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dimecres, 5 de març de 2014

LA PRISA ES EL MEJOR MODO DE PERDER EL TIEMPO. Stefan Klein. La Contra de La Vanguardia.


—¿El tiempo es oro? ¿Sólo oro?
—Eso lo dijo por primera vez Benjamin Franklin, y esa nueva percepción del tiempo es la causa, paradójicamente, de que hoy lo perdamos tanto. Además, Franklin propuso en plan de broma una ley para que se adecuara el reloj al horario solar y ahorrar así en velas...
—Pues hoy no es ninguna broma.
—Es realidad dos veces al año y también lo es que, desde Franklin, hemos convertido el tiempo en una obsesión: Ahorrarlo, perderlo, aprovecharlo...
—Como si fuera dinero.
—Tremendo error, e irrealizable, porque para empezar no hay uno, sino dos tiempos: Uno en el calendario y otro en nuestro cerebro. Hoy sabemos que no estamos estresados porque nos falte tiempo, sino que nos falta tiempo porque estamos estresados.
—Explíquemelo con calma.
—La prisa y la obsesión por el tiempo es el mejor modo de perderlo, porque la ansiedad que genera la prisa nos impide concentrarnos y ser eficaces en lo que hacemos.
—¿Por qué a veces vuela y otras no pasa?
—¡Ésas son las percepciones que estudio! Si conoce bien su cerebro, podrá evitar algunas de las trampas que nos tiende nuestra percepción del tiempo, que tan poco tiene que ver con el del calendario y el reloj.
—Con los años, pasa más deprisa.
—Los jóvenes perciben que el tiempo pasa despacio y para los viejos, vuela. La razón está en que el cerebro asocia la percepción del tiempo y el funcionamiento de la memoria: Cuando todo es nuevo para ti, tu memoria trabaja almacenando más y más datos, y por eso parece que el tiempo pasa lento...
—Y para los niños todo es nuevo.
—... Y su tiempo es lentísimo. En cambio, a los mayores, que ya han almacenado en su memoria gran parte de los datos de la realidad que viven, el tiempo les pasa volando.
—Si estás entretenido, desaparece.
—Porque el reloj interno también depende de nuestra actividad: En 1962, Michel Siffre, geólogo francés, se encerró en una cueva hasta que perdió el sentido del tiempo.
—¡Qué relajo, el muy pillín!
—Salió de la cueva convencido de haber pasado sólo cuarenta y cinco días en ella cuando en realidad habían transcurrido ya sesenta y uno.
—A veces es mejor no mirar el reloj.
Por eso, cualquier trayecto de ida a un lugar desconocido —y por lo tanto con más datos que memorizar— nos parece más largo que el de vuelta, aunque duren lo mismo. Y por eso tenemos la sensación de que el tiempo se detiene en una situación de peligro real.
—¿Por qué?
—El miedo estimula la memoria y nos hace retener de repente una enorme cantidad de datos, que serán utilísimos si la situación se repite. Del mismo modo, en una atmósfera relajada, memorizas mucho menos los detalles y percibes el tiempo como remansado.
—¡Triste, que recordemos mejor lo peor!
—Es un mandato evolutivo que explica muchísimas de nuestras acciones, como, por ejemplo, las noticias de este periódico...
—Las malas noticias se leen más.
—Porque son más escuchadas y recordadas: Más importantes. Nuestro cerebro se fija antes en la serpiente del árbol que en su apetitosa manzana. Lógico: Podríamos sobrevivir sin manzana, pero sería mortal ignorar a la víbora. Ese mecanismo evolutivo explica que el chismoso en busca de público siempre hable mal de alguien o que el orador siempre vea graves amenazas por doquier.
—El cataclismo vende.
—Y más en algunas culturas. A los alemanes nos parecen más serios y fiables los personajes tristes, hipercríticos y negativos.
—¿Hubo alguna vez un progre feliz?
—A los norteamericanos les sucede lo contrario: Para que contesten que se encuentran mal, tienen que haberles diagnosticado varias enfermedades mortales seguidas.
—¿La felicidad nos vuelve gilipollas?
—¡Ésa es una convicción típicamente alemana! La seriedad es allí, por definición, triste.
—¿La felicidad no será una gilipollez?
—Medir. Es una descarga momentánea de sustancias bioquímicas observables. De hecho, se han descrito con precisión disfunciones que bloquean esa felicidad en algunos desgraciados cerebros.
—La felicidad son momentitos.
—Breves. Otra cosa es la satisfacción. La felicidad es el instante; la satisfacción, el balance. Y debemos advertir que la satisfacción es fácil de estropear sólo con un mal momento.
—Por ejemplo.
—Usted puede tener un día magnífico, pero una observación maliciosa de un colega, un instante, puede destrozárselo. Y cuando usted vuelva a casa no explicará su maravilloso día, sino que, amargado, despotricará contra el malvado colega aguafiestas.
—La culpa es de mi cerebro, no del colega.
—Eso es lo que yo pretendo: Ayudar a que la gente descubra esas trampas de percepción de su cerebro y que, al advertirlas, tome distancia crítica y relativice. Eso es madurar.
—¿Existe un factor para la satisfacción?
—El primordial es la capacidad de controlar la propia existencia. Y eso no es una observación personal, sino que ha sido documentado por la ciencia y probado con profusión.
—¿Cuantos menos jefes, más felicidad?
Cuanto más poder de decisión tenga sobre su propia vida, menos estresado y más satisfecho estará. Si el que manda se estresa, el que obedece mucho más.


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