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dissabte, 30 de juny de 2012

PAPA Y MAMA ABREN POR VACACIONES. Mayte Rius. La Vanguardia.


Son muchos los padres que viven con la angustia de ver y disfrutar poco a sus hijos y aguardan expectantes el período estival para ¿recuperar el tiempo perdido¿. ¿Se puede?

"Los adultos ponemos muchas expectativas en las vacaciones; cuando estamos agotados por el trabajo pensamos que la vacaciones serán una época perfecta, que será el momento de compensar todo lo que no hemos hecho bien el resto del año, que dispondremos de mucho tiempo y lo podremos aprovechar mucho... Se tiende a idealizar”, afirma Lídia Julià, psicóloga de Isep Clínic Girona. Y explica que luego la realidad acostumbra a no ser tan favorable como uno esperaba y se producen muchas frustraciones. “La cuestión no es recuperar cosas en las vacaciones, ni el contacto con los hijos ni nada; si durante el resto del año, durante la cotidianidad, que es el periodo más largo, detectas que hay problemas, carencias o cosas que no te gustan, hay que tratar de cambiarlas. ¡No se puede esperar a vivir en vacaciones!”, dice Julià. Y la opinión es compartida por los psicólogos y terapeutas familiares consultados, porque el tiempo no se puede guardar, reservar ni acumular, y hay que vivirlo, usarlo y compartirlo mientras transcurre. 
Pero la realidad es que muchos padres viven mal, con sentimiento de culpa, el disponer de poco tiempo para compartir con sus hijos durante su vida diaria, llena de obligaciones cotidianas, y anhelan el tiempo libre extra de las vacaciones para estar con ellos. La situación es más frecuente, si cabe, entre los padres separados que durante el curso escolar apenas pueden compartir cotidianidad con sus hijos y esperan a las vacaciones para pasar varios días seguidos juntos y poder intensificar sus relaciones.
“Es fantástico que en verano tengamos más tiempo y lo queramos aprovechar; pero, ¡ojo! porque cuando los adultos hablamos de aprovechar el tiempo con frecuencia lo decimos en términos de utilidad, y estar con los hijos no es una obligación, y vivirlo como un peso no ayuda a la relación. A los padres que durante el resto del año ya están presentes en la vida de sus hijos les será fácil aprovechar ese mayor tiempo, pero si durante once meses los ven como una carga, se quejan de ellos y no paran de reñirles, en verano no cambiarán las cosas porque dispongan de más horas libres”, indica Imma Marín, directora de Marinva, consultora especializada en juego y educación.
Fernando Chacón, profesor de Psicología Social en la Universidad Complutense de Madrid, advierte que la filosofía de “cuando tenga tiempo haré tal cosa” –sea jugar con los hijos, aprender un idioma o practicar un deporte– normalmente no se cumple. “Cuando algo es realmente importante para ti de alguna manera sacas tiempo para hacerlo”. Y si la relación con los hijos es importante, uno procura sacar tiempo, a pesar de las duras jornadas laborales, para estar presente en sus vidas –“aunque sea dejando mensajes colgados en la nevera”, en palabras de Purificación Sierra, profesora de Psicología del Desarrollo de la UNED– y para poder hacer cosas juntos, sin poner las expectativas en las vacaciones o en otros periodos excepcionales. 
Ello no quiere decir que el descanso estival, que es cuando normalmente se dispone de más tiempo libre, no sea un momento propicio para disfrutar de los hijos e, incluso, para mejorar y reforzar la relación y los vínculos con ellos. Los niños no tienen clase, ni extraescolares; los padres no han de salir corriendo de casa para ir a trabajar, y se pueden flexibilizar los horarios y romper rutinas para pasar más tiempo en familia, de forma más sosegada, aumentar la comunicación y estrechar los vínculos afectivos ya sea compartiendo conversaciones, juegos, excursiones o las tareas domésticas. 
“El verano es un tiempo propicio para que todos los miembros de la familia expresen lo que están necesitando; para conocerse mejor en cuanto a gustos, aficiones e intereses, y para hablar de forma relajada”, indica José Antonio Ríos, terapeuta familiar y profesor de la Universidad Complutense. En este sentido, Fernando Chacón apunta que la mayor disposición de tiempo durante el verano se puede aprovechar para intentar cambiar una relación si es mala o conflictiva por la vía de buscar actividades gratificantes para padres e hijos, o para intensificar el vínculo en el caso de los padres separados. “Las vacaciones pueden servir para mejorar la comunicación y para hacer cosas que permitan a ambos estar a gusto, y convertirse así en un nuevo punto de partida para el resto del año; pero si luego no se mantiene esa actitud, el efecto verano se agota en dos meses”, advierte el psicólogo.
En una línea similar se expresa Purificación Sierra: “La vinculación se establece día a día, con interacciones repetidas para que los hijos se sientan queridos; no puedes ser hostil durante nueve meses y luego una malva durante las vacaciones”. Y advierte que, aunque a los padres nos alivia pensar que tendremos más tiempo para estar con los hijos, estar todo el día con ellos en vacaciones también es duro. Porque si no se plantean bien, las jornadas estivales pueden acabar resultando un agobio. “El hecho de convivir más es favorable, pero si no se hace con cuidado, uno acaba saturado; por eso hay que dejar espacio suficiente para todos, que haya actividades en común pero también huecos para que cada uno haga lo que quiera y ni los hijos ni la pareja se sientan absorbidos por los otros, indica Ríos. 
De ahí que sea conveniente contar con los hijos a la hora de planificar las vacaciones y la actividades que se van a realizar, preguntarles qué les gustaría hacer en lugar de que el padre o la madre saquen la lista de “tareas pendientes” de todo lo que no han podido ver o hacer en el año y les saturen de actividades que quizá a los chavales ni les apetecen. Se trata de conocer al otro, ver qué le gusta y aprovechar para conectar con sus preferencias; porque si no se sabe gestionar bien el tiempo juntos, si falla la comunicación, surgen frustraciones y conflictos”, comenta Lídia Julià. Purificación Sierra subraya que es importante planificar juntos qué haremos, de qué hacemos los bocadillos o qué ponemos en la mochila para irnos de excursión, “porque si lo organizamos todo nosotros, luego nos frustramos si al niño no le gusta nuestro planazo”.
Más que llenarlo de actividades, el tiempo adicional de que disponen las familias en vacaciones debería aprovecharse para saborear las cosas cotidianas con calma, desde el cocinar hasta el remolonear en la cama, para flexibilizar horarios, para disfrutar del aire libre, para organizar sorpresas y, sobre todo, para hablar y contarse cosas. “Como tenemos tiempo, podemos aprovechar las comidas u otros momentos relajados para contar cosas de cuando los padres éramos niños; historias de familia, de esas que ayudan a crear espesor histórico y que enseñan a sacar sabor de las pequeñas cosas que dan la felicidad”, sugiere José Antonio Ríos. Para disfrutar juntos en vacaciones no hace falta llevar a los críos a muchas atracciones ni a visitar sitios insospechados. “Lo mejor es, simplemente, estar; y dedicar tiempo a cosas que no hacemos durante el año o que hacemos muy rápido y que, en vacaciones, son mucho más factibles, como desayunar juntos, que los niños ayuden en la cocina, enseñarles a montar en bicicleta o una larga partida de Monopoly”, apunta Imma Marín.
Claro que tampoco hay que perder de vista que tanto los padres como los hijos necesitan de otras relaciones, y que estar de vacaciones no quiere decir tener que estar juntos 24 horas sobre 24. Los niños quieren jugar con los padres, pero también con otros niños, y hay ratos que sólo quieren a los adultos para que los jaleen y les digan lo bien que dan la voltereta o se tiran al agua de cabeza. “Todo, incluso hablar de qué nos llevamos en la maleta, crea vínculos entre padres e hijos y provoca situaciones y anécdotas que al cabo del tiempo se recuerdan con una sonrisa; lo importante es quitar el pie del acelerador y que todo tome otro ritmo”, dice la directora de Marinva. Para Purificación Sierra, la receta es “estar y hacer sentir”, pero cuidando con no transmitir a los hijos que ahora se les quiere más porque se tiene más tiempo. “Se trata de transmitir que ahora que los dos tenemos más tiempo vamos a hacer más cosas juntos, pero sin olvidarnos de compartir momentos el resto del año para que el niño vea que se le quiere todo el año”, reflexiona la profesora de Psicología del Desarrollo de la UNED.
Fernando Chacón subraya que esto es especialmente importante en el caso de padres separados. “En verano, como pasas más tiempo con ellos, es más fácil hacer actividades gratificantes para los dos, pero hay que plantearse cómo darles continuidad y utilizar bien el tiempo juntos el resto del año; buscar actividades comunes también para el miércoles o para el fin de semana en que tus hijos están contigo, porque la calidad de lo que haces en ese tiempo es lo más importante, y conviene planificar con antelación para no dejarte vencer por la inercia o por el cansancio durante el curso escolar y laboral”, comenta el profesor de la Complutense.
Otro colectivo para el que las vacaciones pueden ser un periodo especialmente importante es el de los padres con hijos adolescentes o preadolescentes, con quienes la convivencia diaria acostumbra a ser dura y cualquier conversación es susceptible de acabar en conflicto. “El verano es un buen momento para buscar espacios comunes, para hablar relajados de la relación, para comentar cómo echas de menos esos momentos de mayor contacto con ellos, y volver a asegurar el cariño que el resto del año damos por supuesto; se trata de apuntalar y de renovar los vínculos”, asegura Purificación Sierra. 
Por otra parte, el hecho de tener más tiempo libre y de realizar más actividades diferentes hace que en vacaciones surjan muchas oportunidades para enseñar (y aprender) a gestionar conflictos y frustraciones: desde una cola en un museo hasta esa máquina de refrescos que no funciona o el restaurante que no nos acoge porque está completo. Y como todos en la familia están más relajados, es más fácil reírse de todos los pequeños desastres y contratiempos que van surgiendo y crear con ello complicidades que, con el tiempo, se convierten en esas experiencias memorables que conforman el patrimonio familiar. 

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