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divendres, 24 d’octubre de 2014

"A la margarita le preguntamos mal". Mariela Michelena. La Contra de La Vanguardia.

Tengo 52 años. Nací en Caracas y vivo en Madrid desde hace 25 años. Casada y sin hijos. A pesar de que yo no vine en patera, me identifico con los inmigrantes. Los que ya están aquí deberían estar regularizados y tener derecho a cobrar por su trabajo, y no todos cobran. No creo en Dios, pero rezo por las noches a mi abuela materna.

LA RUEDA
Mujeres malqueridas (Esfera de los Libros) analiza el cómo y el porqué de que nos atemos a relaciones destructivas. Un mal que no es exclusivo de mujeres, ya que en todos hay masculino y femenino. No trata el tema partiendo de la compasión sino de la responsabilidad. No somos tontas, me insiste: esa repetición que se impone - elegir siempre amores frustrantes- tiene que ver con cómo transitamos por esa primera historia de amor con papá, mamá y hermanitos. "Sólo cuando hayas podido determinar qué papel has desempeñado tú misma en tu sufrimiento podrás restituir tu propia identidad más allá de la relación que mantengas. Si lo consigues, habrás deshecho la rueda de la repetición y tu próxima historia de amor será tu propia historia de amor".

—Defíname a las malqueridas.
—Mujeres que padecen por un mal amor, enzarzadas en relaciones imposibles, destructivas, que lloran por un amor perdido o sin futuro aunque pasen toda su vida enganchadas a esa relación.

—¿Y no hay hombres malqueridos?
—¡Por supuesto!, aunque hablemos de mujeres y de hombres, se trata de posición femenina y posición masculina.

—¿Mujeres complacientes?
—Y mujeres que son fuertes ante todos los retos de la vida, brillantes para resolver sus tareas, valientes para todo excepto para resguardarse de ese hombre que las quiere mal.

—¿Hay síntomas?
—No hablan de otra cosa que de su relación, viven pendientes del móvil, no rinden, no duermen bien.

—¿Por qué empeñarse en una relación así?
La elección de pareja no es cosa del azar, es un reencuentro con algún personaje de tu historia infantil olvidada pero que se repite. ¿Recuerda el cuento de la Ratita Presumida?

—De todos los pretendientes, elige al peor.
—Al gato, al único que seguro que se la va a comer. Elige al que cumple con un programa secreto que tiene que ver con la historia infantil oculta. Yo tenía una paciente que en realidad a quien quería conquistar era a una abuela durísima que no le hacía ni caso.

—Entonces no hace falta haber vivido un trauma para ser malquerido.
—No, pero lleva un tiempo descubrir a ese personaje secreto.

—Su teoría nos aboca al psicoanálisis.
La señal de alarma es la repetición, porque todos hemos pasado por un mal amor, pero cuando sólo se eligen gatos, ¡ojo!

—Enséñenos a detectar posibles errores.
Hay que estar atento a las preguntas que uno se hace, porque a la margarita le hacemos preguntas equivocadas. No se trata de ¿me quiere?, ¿no me quiere?, sino de ¿me quiere como yo quiero que me quieran?, ¿me quiere a mí?, ¿me compensa esta relación?, ¿me hace feliz? Porque con la frase lapidaria de «es que yo le quiero» somos capaces de atravesar situaciones infernales.

—Usted identifica cuatro pecados capitales que nos abocan al fracaso.
La sumisión, cuando dejamos de ser nosotros mismos en la vida cotidiana y aceptamos el deseo del otro como el propio deseo: dejas de frecuentar a tus amigos porque a él no le gustan, te vestías de tal manera y ya no lo haces... Acabas perdiéndote a ti mismo.

—La intermitencia.
Sí, parejas que viven en un parque de atracciones, rompen y reanudan la relación una y otra vez. Los reencuentros son fantásticos, adrenalina pura. En nombre de mantener el enamoramiento, el precio que se paga es la prueba del terror, momentos de abandono en los que se sufre una barbaridad.

—El efecto pausa, lo llama usted.
—Pasan una noche fantástica, luego él desaparece y la vida de ella se detiene. Reaparece y todo vuelve a ser fantástico. La excitación que produce el reencuentro es lo que engancha. Porque hay una cosa importante: las malqueridas no son tontas.

—Hay un beneficio en ese amor...
—Sí, retorcido y triste. El miedo a ser abandonada o a quedarse sola es el peor, prefiere apostar una y otra vez por «él va a cambiar». Por ejemplo, las mujeres que tienen relación con hombres casados que prometen que se van a separar en cuestión de meses, y no.

—La adicción.
—A una mujer adicta a un hombre le da igual que él lleve un cartel en la frente que diga «soy perjudicial para tu salud», no puede prescindir de él. Hay que decir que no a tomar un café con él, igual que el alcohólico debe decir no a una inofensiva cerveza.

—¿De dónde viene la adicción?
De la necesidad de sentirnos plenos con algo, el llegar a ser uno con el otro. Las adictas están convencidas de que detrás de lo que se ve hay un hombre fantástico.

—La impostura.
—Se trata del cuento de la Cenicienta, esa mujer cuya pareja está continuamente poniéndola a prueba a ver si encaja o no con el zapato que tiene en su cabeza: «Deberías adelgazar un poquito, leer un poco más...».

—Como la carcoma.
—La parte más patética de la impostura es cuando la madrastra le dice a una de sus hijas que se corte los dedos de los pies para entrar en el zapatito, y ella va y se los corta. Hay mujeres brillantes, extraordinarias, que están con un hombre que no las merece. A veces pensamos que porque nos quiere estamos obligadas a perdonarlo todo.

—¿Existe una predisposición femenina al amor incondicional?
—Sí. Cuando un bebé nace, alguien tiene que estar dispuesto a olvidarse de sí mismo. La mujer tiene esa disposición y a menudo transforma a su pareja en un bebé bigotudo.

—«Mi soledad no es completa, me hace falta un hombre.»
A veces estamos mucho más solas con un hombre que sin un hombre, y es la soledad más triste. Pero cuando una mujer afirma: «Yo estoy dispuesta a tolerar», de alguna manera se pone una capita de supermujer que la enaltece, y resulta difícil luchar contra eso.

—Le ha dado usted la vuelta al tema.
—Creo que una mujer malquerida no es que no tenga autoestima, es que la tiene trastocada: cree que puede hacer más de lo que realmente puede hacer, que puede soportar más sufrimiento y perdonar más.

—¿Se trata de comprender?
De desentrañar y pasar página, ser libre de la historia infantil y poder decir: «Me vas a querer como soy o no me vas a querer».



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