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dijous, 17 de gener de 2013

LA ATRACCIÓN POR EL RIESGO. Cristina Llagostera. El País. 16/08/09

El riesgo es un gran estimulante, y encontrar retos de forma natural fuerza a sacar recursos positivos. El peligro es dejar de ser conscientes de los límites y la vulnerabilidad de cada uno.
“Este anhelo de intensidad es característico de una sociedad que tiende al exceso y necesita estímulos cada vez más impactantes”
¿Qué puede impulsar a una persona a proponerse objetivos casi imposibles, a conducir de manera temeraria a gran velocidad o a engancharse a los juegos de azar?. Exponerse a una situación incierta o peligrosa supone una conducta difícil de explicar, sin embargo, algunas personas sienten una atracción especial hacia el riesgo, como un imán irresistible que les empuja a vivir al límite y a comprometer reiteradamente su seguridad.
Desde la sociología se habla de la cultura del riesgo. Esta expresión apunta que el desarrollo tecnológico de las últimas décadas no ha venido acompañado de una mayor sensación de seguridad, sino más bien al contrario: el cambio y la incertidumbre se han convertido en una constante. Como resultado, el riesgo se percibe y está más presente que nunca, lo que genera en algunos casos una necesidad exacerbada de control o, en el otro extremo, estilos de vida unidos al gusto por la novedad y las sensaciones fuertes.
La atracción por el riesgo puede ir desde la afición a deportes o actividades que conllevan cierto peligro, la necesidad de poner a prueba las relaciones, emprender conductas arriesgadas, rozar la ilegalidad, provocar continuamente apuros económicos o profesionales… hasta actitudes autodestructivas como ciertas adicciones o poner en juego, consciente o inconscientemente, la vida propia y ajena.
La exposición al riesgo es captada por el organismo como una amenaza para la supervivencia. Como consecuencia, se dispara la adrenalina, los músculos se tensan, la respiración se agita, aumenta el ritmo cardiaco y la persona permanece alerta, vigilante, focalizando su atención en el peligro advertido.
Para algunos individuos este estado de activación resulta muy excitante. Según los neurobiólogos, se debe especialmente a los picos de dopamina, el neurotransmisor cerebral asociado a las sensaciones de placer y bienestar, que pueden resultar adictivas. Pero la cuestión es: ¿por qué algunas personas viven el riesgo con temor, mientras que para otras resulta altamente gratificante?

BUSCADORES DE SENSACIONES
“Todas las pasiones son buenas cuando uno es su dueño, y todas son malas cuando nos esclavizan” (J. J. Rousseau)
Marvin Zuckerman, un psicólogo estadounidense, definió un rasgo de personalidad al que bautizó como “buscador de sensaciones”. Las personas que presentan este rasgo tienen un marcado deseo de experimentar sensaciones nuevas e intensas y son más propensas a exponerse a distintos tipos de riesgos. Se ha observado, por ejemplo, que en estas personas las sensaciones fuertes activan con mayor facilidad las estructuras cerebrales relacionadas con la recompensa y la satisfacción. Por tanto, uno de los atractivos del riesgo son las poderosas vivencias que aporta: la impresión de la caída libre, la sensación de velocidad, la exaltación que producen ciertas drogas, la aceleración del corazón ante el vértigo de la apuesta…
Este anhelo de intensidad resulta característico de una sociedad que tiende al exceso. Acostumbrados como estamos a un nivel de activación muy alto, se necesitan estímulos cada vez más impactantes para producir sensaciones. Basta con observar cómo las películas, las atracciones o las actividades de ocio aumentan progresivamente de intensidad, persiguiendo el “más difícil todavía”.
Sin embargo, disponer de un abanico tan amplio de alternativas y experiencias fuertes no implica mejor capacidad para disfrutar. En la actualidad existe una mayor intolerancia al aburrimiento y a la rutina, y se aprecia en general cierta “anestesia” emocional. Sólo lo que supera cierto umbral de excitación es susceptible de despertar los sentidos, como si éstos se encontraran saturados ante la multitud de estímulos que reciben.
Las personas que se sienten atraídas por el riesgo acostumbran a tener la necesidad de vivirlo todo y de gozar al máximo cada momento. Este deseo de vida, cuando es excesivo, puede conducir paradójicamente a un atajo hacia la muerte. Lo observamos, por ejemplo, en las adicciones, en que la búsqueda de placer puede terminar resultando sumamente destructiva.

ILUSIÓN DE CONTROL
“La conciencia es la voz del alma; las pasiones, la del cuerpo” (Shakespeare)
Tras las conductas de riesgo a menudo existe lo que se denomina una ilusión de control. Es decir, la persona cree y piensa que siempre podrá dominar la situación. Entre los jóvenes, las conductas temerarias resultan muy comunes. No en vano en esta época la primera causa de mortalidad entre ellos son los accidentes de tráfico, o resulta tan frecuente el abuso de drogas o las prácticas sexuales de riesgo. Este fenómeno se atribuye, por un lado, a la necesidad de transgresión y de ponerse a prueba, y por otro, a un desconocimiento de los propios límites.
Ser consciente de la propia vulnerabilidad es un signo de madurez. Además, debido al valor que se otorga socialmente al coraje, fácilmente se confunde la verdadera valentía con la inconsciencia.
Todo exceso implica una carencia. Por eso, quienes perciban que con frecuencia ponen en peligro sus relaciones, su salud o su trabajo pueden plantearse qué intentan encubrir o resolver a través de esa actitud. Quizá supone una manera de escapar del tedio o bien un modo de construir una autoimagen de seguridad e intrepidez, en la que el miedo se encuentra desterrado.
Sin embargo, lo que a menudo impulsa realmente hacia el riesgo son aspectos emocionales inconscientes. Esta actitud a veces puede suponer una especie de autoboicoteo, pues la persona no se permite alcanzar el éxito en alguna faceta de su vida y opta por ponerla continuamente en peligro. Sucede así, por ejemplo, con la necesidad que tienen algunos individuos de llegar al límite, o en sus relaciones afectivas provocar constantes conflictos, como un modo de evitar el compromiso o subir el tono emocional de la relación, fenómeno que asocian con un amor más verdadero.
Tal y como definió Freud, el ser humano se siente atraído por la creación y el placer tanto como por la destrucción. Y las conductas de riesgo, cuando implican un descuido grave hacia la propia vida, a menudo esconden un deseo inconsciente de autodestrucción. De algún modo se desafía al destino dejando la propia existencia en manos del azar.
El riesgo resulta un poderoso estimulante. Aporta viveza, intensidad, reto. Al encontrarnos ante una situación complicada, de manera natural nuestra atención se centra en el presente y nos fuerza a sacar a la luz recursos personales. Sin duda, como seres humanos necesitamos desafíos. Es posible que disponer de una vida acomodada, con tantas facilidades que antes no existían, nos lleve en la actualidad a buscar retos quizá más artificiales o en lugares inadecuados.
Las personas acostumbran a sentirse satisfechas cuando afrontan y resuelven un riesgo. Pero, como sucede a menudo, las dificultades se hallan en los extremos. Tan problemática puede resultar una actitud imprudente y temeraria como vacilar en exceso, reemplazando la acción por el análisis. La raíz psicológica en ambos casos suele ser una relación inadecuada con el miedo.
El ser humano, pese a ser probablemente la única especie plenamente consciente de su propia mortalidad, en ocasiones actúa como si fuera inmortal. La proximidad del peligro fascina y puede alentar una sensación de poder inaudita. La intrepidez para asumir riesgos es un requisito para el progreso, pero es preciso distinguir cuándo se convierte en una necesidad que puede alcanzar límites alarmantes.



Conductas de riesgo


1. Se definen como una exposición repetida y voluntaria a un peligro.
2. Implican una atracción irresistible hacia las sensaciones intensas y novedosas.
3. La conducta en sí aporta una gratificación y un refuerzo positivo.
4. En ocasiones puede estar asociada a rasgos psicopatológicos que actúan como facilitadores o agravantes de estas conductas.
5. Existe a menudo un “sesgo optimista” que provoca que la persona se sienta menos expuesta al peligro real.
6. Pueden estar asociadas a distintos tipos de adicciones o a la dificultad para controlar los impulsos.

Para saber más


1. Libros: ‘Las nuevas adicciones’, de Jean Adès y Michel Lejoyeux. Editorial Kairós.‘El jugador’, de Fiódor Dostoievski.
2. Películas ‘Réquiem por un sueño’, de Darren Aronofsky.




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