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dilluns, 20 d’octubre de 2014

¡Cómo ha cambiado!. Ferran Ramon-Cortés.

Estuve recientemente tomando un café con una persona a la que hacía años que no veía. Me daba cierta pereza el encuentro porque la tenía por una persona básicamente egocéntrica, muy vehemente en sus opiniones, y hasta cierto punto hasta pesada; sin embargo me encontré charlando largamente con una persona divertida, llena de energía, inteligente y con un montón de cosas interesantes que contar. Cuando finalmente nos despedimos, lo primero que pensé fue: ¡cómo ha cambiado!.
Y un par de días más tarde, leyendo una entrañable novela de Francesc Miralles me encontré con la siguiente frase:
“Entonces he sentido una duda: ¿es ella quien ha cambiado o soy yo que la miraba con otros ojos?”.
E inmediatamente me vino a la cabeza el encuentro de hacía dos días. ¿Había realmente cambiado mi interlocutor como yo pensaba o era yo que lo había estado mirando con otros ojos?
Decía mi maestro Oriol Pujol Borotau que tenemos un problema: cuando estamos delante de una persona no vemos realmente a la persona, sino lo que pensamos de ella. Y esto nos hace terriblemente miopes.
Todos tenemos como mínimo dos caras: la de las cosas buenas que tenemos y la de las cosas no tan buenas. Y todas las cosas, las buenas y las no tan buenas, forman parte de nosotros. Es más, no existen las unas sin las otras porque son dos caras de la misma moneda. Sin embargo, en nuestra miopía, sólo vemos de los demás una cara, la que coincide con nuestro pensamiento. Si la persona a la que estamos mirando nos cae bien, vemos la cara buena; si nos cae mal, la cara menos buena.
El criterio “me cae bien” o “me cae mal” actúa como un potente filtro que altera nuestra percepción, de manera que dejamos de ser objetivos, y acabamos viendo de las personas lo que coincide con lo que pensamos de ellas, nada más. Y nos perdemos una gran parte de ellas.
Lo malo de todo esto es que este potente filtro, al hacernos miopes, nos perpetúa en las percepciones, y no nos deja avanzar en las relaciones. Quien me cae mal, me seguirá cayendo mal, porque me empeño en ver su peor parte. Tiene que suceder algo especial (que pase mucho tiempo, que me relacione con aquella persona en un contexto completamente distinto, que me de de bruces con una parte de ella que no he querido ver hasta ahora) para que cambie mi manera de ver a alguien.
Me debato pensando si mi interlocutor del café ha cambiado realmente o es mi mirada la que ha cambiado. Si sin darme cuenta y por el tiempo pasado he dejado de aplicar el filtro. Y lo interesante es que si realmente no ha cambiado, sino que ha cambiado mi mirada,  esto quiere decir que puedo mirar a la gente desde una perspectiva distinta, y puedo, si me lo propongo, ver de la gente siempre su cara buena, e irme feliz a dormir porque veo mucha más positividad a mi alrededor.
Mirar la cara buena de la gente no significa negar su cara menos buena, pero si tener un retrato más amplio, y tener su cara buena siempre presente. Estoy seguro que si somos capaces de hacerlo, dejaremos de encasillar a mucha gente, y nuestras relaciones pueden seguir un camino totalmente distinto.

No logro cerrar mi debate interno, y no se si mi interlocutor del café ha cambiado realmente, o yo lo estoy mirando con otros ojos. Sea como sea, me quedo con esta nueva visión de él, pues me gusta y nos une. Y si aparece su cara menos buena, siempre podré recordar que también tiene ésta.



1 comentari:

  1. Joan et recordo q en Ferran ha publicat un llibre q es diu escoltem amb els ulls ( mes o menys) es prou significatiu. No?. Amb ell he pres un café x no dir dos, i francament es una persona excelent espero poder-lo prendre amb tu algun cop. Gracies pels teus articles son genials. Des de un xic lluny una forta abraçada. Mei

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