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dimecres, 6 de març de 2013

Cara a cara con los problemas. Luis Muiño. La Vanguardia.


Damos rodeos, nos hacemos los despistados, a veces por miedo a no enfrentarnos con alguien: la cuestión es que al final creemos que no están, que son invisibles... y es peor.

Zelig, una de las películas más conocidas de Woody Allen, está protagonizada por un hombre que se adapta fluidamente a cada persona con la que habla. A lo largo de la historia, este sujeto adopta pasivamente la forma de ser y de ver el mundo de todos, sin conflictos y sin tensiones. En principio esto es una táctica normal: todos nos acompasamos a las circunstancias y las personas que nos rodean. Pero Zelig lo lleva al extremo, diluyéndose en lo que tiene alrededor. Si está en una sesión de terapia con una psicoanalista intelectual judía, se convierte en un tipo serio y profundo; si un instante después habla con un músico de jazz negro, se transforma en un juerguista con mucha chispa. Y así sucesivamente…
La estrategia, que en principio parece funcionarle muy bien para no entrar en pugnas, acaba convirtiéndose en un desastre. Al protagonista se le acumulan los problemas que quiere evitar y, en vez de ser invisible, termina por ser el foco de atención de todos. Una metáfora de un fenómeno que aqueja a muchas personas en el mundo moderno: la tendencia a evitar los conflictos.
Los que experimentan esta dificultad para dar la cara se sienten incapaces de enfrentarse a los problemas y tomar decisiones para resolverlos. Y eso les lleva a caer en la paradoja del que mira hacia otro lado: el excesivo miedo a las dificultades de la vida hace que dejen de verlas… y eso les lleva a caer en problemas mucho más graves. Es como si en una habitación hubiera un cadáver que no queremos contemplar: como bien nos muestra el cine de terror, lo más seguro es que acabáramos tropezando y cayendo encima de él.
¿A qué se debe esta dificultad para afrontar los momentos de dificultad? Como cualquier fenómeno psicológico, existen varios motivos posibles. En este artículo se tratan algunos de ellos, haciendo un recorrido de dentro a fuera, es decir, desde los factores más internos a los estímulos exteriores que nos pueden influir. Para muchas personas, la gran limitación a la hora de encarar obstáculos vitales son las sensaciones internas. Es el caso de aquellos que tienen dificultades para cambiar situaciones en las que se sienten injustamente tratados porque el enfrentamiento les produce una sensación que sienten como insoportable. Sus frases habituales son del tipo de “por no discutir…” o “a mí me da igual, me adapto…”.
Las relaciones entre seres humanos conllevan, inevitablemente, cierto grado de tensión. Hay situaciones, por ejemplo, en las que la comunicación no es fácil porque sabemos que estamos decepcionando las expectativas de los demás. Es lo que ocurre cuando nos dirigimos a personas a las que no les gusta lo que estamos diciendo –por lo menos en un principio– porque afecta a sus intereses: una crítica, un desacuerdo, una negativa…
Hay individuos para los que es más fácil sobrellevar esa tensión interpersonal. Pero a otros se les hace excesivamente cuesta arriba. Para todos es desagradable, pero los primeros, cuando creen que es mejor para todos transmitir ciertas opiniones, lo hacen. Y los segundos, sin embargo, tienden a evitarlo. La falta de tolerancia a la tensión interpersonal se puede traducir en sensaciones físicas. Hay personas a las que les duele siempre la cabeza después de una discusión, hay otras que sufren del estómago y hay quien se inunda en lágrimas en cuanto la tirantez sube de tono. También puede acabar asociada a correlatos psicológicos, como el bloqueo, la dificultad para expresarse o un aturdimiento general que les hace desconectar de lo que están viviendo. Pero, en cualquiera de los casos, cuando nos vamos acostumbrando a hacer frente a los obstáculos y no evadirlos, dejamos de sentir ese malestar.
Un problema un poco más difícil de solucionar lo tienen las personas cuya dificultad para confrontar contrariedades tiene que ver con el miedo a la soledad. No estamos aquí hablando de sensaciones, sino de emociones ¿Por qué, a veces, los adolescentes no se atreven a contraponer sus opiniones a las de sus amigos y se dejan llevar por ellos aunque sepan que se están metiendo en problemas? ¿Por qué ciertas parejas postergan indefinidamente las conversaciones sobre sus problemas sexuales? ¿Por qué ciertos padres toleran el comportamiento tiránico de sus hijos? En estos casos, más allá de la falta de tolerancia a la tensión interpersonal, casi todas estas personas nos aducirían su miedo a quedarse sin el cariño de la otra persona.

El amor degenera en adicción cuando sustituimos “me gustaría que esta persona apruebe lo que hago” por “necesito que a esta persona le parezca bien lo que hago”.  Cuando esto empieza a ocurrir, cuando mendigamos cariño en vez de conquistarlo, es que nos atenaza el miedo a la soledad. Empezamos a evitar los disgustos porque sentimos que la alternativa al amor es el total desamparo. Aunque sabemos racionalmente que una vez superados esos primeros tiempos de sentimiento de abandono todos volveremos a dejar de sentirnos aislados, tememos tanto esos primeros instantes que creemos ser incapaces de afrontarlos.
Es, por ejemplo, lo que sucede con las personas afectadas por lo que hoy se llama Síndrome de Wendy, individuos para los cuales lo más importante es conjurar el miedo al rechazo que sienten. Son personas que creen que no podrían soportar el abandono por parte de su pareja y, para evitarlo, intentan complacerla en todo. Como la protagonista de Peter Pan, parecen poseídas por una necesidad imperiosa de cuidar al prójimo, se convierten en madres o padres de sus parejas, piden perdón continuamente, se justifican por aquello que no han podido hacer –aunque ya hayan dado mucho más a la relación que la otra persona– e intentan continuamente hacer feliz a sus parejas. Sienten que el amor es resignación, sacrificio y esfuerzo y hacen todo lo posible por convertirse en imprescindibles. Y, por supuesto, eso incluye aguantar cualquier problema que la otra persona plantee, sin atreverse a afrontarlo.
Los sentimientos no son los únicos culpables de la tendencia a usar la táctica del avestruz y evitar los problemas. Nuestros pensamientos, el tipo de algoritmos que hemos interiorizado, a veces son también parte del problema.
Hay, por ejemplo, tres ideas que se repiten constantemente en los seres humanos y que nos impiden hacer frente a muchos contratiempos. A una la podríamos llamar pensamiento bebé y se podría enunciar así: “Se puede depender constantemente de los demás, porque siempre se necesita alguien más fuerte en quien confiar”. La otra, a la que denominaremos pensamiento mártir viene a decir que “uno debe preocuparse más por los problemas y preocupaciones de los que le rodean porque, de lo contrario, está siendo egoísta”. El último, el pensamiento best-seller, se traduciría en esta frase: “Tengo una extrema necesidad de conseguir la aprobación de todas las personas significativas que hay a mi alrededor para que no me rechacen”. El problema de estos tres tipos de ideas es que nos llevan, inevitablemente, a evitar los problemas y vivir en una visión idílica de la realidad. El pensamiento bebé, por ejemplo, hace que olvidemos qué nos piden los demás a cambio de nuestra dependencia, cuánto coartan nuestra libertad abusando de nuestra confianza.
El pensamiento mártir nos lleva a preocuparnos más de las expectativas, necesidades y sentimientos de los demás que de los nuestros, olvidando que la táctica no tiene por qué ser recíproca: los que reciben toda nuestra abnegación de mártires habitualmente se instalan en el papel de receptores y no suelen correspondernos. Y si no somos capaces de abordar los problemas que eso nos trae, acabamos decepcionados porque los demás no son tan generosos como nosotros.
El pensamiento best-seller, por último, nos impide aprender a superar la tensión que supone decepcionar las expectativas de los demás. Aunque racionalmente todos sabemos que los demás esperan cosas de nosotros por motivaciones tan egoístas como las nuestras, afrontar problemas diciéndoles que no nos resulta tenso. Si cargamos con el equipaje de ese tipo de pensamiento, la confrontación nos puede parecer inabordable.
Otra cuestión que se encuentra a menudo en las personas que no afrontan sus problemas es una personalidad todavía no formada. El psicólogo Erik Erikson dividió en tres las causas de este tipo de identidad no resuelta. En primer lugar están las personas que copian o aceptan la imposición de ciertos modelos. Son los que, por ejemplo, siguieron a ciegas la profesión de sus padres o copiaron todo un patrón de personalidad con sus formas de entender el mundo. Casi siempre cumplen con lo que Erikson denomina identidad prematuramente fijada: creían saber lo que querían antes de saberlo y cuando surgen problemas con ese tipo de identidad prefieren desentenderse porque sienten que “esa no es su forma de ser”.
En segundo lugar estaría la identidad difusa, la que no se establece nunca y conduce a la vida adulta sin aclararse del todo. Eso les impide aceptar los aspectos positivos y negativos de las situaciones adversas, que es la clave para saber gestionarla. Los individuos de personalidad difusa no aprenden de los conflictos porque no tienen una teoría global de la vida en la que enmarcarlos. Por eso prefieren huir de ellos.
Por último, un tercer problema que puede darse atañe a la identidad negativa, la que resulta de negar y no construir. Es el caso de los adolescentes que no encuentran alternativa para sí mismos y se limitan a negar o destruir los valores ajenos sin elaborar otros. Al definirse a partir de una identidad negativa, estas personas tienden a rehuir los problemas que tienen que ver con ellos mismos: son capaces de definir cómo cambiar la humanidad, pero no quieren emprender la tarea de cambiarse a sí mismos en lo más mínimo.
El último factor que interviene a menudo en la dificultad para afrontar los problemas es la educación que hemos recibido y lo que se nos ha dicho que hiciéramos cuando estos surgieran. En las sociedades colectivistas, por ejemplo, se educa a las personas para evitar el conflicto. La felicidad del grupo era mucho más importante que la del individuo y, además, la posibilidad de oponerse al grupo es prácticamente nula. Los problemas en sí no importan demasiado porque uno delega en el grupo la responsabilidad de afrontarlos.
Para muchas personas procedentes de culturas colectivistas o de grupos familiares en los que predomina ese clima, hacer frente a las contrariedades de forma individual (que es lo que habitualmente exige nuestra sociedad) es muy difícil. Ese es, probablemente, el mayor inconveniente para muchas de las personas que tienden a “no ver” las dificultades: esperan a que se resuelvan por sí solas o desaparezcan gracias a los demás.
Hay dos formas de encarar los problemas, la que podríamos denominar táctica psicótica y la que podríamos etiquetar como neurótica. La primera consiste en no ver las dificultades y esperar a que desaparezcan. La segunda afronta los desafíos, aunque eso suponga malestar psicológico. En definición de Woody Allen: “Un psicótico es una persona que piensa que dos y dos son cinco; un neurótico alguien que sabe que son cuatro pero no le gusta”. En nuestra sociedad la táctica psicótica, la del avestruz, es cada vez menos adaptativa. Así que probablemente no nos queda más remedio que averiguar de dónde viene nuestro temor a afrontar conflictos… y viajar en dirección a ese miedo.


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