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divendres, 28 de març de 2014

"Nacemos únicos, pero sólo somos rentables en serie". Catherine Malabou. La Contra de la Vanguardia.

Catherine Malabou, filósofa.
Tengo 54 años, pero lo esencial es que mi cerebro -creo- sigue madurando. Nací en Francia, enseño en Inglaterra y pienso sin fronteras. Casada: tenemos un hijo. Cuanto más poder adquieren los partidos, más mediocridad promueven: repensémoslos. Colaboro con el CCCB

SER, VIVIR, CONSUMIR
La aventura de la vida consiste en sumar experiencias. Cada una de ellas nos hace más singulares. Somos lo vivido. Y al recrearlo en verbo, trazo o melodía, lo convertimos en arte. Lo opuesto a nuestra singularidad es la banalización de la producción en cadena. Lo denunció Derrida -siempre repensándose a sí mismo- cuando deconstruyó la obra de arte y demostró que sólo era la síntesis de lo vivido por su autor. No hay por tanto artistas geniales, sino sólo genuinas sumas de experiencias. Hoy Malabou recuerda que crecer como persona consiste en ser cada vez más distinto de los demás, pero el capitalismo nos prefiere consumidores que piensen, gasten y vivan en serie.

Hasta hace poco el cerebro no era considerado importante. Hoy es el centro del ser humano: si vive, hay vida; si no, muerte, que es cerebral.

Antes el corazón fue centro de la vida.
Y el cerebro se concebía como mera centralita de nuestros automatismos. Hoy sabemos que el cerebro es justo lo opuesto al automatismo del robot, porque es plástico y se adapta a las situaciones cambiantes.

¿Qué quiere decir plástico?
El cerebro nace con una herencia genética, aunque se hace en la experiencia epigenétíca: se adapta a los desafíos de la existencia, pero, al mismo tiempo, da forma a nuestra vida al elegir nuevas conductas y vivencias.

¿Ese es el proceso que nos hace responsables de nuestras vidas?
Es el fundamento biológico de la responsabilidad: no actúas mal o bien sólo porque hayas heredado unos genes buenos o malos, sino porque día a día has decidido actuar de un modo que, a su vez, va modificando tu mente y propicia conductas futuras.

¿Por ejemplo?
Cuando usted decide beber una copa, aumenta la posibilidad de beber dos y abre la puerta al alcoholismo. Pero, aunque usted tenga predisposición genética, si no abre esa primera puerta, no será alcohólico.

¿Lo que decidimos hacer hoy determina qué haremos mañana y toda la vida?
Y así en toda la cadena de actos de nuestra vida: somos responsables de cada eslabón.

Damasio desmintió aquí que usáramos sólo una pequeña parte del cerebro.
Lo usamos todo, pero lo relevante es que el cerebro sólo invierte el cinco por ciento de la energía que gasta en tareas conscientes.

¿Cómo lo sabe?
Magistretti ha escaneado el consumo de glucosa del cerebro y el 95 por ciento de esa energía la invierte en tareas inconscientes, pero no sabemos cuáles; ni para qué sirven.

Ni siquiera sabemos por qué soñamos.
Sé que pienso y existo, pero mi cerebro no es consciente de lo que hace cuando no piensa. La filosofía debería explicar cómo toda esa actividad inconsciente se transforma en sensaciones y decisiones conscientes.

Magistretti explicó aquí por ejemplo cómo la palabra cura al evocar traumas.
 Al explicar una experiencia traumática, vuelves a trazar la huella neuronal de esa experiencia traumática en tu memoria -reescribes su sinopsis-y así logras que cada vez sea menos profunda hasta que la superas.

¿Y si no verbalizas tu trauma?
No sanas. Al evocar -pintar, cantar o escribir- la experiencia, pasas del trazo psíquico al sináptico. Por eso el arte es terapéutico.

¿Es así como cura?
Al elaborar recuerdos y transformarlos en arte, vas tomando distancia respecto al trauma sufrido, porque la experiencia es única, pero cada vez la evocamos de forma diferente. El hecho no cambia; su recuerdo, sí.

La memoria es un país en el que siempre somos extranjeros.
Es el fundamento fisiológico de la cura por el arte, que también explica por qué no puedes pensar dos veces con el mismo cerebro.

¿Yo soy algo más que mis recuerdos?
Derrida, padre de la deconstrucción, demostró que la obra no es fruto de la genialidad del autor, sino sólo de sus experiencias. Igual que nuestro yo sólo es la suma de nuestros actos, el artista sólo es lo que ha vivido. Y al deconstruir su obra, se van descubriendo en ella las huellas de los episodios de su vida.

Pero la misma experiencia transforma a un hombre en bestia y a otro en poeta.
Lo que te hace singular es la suma de tus experiencias y decisiones. Pero esa singularidad también es un impedimento para que te insertes en la cadena capitalista de producción y consumo. El sistema no necesita que seas único, sino sólo uno más.

¿En qué sentido?
Los técnicos de neuromarketing han sido mucho más eficaces que los propios científicos al dar utilidad a los avances de la neurociencia y quieren convertirnos en rebaño.

También están más incentivados.
Porque, aunque cada uno de nosotros tendemos de forma innata a sumar experiencias insólitas para ser cada vez más únicos...

Cuanto más mayores, más diversos.
Para hacernos producir y consumir en cadena, el capitalismo necesita uniformarnos.

El comunismo también uniformaba.
El sistema nos quiere cada vez más en serie: que comamos igual; que vistamos del mismo modo y nos gusten las mismas películas; los mismos libros; los mismos programas de televisión, cuyo éxito depende de que los vean millones de individuos.

Pero el auténtico goce, en cambio, reside en la infinita diversidad de lo humano.
Suponen, por tanto, que todos somos reductibles y segmentables en edad, sexo, tribu urbana... Y si no lo somos, los neuromarketinianos tienen la osadía de explicarnos cómo debemos pensar, actuar y comprar de acuerdo a nuestra edad, sexo u origen: "A su edad -te dicen- debe llevar esto. Cómprelo".

¿Y si no quiero?

Se te considera bicho raro, cuando en realidad sólo tratas de ser persona.


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