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dimarts, 28 d’octubre de 2014

¡Lo siento!. Ferran Ramon-Cortés

Un día de este verano mi hija mediana se levantó especialmente tarde. Se arrastraba por los sofás sin energía, y no estaba haciendo nada de lo que le se suponía que tenía que hacer o de lo que le estábamos pidiendo. Cansado de su actitud me encaré con ella para propinarle una sonora bronca. Le dije que estaba saliendo cada día, que estaba así de cansada por no dormir lo suficiente, y que o se ponía las pilas o se acababan las salidas nocturnas. Con lágrimas en los ojos se fue a su habitación a cambiarse y espabilarse.
Cuando se hubo cambiado, salió de la habitación y al cruzarse conmigo me dijo, con la voz entrecortada,
- “Esta noche no me he encontrado bien y no me he podido dormir hasta las cinco. Todo esto no tiene nada que ver con el salir por la noche”.
Había metido la pata. Y pasé el resto de la mañana tratando de imaginar cómo podía arreglar la situación. ¿Hacer algo aquel día que a ella le gustase especialmente? ¿Mostrarme cariñoso con ella y esperar que todo volviese a la normalidad? Y lo cierto es que la solución, aunque me costaba aceptarlo, era muy fácil y sólo necesitaba cinco palabras: Lo siento, me he equivocado.

¿Por qué nos cuesta tanto pedir perdón?
Disculparse es absolutamente balsámico para cualquier relación. Es increíble el efecto que produce en el otro una disculpa sincera, y cómo inmediatamente se ve el conflicto desde otra dimensión tras una buena disculpa. La disculpa provoca en el otro una inmediata reacción empática, desarma y abre las puertas al reencuentro emocional. Y sin embargo, nos cuesta mucho disculparnos.
Hay gente que se sí se disculpa, pero lo hace añadiendo una “patada lateral” por el camino: “lo siento pero es que tu me provocaste”, “perdona pero es que eres muy agresivo”… Y esta disculpa llega contaminada, cargada de reproche, y no produce empatía alguna. Es la necesidad que tenemos a veces (algunos siempre) de quedarnos por encima.
Otros simplemente consideran que una disculpa es una humillación y el reconocimiento de la vulnerabilidad, y por ello la evitan a toda costa aunque sean conscientes de su error.
Me contaba un amigo, socio de un bufete de abogados, que un día decidió hacer comprar un microondas para ponerlo en la cocina del bufete. Y que cuando el presidente lo vio, mandó devolverlo de inmediato, pues no eran tiempos para malgastar con lujos para la gente. Él fue a ver al presidente y le explicó que precisamente por los tiempos que corrían, la gente se estaba quedando a comer en la oficina, para no gastar dinero en restaurantes. Y que por el camino se acortaban las pausas y se conseguía un horario mucho más razonable y eficiente. El presidente reconoció que podía tener razón, y que la idea podía entonces tener sentido, pero terminó diciéndole:
- “ahora todo el mundo me ha oído hacer quitar el microondas; no puedo rectificar porque perdería mi autoridad…”
Creo que la disculpa es de los valientes, no de los cobardes, y que es una manifestación clara de seguridad personal, y que así lo percibe en el fondo la gente. Estoy convencido que la incapacidad de disculparse procede de la inseguridad, y que quien no sabe pedir perdón es precisamente el más vulnerable.
Oí una vez por la calle a un hombre, que tras tropezar con otro le dijo:
- “Si ha sido culpa mía, le pido disculpas. Si ha sido culpa suya, no se preocupe. Está disculpado”.
No perdió ni un instante en dirimir las culpas. Su disculpa fue por delante. Me pareció una sanísima actitud para ir por la vida. Y una muestra de gran seguridad personal por su parte.
Y para aquellos que a veces nos disculpamos con la boca pequeña, recordar un proverbio asiático que dice:
- “si has de hacer una reverencia, que tu inclinación sea pronunciada”.

Pues eso, que si nos hemos de disculpar, que nuestra disculpa suene a disculpa.



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