los que transitamos cambian constantemente, para dar riqueza y color a nuestra vida, para integrar el “yo” completo. El apego (incluso a una sola de tus personalidades) lo único que provoca es dolor… innecesario. Si tú cambias a cada instante, eres diverso y ese es tu 
patrimonio como ser humano en constante evolución, todo a tu alrededor cambia igualmente, para adaptarse a tu vida en cada momento. La vida no admite apegos ni nostalgias que, en forma de recuerdo, nos impiden vivir y sentir lo nuevo que llega a cada instante. Aunque a veces solo sea en forma de una nueva e inesperada persona…

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