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divendres, 14 de novembre de 2014

La perseverancia. Irene Orce. La Vanguardia.

“Puedes llegar a cualquier parte, siempre que andes lo suficiente”, Lewis Carroll
La perseverancia es una carrera de fondo. Una maratón en cuya meta habitan todos nuestros objetivos. Lamentablemente, en una sociedad que late al ritmo de la hipervelocidad, esta modalidad ha perdido muchos adeptos. Nuestro día a día está marcado por los estímulos constantes y la gula por querer siempre más. Así, tendemos a centrarnos en lo inmediato y en todo aquello que nos promete una dosis de satisfacción exprés. Podríamos decir que participamos en una perenne carrera de cien metros lisos, en la que apenas importa la resistencia. Todo lo rige la rapidez y la ley del mínimo esfuerzo. Pero esta inercia nos impide centrarnos en aspiraciones a largo plazo, lo que limita las posibilidades de tomar las riendas de nuestro destino.
La receta parece sencilla: seguir el recorrido marcado, no parar bajo ninguna circunstancia y, a su debido tiempo, cruzar la línea de meta. Pero del dicho al hecho hay un trecho. La perseverancia se conquista cada día. Cuando emprendemos el reto de correr una maratón sin haber entrenado lo suficiente, solemos terminar tirando la toalla. Nuestro cuerpo no está preparado para aguantar tan exigente esfuerzo, y nuestra mente se bloquea ante la elevada presión. Lo cierto es que resulta fácil construir castillos en el aire, imaginado éxitos futuros e incontables alegrías. Pero el esfuerzo, la voluntad, la constancia y el sudor que requiere la realización de tan creativas ensoñaciones son patrimonio de quienes perseveran.
Entonces, ¿en qué consiste la perseverancia? Y ¿cuáles son sus beneficios? Etimológicamente, proviene del latín perseverantia, que significa constancia, persistencia, dedicación, firmeza o tesón; bien en las ideas, las actitudes o en la ejecución de cualquier propósito. Así, la perseverancia es la capacidad de seguir adelante a pesar de los obstáculos, las dificultades, la frustración, el desánimo e incluso los deseos de rendirnos ante cualquier situación. Una persona perseverante persigue sus metas con ahínco y tesón, tiende a terminar todo aquello que empieza, mantiene su atención en su objetivo y, si no lo alcanza, lo vuelve a intentar utilizando un método distinto. Así, esta cualidad nos ayuda a desarrollar el autocontrol, a regular nuestra tolerancia a la frustración y nos convierte en personas más resistentes y resilientes.
Dicho de otra manera, la perseverancia es una suerte de brújula que nos permite orientarnos en la tormenta. Es el factor que convierte las palabras en acciones, la teoría en práctica, los sueños en realidades. La fortaleza que nos lleva a no rendirnos ni desfallecer ante las más adversas circunstancias. Como si fuéramos arcilla, nos moldea y nos esculpe. En última instancia, está vinculada a nuestros intereses y motivaciones más profundos. Honrarla es honrarnos a nosotros mismos. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a pagar su precio?

Cómo entrenar la perseverancia
“Si te caes siete veces, levántate ocho”, Proverbio chino
Así, ¿cómo se entrena la perseverancia? No basta con poner un pie delante del otro hasta alcanzar la línea de meta. Se trata de un proceso que requiere de una cuidadosa planificación. Podemos empezar por definir al máximo detalle nuestro propósito. Tal vez se trate de una meta concreta, como dejar de fumar. O de algo más abstracto, como mejorar nuestras relaciones personales o tal vez ser una persona más feliz. Sea cual sea, es fundamental contar con una hoja de ruta que dirija nuestros pasos hacia tan ansiado destino. De ahí la importancia de dedicar el tiempo necesario para prepararnos y reflexionar.
En este proceso, resulta vital aprender a ir más allá de lo que tenemos delante de nuestras narices y tomar perspectiva. Sólo así podremos posicionarnos en la dirección correcta para dar el siguiente paso. También podemos ponernos un plazo de tiempo determinado para alcanzar los distintos puntos clave de la carrera, para mantener el ritmo y nuestro nivel de motivación. Dejar a un lado las dudas y confiar en nosotros mismos, yendo más allá de las críticas y opiniones ajenas, es una parte clave del camino, al igual que reconectar con nuestros valores. Saber cuáles son nos aportará valiosa información sobre nuestras prioridades y ayudará en la toma de decisiones, además de mantenernos alineados con nuestro propósito.
Cabe señalar que seremos capaces de perseverar si creemos que seremos capaces de perseverar. Y eso significa atrevernos a mirar de frente a la adversidad. Cuando surge un problema, es más fácil compadecernos, quejarnos y ocultarlo bajo la alfombra que asumir parte de responsabilidad y hacer lo que esté en nuestra mano para resolverlo. La mayoría sucumbimos a la pereza, la infravaloración y la procastinación. Se trata de los mayores enemigos de la perseverancia, una forma de autosabotaje que nos aleja de la línea de meta. “Ahora no me apetece ponerme con eso”, “mejor ni lo intento, porque no lo voy a conseguir”, “lo dejo para mañana, o quizá pasado”…son latiguillos tan comunes como dañinos.
Pedazo a pedazo, se apoderan de nuestra fuerza de voluntad y nos susurran palabras venenosas al oído. Gran parte de su poder proviene del miedo que tenemos, ya sea a lograr nuestros objetivos o a fracasar en el intento. Y las tres utilizan la misma arma: nos paralizan. Formulamos excusas que justifican dejarlo todo en pausa, en una zona gris, en la que no tenemos que arriesgar ni tampoco perder nada. Así no tenemos que enfrentarnos a las consecuencias de nuestras acciones y decisiones. Resulta más cómodo así. De este modo, nos conducen hacia la huida o el abandono, privándonos de la oportunidad de saber de lo que somos capaces. Sobretodo cuando se convierten en hábitos y terminamos por jurarle lealtad al “no puedo”.

Constancia vs terquedad
“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, Mahatma Gandhi
Si algo nos ha enseñado la historia es que el ser humano es capaz de hazañas extraordinarias. Que contra todo pronóstico y en circunstancias extremas, llega a superar obstáculos imposibles e inspira a otros a hacer lo mismo. Ése es el legado de la perseverancia. Eso sí, hay que remarcar que existe una fina línea que separa esta cualidad de la terquedad. Depende de en qué situaciones, perseverar puede resultar un proceso desgastante y estéril que no justifica el esfuerzo y dedicación que requiere. Por lo tanto, es fundamental saber cuándo perseverar, hasta qué punto hacerlo y también cuándo es más beneficioso abandonar y centrar nuestras energías en otro proyecto distinto.
Pongamos por ejemplo que queremos una cosa. Y que para conseguirla tenemos que quedar con una persona específica. Tras intentar contactar con ella cuatro veces por teléfono, mandarle dos e-mails y enviarle una carta por correo ordinario a su oficina, parece que no hay manera de dar con ella. En el proceso no dejan de aparecer obstáculos que nos impiden lograr nuestro objetivo. Y no paramos de sumar en insatisfacción. La vida nos está hablando, pero no nos paramos a escuchar. Tan importante como aprender a perseverar es aprender a soltar lastre. Eso sí, nunca hay que intentar algo menos de tres veces por falta de perseverancia. Y tampoco tratar de conseguir algo más de siete veces por exceso de terquedad.
A veces resulta muy duro poner punto y final a un proyecto en el que hemos invertido incontables horas, sangre, sudor y lágrimas. El peso de todos los pasos dados y nuestro propio orgullo a menudo nos impide ser honestos con nosotros mismos. Requiere de mucho valor reconocer que nos hemos marcado una meta equivocada, y aún más fortaleza optar por cambiar de dirección. Admitir que hemos errado no es agradable, pero es necesario para tomar nota de aquello que no ha funcionado y ganar en versatilidad y humildad. Así, incluso cuando no da los frutos esperados, la perseverancia nos regala un gran aprendizaje: forja el carácter y nos ayuda a conocernos más a nosotros mismos, descubrir nuestros límites y aprender a escoger nuestras batallas.
Esta especie de superpoder tiene la capacidad de llevarnos a la cima y también de hacernos disfrutar del camino. Al igual que en una carrera de fondo, nuestra mente tiene un papel protagonista en este proceso. No en vano, genera la conocida como ‘hormona de la felicidad’ –serotonina- que activa la denominada ‘euforia del corredor’. Esta condición, que aparece tras padecer la dureza extrema de la carrera, conlleva una sensación de bienestar profundo, casi trascendente. Es el resultado de superarnos a nosotros mismos. Ése es el auténtico premio de la perseverancia.

En clave de coaching
¿Qué nos aporta la procastinación?
¿De qué manera afecta a nuestra toma de decisiones?
¿De qué manera mejoraría nuestra vida si la cuestionáramos?

Libro recomendado

‘El conde de Montecristo’, de Alexandre Dumas (Anaya)



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