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diumenge, 9 de novembre de 2014

¿Por qué seguí adelante? ES. La Vanguardia. Luis Muiño

Todo el mundo (incluidos los grandes genios) sufre periodos de zozobra sin salida a la vista pero con una tabla de salvación que puede alcanzarse aferrándose al entusiasmo y a la fortaleza interior
Al finalizar la adolescencia, Bertrand Russell atravesó un periodo especialmente triste de su biografía. Se encontraba sin alicientes y no tenía demasiados motivos para seguir viviendo. En esa época, paseaba mucho. Como reconoció después en sus memorias, “había un sendero que conducía a New Southgate atravesando el campo, y yo acostumbraba a ir allí para contemplar la puesta de sol y pensar en el suicidio”.  “Pero no me suicidé –añadía más tarde– porque quería saber más matemáticas”.
Bertrand Russell murió con casi cien años, después de una vida plena en la que además de obtener el premio Nobel de Literatura por sus ensayos, experimentar y disertar sobre el amor y diversas formas de pareja revolucionarias en su época y hacer activismo social (fue detenido y encarcelado con 90 años en una manifestación pacifista), consiguió coescribir uno de los tratados más importantes de las matemáticas de todos los tiempos –Principia Mathematica–. La ciencia que había hecho resurgir a Bertrand de su infierno vital le acompañó toda su vida. Aunque fue alejándose de ella para emprender otros proyectos, nunca olvidó que la pasión por la lógica matemática había sido su salvavidas.
Todos atravesamos baches, periodos en los que no encontramos motivos para levantarnos por la mañana y aguantar el esfuerzo del día a día. En esos momentos, cuando falla la vida global, lo único que nos ayuda a seguir son nuestros asideros, las fortalezas íntimas que a nosotros nos proporcionan combustible en ese momento preciso. No se desafían las penalidades tomándose la vida con cinismo universal: es necesario el entusiasmo particular.
Uno de los primeros autores que habló de estos agarraderos vitales para los malos momentos fue Viktor Frankl, el psiquiatra fundador de la logoterapia. Él había estado recluido en un campo de concentración junto con personas que habían perdido todo, seres humanos que habían visto destruidas la mayoría de cosas que valían la pena en sus vidas y que padecían hambre, frío y la violencia extrema de los que les mantenían encerrados. Sin embargo, algunas conservaban una impresionante fuerza interior. Eran prisioneros para los que, por diversos motivos, seguir con vida merecía la pena. A unos les ataba a la vida su familia, a otros un talento recién descubierto –tocaban el piano o hacían muebles-  o una capacidad que no querían perder (el sentido del humor, por ejemplo).  A algunos les llevaban a seguir adelante sus creencias religiosas, a otros sus ideales revolucionarios…
En todo caso, trasmitían la impresión de ser capaces de aceptar que en la vida solo hay dos tipos de momentos: los buenos, en los que hay que intentar que el mundo entre por todos los poros, y los malos, en los que lo único que se puede hacer aguantar. Los que resistían habían encontrado una tabla de salvación que les permitía tomar aire y no ahogarse y se aferraron a ellas con todas sus fuerzas.
A partir de experiencias como las de Frankl, todos los que nos dedicamos a la salud mental nos hemos preguntado qué características comunes tienen esos salvavidas.  Una de las conclusiones, por ejemplo, es que esos flotadores nos proporcionen una narrativa que nos ayude a reescribir nuestra historia, a generar un relato que nos convierta otra vez en protagonistas de nuestras propias vidas. 
Ya los antiguos filósofos griegos afirmaban que lo que nos perturba no son los acontecimientos, sino la interpretación que hacemos de ellos. Si, por ejemplo, creemos que no podemos cambiar lo que nos ocurre, entonces nos sentimos mal. Por eso cuando nos contamos a nosotros mismos historias de control interno, es decir, formas de ver nuestra vida que nos llevan a pensar que tenemos poder para cambiar el futuro, somos más felices. Y por eso nos ayuda atinar con motivaciones que nos den fuerzas y nos sirvan para retomar el control de nuestras vidas. No importa que, para los demás, esos salvavidas sean insignificantes: como decía Bertolt Brecht, “lo importante no es parecer el más fuerte, sino ser el superviviente”.
Otra de las máximas es que nadie puede encontrar esos asideros por nosotros. Todos hemos tenido la experiencia de encontrarnos en momentos bajos y estar rodeados de personas que nos ofrecen soluciones que a ellos les sirvieron. Y todos hemos sufrido la frustración que supone darse cuenta de que aquello que a otros les ha motivado, a nosotros nos deja indiferentes.
En momentos de duelo amoroso, por ejemplo, podemos tener amigos que han encontrado consuelo en la promiscuidad sexual (“un clavo quita otro clavo”, nos dirán), otros que se han refugiado en el trabajo para olvidar la soledad, gente que ha buscado consuelo en la religión e incluso conocidos que hayan iniciado un proyecto vital diferente marchándose del país. Todos nos ofrecerán sus recetas mágicas para olvidar a la persona amada. Y, sin embargo, es posible que ninguna de esas técnicas nos resulte útil a nosotros. En medio de la tormenta, los salvavidas son individuales y lo más probable es que no nos sirvan los de los demás.
Alvin, un modesto granjero, fue un ejemplo de salvación personal mediante una decisión chocante. Era un viudo de 73 años que vivía con su hija, aquejada de problemas de lenguaje. Además, tenía que preocuparse de su propia salud: acababa de pasar un tiempo en el hospital por un enfisema y su cadera. También le aquejaba el fantasma de la depresión. Aun así, cuando le informaron que su hermano (con el que no se hablaba hacía diez años) había sufrido un derrame y que podía quedarle poco tiempo de vida, no dudó en montarse en su tractor cortacésped e iniciar el camino hacia Wisconsin. No tenía mucho dinero, no tenía carné de conducir y el inverosímil método de transporte prometía crearle grandes problemas técnicos (como así fue). Pero el granjero logró recorrer aquella gran distancia para hacer las paces con su hermano. La película Una historia verdadera, de David Lynch, le hizo famoso al contar su hazaña. En todo caso, la experiencia del viaje (la búsqueda de Ítaca de la que hablaba Kavafis) fue lo que le devolvió el entusiasmo vital. El camino fue su tabla de salvación.
Otro ejemplo de solución particular lo encontramos en Henry. Con veinte años era considerado un chico enfermizo. Trabajaba y se aburría en un bufete de abogados y todo el mundo le consideraba una persona triste. Un día su madre, para consolarlo, decidió regalarle una caja de pinturas. A partir de ese momento su oscuridad se difuminó y apareció una especie de explosión de color en su vida. En poco tiempo, Henry Matisse se convirtió en uno de los pioneros del fauvismo y mantuvo su vitalidad hasta que murio con 85 años para convertirse en uno de los pintores más famosos del siglo XX.
Niels Bohr, uno de los grandes científicos de la física cuántica que también sufrió una crisis personal que superó por su fascinación por la ciencia, decía con ironía que el único sentido de la vida consiste en que no tiene ningún sentido decir que la vida no lo tiene. Descubrimos un motivo para seguir adelante (no lo podemos inventar: tenemos que desenterrarlo pero debe estar presente en ese momento) cuando lo necesitamos para conseguir fuerzas. Pero lo importante no es el asidero vital en sí, sino las energías que nos proporciona. Al igual que un vehículo puede funcionar con diferentes combustibles, nosotros podemos conseguir fuerzas de diferentes clases de motivación en cada momento de nuestras vidas. De hecho, muchas de esos agarraderos son circunstanciales:  los vamos dejando atrás para sustituirlos por otros. Lo esencial es encontrar uno en cada momento malo. No son los objetivos que tenemos, sino las fuerzas que nos dan para seguir.
Tom es un ejemplo de salvavidas insólito. Su gran problema, en determinado momento de su vida, era que ninguno de los retos existenciales que sus padres o amigos le planteaban llegaba a interesarle. Ni dinero, ni poder, ni independencia… Se sentía inmune a la motivación de logro que impulsa a muchos jóvenes a luchar por conseguir lo que quieren. Se le llegó a diagnosticar depresión, pero consiguió sacar fuerzas de lo que menos se podía esperar: convirtió su vaguería en un modo de vida. Tom Hodgkinson ha escrito libros con títulos tan explícitos como Elogio de la pereza y Cómo ser libre y dirige en la actualidad la revista The Idler (El vago) que se publica de forma bianual para que no suponga un excesivo esfuerzo. Y aunque sus sacrificios a la hora de difundir su obra son mínimos, le dan suficiente ingresos para dedicarse a lo que le da felicidad: tocar el ukelele y criar gallinas.
En medio de las penalidades, hay personas que resisten gracias a su sentido del humor, otras distanciándose emocionalmente, hay quien utiliza sus redes de apoyo social y hay quien se aísla y consigue así sosiego. Como recordaba Viktor Frankl, la diversidad de factores que nos han permitido a los humanos salir adelante hacen que la pregunta ¿cuál es la mejor motivación?” carezca de sentido. Sería como preguntarle a un ajedrecista “¿cuál es la jugada más brillante que se puede hacer en ajedrez?” o a un escritor “¿cuál es la mejor forma de describir lo que sucede?” El contexto, nuestra historia personal y nuestras tendencias de motivación dictaminan que una determinada variable nos enganche lo suficiente como para ayudarnos a remontar. 
Un último ejemplo de tabla de salvación es el de Dorothy, una pianista que con 18 años experimentaba la frustración de vivir en un mundo machista que le negaba lo que ella quería: tocar jazz y formar una familia con otra mujer. Cuando ya se hundía en el negro túnel de la depresión, descubrió accidentalmente que había un método que la podía llevar a cumplir sus objetivos: disfrazarse de hombre.
Dorothy encontró tanto placer en la suplantación que saltarse las fronteras sexistas mediante la impostura se convirtió en su sentido vital. Hasta su muerte en 1989, nadie descubrió que el pianista Billy Lee Tipton –su pseudónimo– acompañante de algunos de los grandes músicos de jazz de su época, casado tres veces y padre de un hijo adoptivo, era en realidad una mujer.
Habrá personas que reaccionen con incentivos que les hagan sentirse unidos a un grupo. Es el caso, por ejemplo, de aquellos que han encontrado fuerzas integrándose en una tribu urbana. Para otras, sin embargo, el acicate es el contrario: sentirse más independientes. Son, por ejemplo, los individuos que encuentran el impulso en un acto que les da autonomía, como marcharse de un trabajo en el cuál se sienten esclavizados. Hay quien sale de un momento de crisis descubriendo algo que le proporciona placer y sentido hedónico. Puede ser el mundo swinger o la papiroflexia. Otros, por el contrario, necesitan un aliciente que se constituya en un reto. Centrándose en él consiguen seguir adelante a pesar de haber empezado su periplo vital en circunstancias muy duras, como ocurre con muchos futbolistas.
Para ciertos individuos, cuidar a otros es su mayor motivación: la responsabilidad que supone criar hijos, por ejemplo, sostiene a muchas personas mientras el resto de su mundo se derrumba. Para otros, sin embargo, conservar lo suyo es lo más importante. Su asidero vital es, por ejemplo, la lucha por no perder posesiones materiales que han ido ganando poco a poco y con mucho esfuerzo. En los malos momentos, recordar lo que tienen les sirve para seguir luchando.
Hay, por supuesto, personas que se esfuerzan en medio de las crisis para que todo continúe como está, aferrándose a la sensación de permanencia. Y hay otras para las que lo más importante es el cambio, que aparezcan cosas nuevas: su mayor incentivo es explorar el mundo, encontrar algo que hasta ahora no hubiera aparecido.
Esta variedad de soluciones a la hora de encontrar motivación nos demuestra que no hay ninguna solución común para encontrar acicates en los momentos de crisis. Por eso, siempre se recuerda que es muy importante nuestra apertura a la experiencia.
En los momentos bajos, perdemos muchas veces nuestra capacidad de esperar cosas buenas del mundo. En esos trances, es fácil sentir que las únicas vidas con sentido son las de los otros. Y eso puede jugar en nuestra contra, porque los incentivos aparecen en momentos de crisis cuando nos sumergimos en una total apertura ante el mundo.
Las conversiones religiosas, la constatación de que tenemos alrededor personas muy válidas por las que merece la pena luchar o las vocaciones artísticas llegan como una epifanía, un insight repentino e inesperado. Para esperarla tenemos que estar abiertos, porque no podemos anticipar de dónde vendrá nuestro sostén vital.
Al igual que Bertrand Russell, el granjero Alvin, Henry Mathisse, Tom Hodgkinson o la pianista  Dorothy, nosotros tenemos capacidad para encontrar motivos para seguir adelante. A posteriori, es fácil ver cuáles fueron sus tablas de salvación y escribir sobre ellas. Pero en su momento todos ellos estuvieron a punto de desesperar porque creyeron que no había salvavidas al que pudieran aferrarse. Es bueno tener estos ejemplos, porque nos demuestran que lo único que importa es mantener la esperanza.

Manuales de diagnóstico
Los psicólogos Christopher Peterson y Martin Seligman se plantearon hace una década por qué la salud mental había clasificado las disfunciones perjudiciales por las que pasamos los humanos y no se habían definido las fortalezas que nos ayudan a superarlas. A fin de cuentas, como recordaba García Márquez, “la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”: para los que trabajamos en estos temas, son más impresionantes las capacidades que tenemos los seres humanos de superar los malos momentos que los síntomas que sufrimos mientras estamos en el bache. Por eso pusieron manos a la obra y empezaron a diseñar el VIA (The Values in Action Classification of Strengths) con la intención de que los profesionales del tema pudieran hallar una especie de reverso positivo del DSM-IV o el CIE-10 (manuales de diagnóstico de problemas psicológicos más usados).
La cuestión no es sencilla. La variedad de factores de supervivencia psicológica de los seres humanos es muy grande: en momentos malos nos agarramos a lo que nos entusiasma y da la impresión de que esas pasiones son tan incomunicables como el dolor o el placer. Pero aún así, la enumeración puede servir para hacernos reflexionar sobre nuestras fortalezas personales. Repasar esta lista y señalar aquellas capacidades que sabemos que tenemos puede resultar útil para refrescar nuestra memoria ayudándonos a tener presente cuáles son nuestros salvavidas cuando llegue la siguiente tormenta.


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