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dijous, 6 de març de 2014

Adictos al cotilleo. Irene Orce. La Vanguardia.

“El hombre cauto jamás deplora el mal presente; emplea el presente en prevenir las aflicciones futuras”, William Shakespeare
La prudencia es una dama observadora, educada y discreta. Maestra en el arte de escuchar, habla con recato y escoge cuidadosamente cada palabra que escapa de sus labios. Jamás levanta la voz. Camina siempre de la mano de la precaución, y no se lanza a la acción sin tener un plan bien atado y meditado. Su religión es la moderación, y la practica con tanta devoción como reflexión. A menudo pasa desapercibida, y hay quien confunde su delicadeza con fragilidad. Pero nada más lejos de la realidad. Su fortaleza es una constante capaz de transformar los conflictos más destructivos en sana armonía. En una sociedad que vive al son de los impulsos y las reacciones, a veces olvidamos lo necesaria que resulta para facilitar nuestras relaciones y acercarnos a nuestros objetivos. Lamentablemente, estos días la prudencia no es precisamente la invitada más popular de la fiesta. Más bien todo lo contrario.
En nuestras interacciones sociales, por lo general buscamos la emoción y la distracción. De ahí que celebremos e incluso fomentemos el hábito –a veces, la adicción- de hablar sobre la vida de los demás. “¿Sabes qué?”, “No te vas a creer de lo que me he enterado”, “¡Tengo una noticia que te va a dejar de piedra!” ¿Cuántas veces hemos empezado una conversación con estas palabras o algunas similares? Y ¿en cuántas ocasiones nos hemos encontrado escuchando esta introducción y hemos redoblado nuestra atención, expectantes? Especialmente cuando antes de soltar la ‘bomba’, aparece la coletilla “¡Pero no se lo digas a nadie!” Lo cierto es que a menudo nos engañamos y traicionamos la confianza ajena, lavándonos las manos y justificando nuestra verborrea incontinente con semejante advertencia.
Así, ¿cómo esperamos que otras personas guarden un secreto –o una información sensible que hemos compartido en confidencia- cuando nosotros somos incapaces de hacerlo? Lo paradójico del asunto es que si nos enterásemos de que alguien está desvelando nuestras intimidades, pondríamos el grito en el cielo y cargaríamos contra esa persona sin importar el contexto o sus razones. Existe un evidente doble rasero en lo que a revelar datos de la vida privada de cualquier persona se refiere. Y a menudo, en el proceso, vendemos nuestra propia integridad. Somos animales sociales, y en la era de la información, parece que no hay nada que pueda generar más interés que las escandalosas infidelidades de menganito o el matrimonio roto de fulanita. Pero tal vez sea el momento de pararnos y reflexionar las consecuencias que nuestras indiscretas palabras pueden causar a personas que, según afirmamos, son importantes para nosotros. Tan sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor para verificar que se trata de una tendencia generalizada. Pero ¿de dónde proviene? Y ¿por qué nos causa tanta fascinación?

El juego del teléfono
“Es cordura provechosa ahorrarse disgustos. La prudencia evita muchos”, Baltasar Gracián
Los chismorreos y habladurías existen desde tiempos ancestrales, y han contribuido a crear y multiplicar lo que hoy conocemos como mitos y leyendas urbanas. No en vano, la información cuenta con una curiosa cualidad: tiende a mutar cada vez que se explica y se repite, particularmente si se hace por vía oral. Tal vez recuerden haber jugado de niños al llamado ‘juego del teléfono’. Consiste en sentarse en un círculo con un grupo de compañeros y decir una frase al oído de la persona que tenemos a nuestra derecha. El resultado nunca falla.
Les explicaré un ejemplo que sucedió hace pocos meses en un grupo de amigos. Carlos le confesó a su mejor amigo que estaba planteándose dejarlo definitivamente con su mujer, y que estaba empezando a sentir algo por María, una compañera de trabajo. Cosas que pasan: el susodicho mejor amigo cometió la imprudencia de compartir con su pareja tan sensible información. En menos de una semana, y tras circular la historia por todo el grupo, terminó por llegarle la cantinela a la pobre mujer de Carlos. “¡Ya me han contado que tienes un lío con la loba esa del trabajo, y no te has atrevido a decirme que me vas a dejar porque te ha dicho que se ha quedado embarazada!”. Como en el juego del teléfono, cuando la información ha dado la vuelta completa al círculo, rara vez se parece a la frase original. Cada uno añade algo de su propia cosecha, hasta que la información nada tiene que ver con la realidad. Este es un buen ejemplo de cómo se genera lo que conocemos como ‘rumores’. Es el resultado de nuestra pasión por el ‘drama’. Particularmente, el ajeno.
Lo cierto es que el cotilleo y la superficialidad son como las chucherías, cuando se come una es difícil dejar la bolsa. El subidón de azúcar es demasiado tentador. Eso sí, tienen una función específica en las relaciones sociales. Una dosis de vez en cuando resulta útil, incluso a veces, necesaria. Relaja las tensiones, nos brinda tema de conversación, anima y calienta el ambiente -dado que cada uno tiene su propia opinión al respecto- y sobretodo, nos ayuda por un rato a olvidarnos de nuestros propios problemas y crudas realidades. Es como una suerte de ‘pausa’ que ayuda a desconectar de todo aquello a lo que no nos queremos enfrentar. Pero la sobredosis a menudo termina en empacho, y nos deja con un dolor de barriga que resulta tan desagradable como imposible de evitar.
Llegados a este punto, cabe apuntar que el cotilleo también se rige por el principio de proximidad –una noticia adquiere más interés y relevancia cuanto más cerca de nosotros sucede-, lo que significa que cuanto más de cerca nos toca, más nos involucramos. A veces vivimos problemas ajenos con más intensidad que los propios, pues les damos más espacio y más horas de reflexión. Pero si nos paramos un momento, nos daremos cuenta de que esta actitud es, de algún modo, una forma de huida. En muchas ocasiones, no son más que historias de papel cartón que llenan nuestras conversaciones, evitándonos hablar sobre las cosas auténticamente importantes. De ahí que resulte fundamental aprender a racionar la superficialidad, para que se mantenga en una parcela de nuestra vida en vez de apropiarse de ella por completo.

Aprender a guardar un secreto
“El que es prudente es moderado; el que es moderado es constante; el que es constante es imperturbable; el que es imperturbable vive con satisfacción”, Lucio Anneo Séneca
Así, tal vez valga la pena diferenciar entre dos tipos de tendencias bastante marcadas en el mapa de la personalidad: la extroversión y la introversión. Por lo general, las personas extrovertidas son más proclives a convertirse en los protagonistas o mensajeros de este tipo de folletines caseros. Son personas con una mayor tendencia a compartir, tanto detalles sobre su propia vida como la de aquellos con quienes conviven. Su manera de relacionarse con el mundo es construirse a través de la comunicación con los demás, y se definen por ser personas bastante transparentes. Por otra parte, los introvertidos son aquellos que suelen guardar celosamente los entresijos de su vida privada, y a menudo les cuesta compartir sus intimidades –lo que no significa que eviten participar en cotilleos ajenos-. Los demás suelen verles como personas más misteriosas, y sin duda resultan más difíciles de conocer.

Por lo general, las razones que llevan a los extrovertidos a actuar de este modo son su necesidad de reafirmarse, de validar su punto de vista o sus decisiones y la búsqueda de aprobación de las personas que les importan. Y los introvertidos se deciden por un método de comunicación más opaco por su miedo al rechazo, al juicio ajeno y a no ser comprendidos y valorados. Ambos parten de lugares distintos, pero buscan lo mismo. Amor y aceptación incondicional. Más allá de sus características específicas, lo cierto es que los unos pueden aprender mucho de los otros. Los extrovertidos ganarían sumando en precaución y reflexión, mientras los introvertidos crecerían aprendiendo a compartir más desde el corazón, dejando en un segundo plano la cabeza.
En última instancia, tal como afirmó Sigmund Freud, “somos esclavos de lo que decimos y dueños de lo que callamos”. Si bien relacionarnos forma parte de nuestra condición humana, saber qué y cómo compartir es un arte que se aprende con grandes dosis de paciencia y mucha dedicación. No importa que formemos parte del equipo de introvertidos o de extrovertidos, la prudencia suma siempre en toda interacción. A los extrovertidos les permite cultivar más espacios de intimidad y regular su impulsividad, y a los introvertidos a sentirse más cómodos compartiendo, en vez de optar por no hacerlo. Cultivar la prudencia pasa por aprender a gestionar la información de manera más constructiva y menos dañina. Nos permite crear relaciones más auténticas, basadas en nuestras propias inquietudes e intereses, dejando en un sano segundo plano los cotilleos. Está en nuestras manos seguir enganchados al juego del teléfono… o apostar por colgarlo definitivamente.

En clave de coaching
¿Qué ganamos cuando nos perdemos en los cotilleos ajenos?
¿De qué manera la prudencia podría mejorar nuestras relaciones personales?
¿Qué decisiones y acciones podemos tomar para sumar prudencia en nuestro día a día?

Libro recomendado
‘El arte de la prudencia’, de Baltasar Gracián (Temas de hoy)


© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)

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