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diumenge, 24 d’agost de 2014

Pareja y vacaciones. Luis Muiño. La Vanguardia.

Las vacaciones ponen a prueba la pareja. Son un test de final de curso, y nunca mejor dicho. Durante los meses de trabajo, a veces, la rutina familiar se reduce a ir tirando y solventando problemas, en verano hay más tiempo para hablar, compartir y volver a conocerse... y eso a veces es un problema.
Stanley Donen, el director de clásicos como 'Cantando bajo la lluvia' o 'Un día en Nueva York', dio un vuelco a su carrera en 1967 con 'Dos en la carretera'. La película narraba como un teóricamente idílico viaje de vacaciones –desde Londres hasta la Riviera francesa– puede acabar convirtiéndose en la dramática constatación de una crisis de pareja. Desligarse de alguien real es muy sencillo, lo que nos cuesta un mundo es desprendernos de los sueños y esperanzas que hemos puesto en esa persona. Y Mark y Joanna, los protagonistas, tendrán que aprender en ese viaje a dejar atrás las expectativas que habían puesto de jóvenes en el otro para decidir si hay posibilidad de una nueva pareja formada por ellos mismos.
Dos en la carretera pertenece a una especie de subgénero que podría llamarse de parejas en vacaciones, films que se estructuran a partir de largas conversaciones de personas que en tiempo de asueto hablan de lo que no han podido tratar en el estresante día a día. En esta variedad de películas podríamos incluir películas de Eric Rohmer ('La rodilla de Clara'), Woody Allen ('Todos dicen I love You'), Ingmar Bergman ('El silencio') o Roberto Rossellini ('Te querré siempre'). Es un tipo de historias que sigue interesando, prueba de ello es el éxito de la trilogía 'Antes de amanecer', 'Antes del atardecer' y 'Antes del anochecer', un guión estructurado a partir de largos diálogos en épocas de descanso y en diferentes países que cuentan la historia de los encuentros de dos personas.
Si los guionistas sitúan la trama en tiempo de relax es porque saben que, en la realidad, las vacaciones son un gran test de pareja. Hoy en día, la época laboral suele reducir a la pareja a una especie de empresa familiar que va sacando adelante los asuntos cotidianos y resuelve los problemas que surgen. Lo urgente apenas deja espacio para tratar lo importante.
Sin embargo, en la época de descanso, nos volvemos a encontrar cara a cara con la pareja. Los vínculos dejan de ser prácticos para volver a ser emocionales. Y eso trae consigo una serie de potenciales factores que nos pueden hacer disfrutar... o sufrir. No en vano las cifras muestran que uno de cada tres divorcios se produce en septiembre.
¿Por qué nos dejan tan descolocados los problemas de pareja que surgen en estas épocas, teóricamente más hedonistas y alegres? Una de las razones es nuestra dificultad para entender las relaciones como un universo dinámico. Tenemos la tendencia a pensar en la pareja como un universo que no se mueve y que suele estar cerrado. Hablamos de los factores necesarios para el mantenimiento de este vínculo dando por hecho que son siempre los mismos y como si no tuvieran nada que ver con lo que está ocurriendo externamente.
Pero, evidentemente, esto no es así. Los seres humanos buscamos características diferentes según el momento que estemos viviendo. Un ejemplo: un estudio de la universidad alemana de Saarland constataba el año pasado que el casting emocional varía según el estrés al que estamos siendo sometidos. En momentos de tensión vital nos sentimos más atraídos por personas diferentes a nosotros. Cuando estamos más relajados, sin embargo, tendemos a elegir a aquellos que se nos parecen.
La extrapolación es tentadora: quizás las parejas durante los meses de trabajo son más eficaces gracias a aquellos rasgos en los que las personas se complementan. Por ejemplo: dos personas, una impulsiva y otra más reflexiva, pueden juntar sus diferentes potenciales para llevar adelante los requerimientos de la vida práctica durante la época laboral. Una pondrá la energía, la otra la sensatez; la primera actuará con reflejos cuando sea necesario actuar inmediatamente, la segunda sabrá mantener la calma y actuar con juicio en las situaciones en las que haya tiempo para pensar...
Sin embargo, en periodo de vacaciones, lo que nos une son las afinidades y no las diferencias. Las parejas con rasgos muy dispares (un individuo impulsivo y otro reflexivo, por ejemplo) tienen difícil incluso elegir el lugar para ir de vacaciones. Con una persona semejante a nosotros es más sencillo compartir aficiones y disfrutar de lo mismo. Por eso, uno de los factores que se encuentran en las parejas que traspasan bien los periodos de actividad y los de asueto es que los primeros saben combinar sus diferencias y los segundos... centrarse en sus similitudes. Para conseguir eso hay que sortear otra de las dificultades que surgen en el periodo veraniego: la supuesta necesidad de resolver todos los problemas que han surgido durante el año. Una irónica definición de la pareja dice que es la unión de dos personas que resuelven un serie de problemas que no tendrían si no estuvieran juntas.
En vacaciones muchos individuos parecen empeñados en hacer cierto este dictamen. Se obsesionan con resolver los problemas sexuales, los desacuerdos en el modo de educar a los hijos, las cuestiones logísticas (quién gana el dinero, quién interviene más en las tareas del hogar,...), los escabrosos asuntos relacionados con la familia de la otra persona e, incluso, la falta de sintonía en el sentido vital y objetivos a largo plazo. Todo, durante el escaso mes que la mayoría de las personas disfrutan de vacaciones...El psicólogo Robert Sternberg es el creador de una de las teorías más influyentes acerca del amor. Según él, hay tres tipos de factores que pueden sustentar este vínculo afectivo: compromiso, intimidad y pasión.
La primera variable, el compromiso, es la que nos lleva a resolver problemas juntos. Cuando la dupla funciona bien en esta dimensión, comparten objetivos vitales, fluyen a la hora de hacer planes conjuntos, construyen un mundo (amigos, hijos, hábitos de vida,…) y unen fuerzas en proyectos. Es, evidentemente, una variable importante en el mundo actual: las teorías del intercambio social, que tratan de analizar las motivaciones humanas en términos de costes y beneficios, basan su explicación de la estabilidad de la pareja en este factor. El compromiso nace porque compensan las recompensas específicas que se derivan del intercambio de recursos: si el hecho de convertirse en una pareja produce satisfacciones inmediatas, es más fácil que el vínculo perdure. Pero, en el mundo moderno, ese factor está perdiendo peso. En un mundo en el que ser soltero es una alternativa viable, no es necesaria la presencia de otra persona para resolver los problemas.
Por eso, las parejas que funcionan añaden un segundo aspecto, la intimidad, que se relaciona con la sensación de apoyo emocional que proporciona esta unión con otro individuo. Las investigaciones de Sternberg encuentran, como síntomas asociadas a ese factor, el deseo de estar con el otro cuando nos necesita, la felicidad de compartir experiencias, la "química intelectual", el sentido del humor que vibra en la misma onda, etcétera. Las vacaciones son un periodo ideal para cultivar la intimidad: cuando existe mucho tiempo conjunto, es más natural aprovecharlo para acrecentar la cercanía que para "celebrar reuniones" continuas acerca de la vida práctica.
Y, por supuesto, está la pasión, la tercera variable en la teoría triangular de Sternberg. Este factor significa, para él, que la otra persona nos atraiga físicamente y nos resulte estimulante y vivificadora (no sólo es una cuestión sexual: la pasión tiene que ver también con la excitación mental: cuando hay pasión, a los dos miembros de la pareja les resulta estimulante el sólo hecho de ver a la otra persona). Y esa activación se trasmite al resto de mundo: es una fuerza que les hace ver la vida de forma más brillante y optimista convirtiéndolos en personas más impetuosas. Por eso, cuando dos personas dedican el tiempo de vacaciones a cultivar la pasión, adquieren nuevas energías vitales que les sirven para afrontar todo con más potencial.

¿Por qué nos empeñamos entonces en centrarnos en el compromiso, que es sólo es uno de los aspectos de nuestra pareja? ¿Qué nos lleva a convertir las vacaciones en una continua discusión sobre lo que no funciona el resto del año? Psicólogos como Frank Finchman han elaborado una hipótesis plausible desde la teoría de la atribución. Según estos investigadores, lo que falla en ciertas parejas es la obsesiva tendencia a percibir al otro miembro como causante y responsable de los aspectos negativos de la relación. Estas personas suelen creer que los aspectos positivos de su vida son debidos a factores externos a la pareja (buena situación económica, apoyo de los amigos, padres, hijos...). Incluso sospechan que las acciones positivas del otro han sido realizadas de manera involuntaria o interesada.
Lo peor de todos estos sesgos mentales es que tienen un efecto alud: hacen que el vínculo cada vez sea más inestable. Disminuimos el valor de la pareja como forma de unión, dejamos de ser sinceros porque creemos que el otro es culpable de todos nuestros males y es mejor que no sepa de nuestra vida, aumentamos nuestro comportamiento emocional negativo (aumentan, por ejemplo, nuestros deseos de venganza cuando la otra persona nos hace daño) y empeora la resolución de conflictos.
Ese ciclo se rompe, habitualmente, con la llegada de las vacaciones. Los rencores acumulados y las tensiones ocultas estallan porque creemos que, en ese momento, podemos "dejar las cosas claras". Una sensación frustrante porque, obviamente, cuando le contamos nuestras frustraciones a la otra persona nos damos cuenta de que también tiene sensación de estar paralizada... por nuestra culpa.
Romper las rutinas y entrar en modo vacaciones no es tan sencillo como parece. La falta de una estructura vital y de unos problemas claros que resolver nos afecta la mente, que funciona mucho mejor cuando esos dos factores están presentes. No tiene sentido intentar resolver en ese estado nuestros problemas de pareja autoobligándonos, por ejemplo, a repetir las actividades que nos entusiasmaban en otra época y ya no nos divierten o prolongando excesivamente discusiones que nunca van a ser ejecutivas y que por lo tanto pueden prolongarse hasta el infinito.
Por eso quizás en vacaciones la estrategia más adaptativa en la mayoría de los casos es trabajar nuestra capacidad de aceptación de la otra persona. Es cierto que la aquiescencia total sólo se da en los momentos de enamoramiento, pero se puede conseguir mejorar nuestras dosis de tolerancia para hacer más agradable un periodo cuyo único objetivo es, precisamente, el hedonismo y el disfrute. Podemos, por ejemplo, preguntarnos cuantos de esos cambios que exigimos a la otra persona son, en realidad, actitudes no deseables, pero aceptables. Eso nos puede ayudar a reaccionar más a menudo con emociones suaves (tristeza, miedo, soledad,...) y menos con sentimientos duros (ira, resentimiento, venganza,…). Comunicarse de esta manera facilita que la otra persona no se ponga a la defensiva y pueda ser más empática con el punto de vista del otro miembro de la pareja.
La otra estrategia que suelen seguir las parejas que disfrutan de las vacaciones es cambiar rutinas. Uno de los experimentos más divertidos de la psicología fue el que realizaron Donald G.Dutton y Andarthur P. Aron, de la University of British Columbia, Vancouver (Canadá). En él, una colaboradora entrevistaba, uno a uno, a un grupo de voluntarios. Después, ellos tenían que elegir si la llamaban por teléfono para continuar el experimento. La entrevista se hacía a veces en un lugar normal, a veces en lo alto de un peligroso puente. Y los resultados fueron absolutamente dispares: los muchachos entrevistados en la situación peculiar llamaron muchas más veces y mostraron más interés en concertar una segunda cita.
La conclusión de los investigadores es que las situaciones diferentes (imprevisibles, poco habituales, desconcertantes,...) aumentan el nexo de unión. Factores de los que hemos hablado antes, como la intimidad y la pasión, son favorecidos por la incertidumbre. Cambiar de hábitos rutinarios es parte esencial del hedonismo vacacional. Cualquier sorpresa es válida para este fin. Cambiar el lugar en el que se tienen relaciones sexuales o se habla. Contar sentimientos o anécdotas que nunca antes se habían dicho. Redescubrir juntos aficiones infantiles o juveniles que la otra persona ignoraba. Buscar el sentido del humor que vibra en la misma onda. Volver a seducir a la pareja recordando que el erotismo siempre es cíclico, parte de cero y no se puede dar por hecho que por tener una relación podemos saltarnos los pasos previos. Hacer preguntas en vez de presuponer al otro. Ponerse un reto conjunto (recobrar la forma física, descubrir el punto G o subir una montaña). Intercambiar papeles: que el que nunca lo hace, organice los viajes, elija los restaurantes o hable por teléfono con la familia...
El disfrute es activo y se basa en el placer del descubrimiento. Ninguna rutina, ningún sentimiento de compromiso y obligación, puede conseguir que dos personas disfruten juntas. Las parejas que mejor funcionan son aquellas que recuerdan los famosos versos bíblicos: "Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: (...) Hay un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar; (...) un tiempo para llorar y un tiempo para reír; (...) un tiempo para intentar y un tiempo para desistir; (...) un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz”

El duelo en verano
Judith Viorst, autora del libro 'Pérdidas necesarias', habla de dos tipos de pérdidas relacionadas con el vínculo amoroso y que requieren un trabajo introspectivo. El tiempo de vacaciones es un buen momento para afrontarlas.
El primero de los duelos posibles es la renuncia a los ideales estereotipados acerca de las relaciones que adquirimos en la juventud. Librarnos de ellos es esencial para apreciar el verdadero valor de nuestra pareja. El segundo es el de nuestra pareja. Si no somos capaces de plantearnos la relación como algo que puede romperse, no nos sentiremos libres para decidir si merece la pena seguir adelante.




1 comentari:

  1. Joan, estic totalment d'acord amb tu i amb la Judith Viorst, l'estiu es en una parella que no va be, el desenllaç definiu d'aquesta, ho dic per experiència pròpia

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