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dijous, 25 d’abril de 2013

Lo que no soportamos del otro sexo. Piergiorgio M. Sandri. la Vanguardia.


Hombres y mujeres están destinados a entenderse, amarse y convivir. Pero no siempre es fácil. Hay cosas que no soportamos del otro sexo. Por lo general, ellas se quejan más que ellos. Y su catálogo de dolencias es extenso y bastante homogéneo. ¿Qué se puede aprender de las inevitables peleas?
“Ti odio poi ti amo poi ti amo, poi ti odio, poi ti amo”, cantaba Mina en Grande Grande Grande en 1971. “Contigo tendré que luchar. Tus defectos son tantos que no los sabes ni tú”, suspiraba la gran intérprete italiana. “El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”, escribió Simone de Beauvoir. Y no cabe duda de que el sexo masculino, además de fuente de alegría, amor y bienestar, también es motivo de irritaciones, disputas o peleas. En este sentido, ellos parecen tener menos exigencias, mientras que ellas no se conforman: aman y detestan al varón al mismo tiempo, como un péndulo que oscila siempre entre dos extremos muy vitales.

Premisa inicial
No hay buenos y malos. El psicólogo Joan Garriga, autor de El buen amor en la pareja (Imago Mundi), escribe que “en las relaciones de pareja no hay culpables e inocentes, justos y pecadores. Lo que hay son buenas y malas relaciones”. ¿Debemos por lo tanto rebajar nuestras expectativas? Según Garriga, “no parece un buen negocio hacer depender nuestro bienestar de otro, dándole y a la vez cargándole con ese poder. La felicidad depende de nuestra actitud y estado ante lo que nos toca vivir. Muchos esperan que su pareja las haga felices, y eso es fuente común de equívocos. La pareja por sí misma no da la felicidad”. Es más: da algún quebradero de cabeza. Manuel Castells ve las relaciones en Mujeres y hombres: un amor imposible (Alianza) “como negociaciones de micropoder a nivel individual. Se ha pasado de la lucha de géneros a la lucha entre hombres y mujeres como parte de la lucha general entre las personas”.

Hable con ella
“Los hombres entienden las discusiones como el arte de hacer callar al adversario; las mujeres como el arte de no dejar la posibilidad de hablar”. Es una frase del actor austriaco Fritz Eckhardt, conocido en su país por un papel de inspector de policía. Curiosamente, el arte del interrogatorio parece ser una prerrogativa de ellas. Aviso a los hombres desprevenidos: cuando se trata de hablar, ellas no tienen rival. Giampaolo Morelli, actor y escritor, con más de 10.000 fans en Facebook, ha escrito el libro Siete horas para enamorarte (Roca) que ha arrasado en Italia. “Hay estudios que demuestran que los varones usamos un promedio diario de 7.000 palabras, las mujeres 20.000. Está claro que cuando un hombre vuelve por la noche a casa, con toda probabilidad ya ha agotado su reserva de vocabulario, mientras que las mujeres todavía tienen crédito. Y a ellas les encanta ser escuchadas, con lo que los hombres tenemos que tener paciencia”. Marta Rivera de la Cruz, escritora y autora de Maldito amor: guía para entender tu corazón (Oniro), lo suscribe: “Los hombres no quieren hablar de nada, eluden la conversación. Nosotras, en cambio, queremos hablar de todo. Pero, además, ellas hablan de sentimientos. En cambio, es muy difícil que ellos se atrevan a hablar de emociones”.

Escúchame, por favor
“Mi marido tiene un defecto. Oye lo que se le dice, pero no escucha. Es enloquecedor” (Clementina). “No me gusta cuando ellos son tan insensibles y no le importan nuestros sentimientos” (Susana). La conversación es uno de los terrenos en que suele haber más desencuentros. El psicólogo Steven Stosny, autor de varios libros sobre el tema, sostiene que “las parejas no se pelean sobre lo que ellos creen que se pelean: dinero, sexo, educación de los hijos, suegros y parientes, tareas domésticas... sino que discuten cuando sienten que el otro no se preocupa de lo que uno siente. Es el dolor de la desconexión lo que lleva al conflicto. En particular, el hombre debería responder con protección y seguridad. Pero si él no sabe cómo hacerlo, descarga su rabia y frustración sobre ellas.”. Los expertos han proporcionado también otra explicación a esta supuesta falta de atención que tienen los hombres hacia ellas. La Universidad de Hertfordshire (Reino Unido) ha demostrado que los hombres han de estar concentrados en lo que están haciendo, porque les cuesta más hacer más cosas a la vez. En un experimento llevado a cabo con 50 sujetos, ellas resultaron superiores en planificar una estrategia múltiple, como buscar unas llaves perdidas.
No soy yo… es el reloj
Para Marta Rivera de la Cruz, lo que realmente marca las diferencias es el reloj biológico. “El tiempo corre siempre en contra de las mujeres y marca mucho las relaciones. A veces parece que ellas tengan prisa y el hombre se agobia, pero es que en ellas influye la gestión de un acontecimiento biológico”, apunta. “Yo creo –agrega– que el hombre es consciente del poder que le da la maternidad a ellas. Quizá por ello el hombre ha dominado el poder económico o político, porque estaba asustado por su torpeza en los menesteres emocionales y analógicos”, reconoce Joan Garriga. “La naturaleza ha preparado mejor a las mujeres para ser madres y esposas que a los hombres para ser padres y maridos. Así que los hombres siempre tienen que improvisar”, afirmaba el psicólogo freudiano Theodor Reik.

“Los hombres son como niños”
Jean-Claude Kaufmann, reputado sociólogo francés y autor de Irritaciones: las pequeñas guerras de la pareja (Gedisa), recuerda que “las mujeres se ven obligadas a dejar el mundo de la juventud mucho antes y a comprometerse, los hombres no están sometidos a urgencia biológica, con lo que son machos y niños a la vez”. Este sociólogo habla de infantilización. “Emergen en la relación dos polos: uno garante del buen funcionamiento de los asuntos domésticos y de la vigilancia ante los riesgos y otro de despreocupación y felicidad de vivir en el momento. Las mujeres se encuentran masivamente en un lado, los hombres en el otro. Los hombres tratan de hacer más, pero sin conseguirlo, lo que los coloca en posición de culpabilidad latente”. “Lo que me irrita de él es su inmadurez; creo que es ese el verdadero origen del problema. Tenemos tres hijos y a veces siento como si tuviera un cuarto hijo” (Violeta). De hecho, una de las quejas más frecuentes de ellas es que los varones pasan demasiado tiempo enganchados a aparatos electrónicos, desde la tele hasta los videojuegos. Como los niños. “En realidad, un hombre, aunque tenga 36 años, es un adolescente. Yo, en cambio, cuando estoy cansada estallo y es un drama. Busco la disputa para desahogarme” (Carolina).

“¿Cuál es el problema?”
“No soporto cuando mi marido quiere solucionar un problema, cuando yo simplemente quiero discutirlo (Kelly). Kaufmann confirma que la estrategia de los hombres consiste en arreglar asuntos o simplemente negar la existencia de conflictos, a no ser que sean cosas tangibles. “A los hombres parecen importarles cosas más concretas”. O superfluas. Para Lorenzo, el mayor problema de su pareja es que “cuando conduce el coche me irrita. Conduce muy despacio, toma demasiadas precauciones, no se fija en quién tiene prioridad”. El resto, son problemas más secundarios o exagerados (además –añade–, “mi mujer se preocupa en exceso de los niños”).

“Narciso y héroe, no gracias”
William Farthing, profesor de Psicología Evolutiva de la Universidad de Maine (EE.UU.), descubrió que las mujeres aman a los machos que actúan como héroes y que le proporcionan protección y cuidado. Con un límite: su acción tiene que ser desinteresada y altruista. En cambio, cuando el hombre para impresionarlas asume riesgos excesivos, todo cambia. Ya no quieren saber nada, porque se sienten en peligro. Y llegan así a detestar su bravuconería, exhibicionismo y narcisismo. “Los hombres en el fondo siempre son egocéntricos. Necesitan hablar siempre de ellos o, si no, todo lo contrario: no hablan nunca. Cuando hacen algo más allá de lo que los papeles sociales les atribuyen están todo el día repitiéndolo como si fuera algo inaudito. Por ejemplo, si se ocupan de las labores del hogar, están echándolo en cara o, si no, se muestran rencorosos por hacerlo. Si se ocupan de la educación de los hijos, lo mismo” (Àngels).

“Al final lo tengo que hacer yo”
“En torno a detalles minúsculos –como barrer, la manera de ordenar las cosas, la decoración– pronto se desatan sutiles y difusos conflictos de culturas. Las mujeres suelen caer en la trampa. Al final prefieren asumir las tareas, para luego comprobar que su compañero, protegido por su reputación de incompetencia, reposa cómodamente mientras ellas trabajan”. Así lo describe Jean-Claude Kaufmann. “Yo diría que en el 80% de los casos la responsabilidad doméstica todavía cae sobre las mujeres”, admite Noe Casado, escritora ganadora del VII premio Terciopelo con la novela romántica A contracorriente (Roca). “Y esto es difícil de entender, especialmente en aquellos casos en los que hombres y mujeres trabajan fuera de casa. No creo que se trate de un reflejo machista, sino más bien de que el hombre es comodón”. Rivera de la Cruz pone un ejemplo clarificador: “Nosotras somos más atentas a la gestión del tiempo doméstico. En el fondo, nunca queremos dar la impresión de que nosotras no llevamos la casa. Y, si no, fíjense: ellos son siempre los que preguntan donde está la chaqueta, nunca al revés. Ellos creen que nosotras sabemos siempre dónde están las cosas”.

Amigos, parientes, exnovios...
José Bustamante, psicólogo y sexólogo, cuenta que, en su consulta, las quejas clásicas de ellas en terapia de pareja son, aparte las tareas de la casa, la relación con terceras personas. “Hemos comprobado que, con frecuencia, las causas de las disputas eran externas a nuestra pareja: un amigo, un compañero de trabajo, un miembro de la familia...” (Gianni). “Ellas siempre quieren que se pase más tiempo con sus padres. Como la comida de los domingos, por ejemplo. Pero –añade Bustamante–, una de las quejas más importantes… ¡son los amigos! Ellas acostumbran a reclamar más tiempo de pareja mientras que ellos buscan espacios para pasarlos a solas con sus colegas”. Las encuestas demuestran que los hombres suelen reclamar más independencia, que “nos dejen respirar...”. “Es verdad, nosotros somos seres más sociales, y tenemos una cierta tendencia en pensar en nosotros mismos, queremos preservar nuestros espacios”, confirma Giampaolo Morelli. A las mujeres, en cambio, les molesta cuando ellos se ponen celosos de su pasado y les preguntan continuamente sobre novios anteriores. O cuando no aceptan que ellas pueden tener su propia vida al margen de la pareja: “Trabajo mucho y tengo obligaciones profesionales por la noche. Mi marido no lo entiende y, si regreso después de la una de la madrugada, me monta una escena de celos tremenda, como si yo tuviera catorce años. Pero es que tengo 44” (Casiopea).
¡Quiero discutir!
“Cuando le hago reproches, dice textualmente: ‘Es cierto. Tienes razón’. No soporto esta frase. Me gustaría equivocarme de vez en cuando” (Violeta). Danilo Martuccelli, profesor de Sociología en la Universidad de Lille (Francia) cree que “las expectativas en las parejas son disimétricas: las mujeres suelen estar en primera línea en el universo familiar, participan más, ponen los problemas sobre la mesa. Sus maridos, en cambio, simplemente tienden a esperar a que pase la tormenta. Lo que buscan es estar en paz”. “Nosotros tenemos una propensión al juego superior. Ellas quieren discutir, nosotros, en cambio ,preferimos aplazar. Ellas son mucho más introspectivas y cerebrales”, dice Giampaolo Morelli. El testimonio de Marc es muy revelador: “Mi mujer me agota. Es un tornado permanente. No para de decirme: ‘Pero reacciona, da tu opinión, sorpréndeme!’. Me cansa. No tenemos más que una vida, y hay que intentar ser feliz. ¿Para qué complicarse la vida? Y encima por tonterías. Al final no digo nada. Y para no explotar, salgo y me voy a correr”.
“Poco importan los argumentos sobre la paz y la amabilidad de las relaciones. Lo que las mujeres quieren es intercambio y presencia en la vida conyugal”, escribe Kaufmann. “Los hombres tan sólo necesitáis una cerveza y un partido de fútbol y sois las personas más felices del mundo. Sois casi inmunes a las envidias y las manías. Esto es lo que no aguanto de los varones: siempre lo pasáis mejor que las mujeres. Será porque sois más sencillos y tenéis un humor más estable que nosotras” (Claudia). “Yo les envidio a los hombres su capacidad para relativizar. Nosotras, en cambio, seguimos dándole a los asuntos, con el runrún. Puede que seamos más vengativas, no sé. Pero ellos olvidan todo enseguida, tienen una gran capacidad para pasar página y a otro argumento”, dice Noe Casado. Rivera de la Cruz cree que, en justa medida, hasta es algo positivo: “Sí, ellos esperan que los problemas se resuelvan solos, pero tampoco es justo dar importancia a algo que no lo tiene”.

“¿Por qué tanto drama?”
Una investigación del departamento de Psicología de la Universidad de Texas, en Austin, sobre 200 casos, ha descubierto que las mujeres lo pasan peor cuando son rechazadas. Padecen sentimientos de tristeza, confusión y miedo. Para salir del bache, la mayoría, según el mismo estudio, se desahoga con una tarde de compras (algo que, por otra parte, suele encabeza la lista de las cosas que ellos más detestan hacer). Los hombres, al parecer, tendrían una mejor capacidad para recuperarse de la experiencia negativa, mientras que las mujeres tienen la tendencia de dramatizar más la relación y caer en los sentimentalismos. “Yo creo que ambos sexos pueden pecar de sensiblería. Lo que pasa es que ellas tienen una mayor emotividad. Las palabras románticas y edulcoradas no son exclusivas de ellas: tanto hombres como mujeres las detestan”, matiza Morelli.

Historia de habitual desorden
Es el testimonio de Alphonsine: “¿Por qué los hombres no cierran la puerta del lavabo cuando orinan? Las gotas que caen no son precisamente una música para los oídos”. Puede parecer algo trivial o anecdótico, pero los objetos y rituales cotidianos dan mucho de sí: desde los pelos en la ducha, la falta de higiene, hasta la cama sin hacer, el catálogo de las quejas femeninas es denso. Y de las masculinas… ¡también! “El lavabo: sí, es cierto. Ellas necesitan pasar allí mucho tiempo. No quiero saber el porqué”, bromea Morelli. Por no hablar del tubo de la pasta de dientes, la manera de colgar la ropa o de masticar la comida. Ellos suelen prestar menos atención a estos detalles. En cambio, a ellas les molesta (y mucho) más la actitud en sí, la dejadez. “No es mi ideal de vida ordenar la casa, pero cuando veo las cosas tiradas por ahí me pongo furiosa” (Agnes). Para salir del atolladero, Noe Casado cree que “hay dos soluciones: o cada uno está en su casa: así no sabes cómo el otro ha dejado el lavabo o si ha hecho la cama. Uno así siempre va de novio. Y es genial: siempre lo llevas bien. Se trata de buscar soluciones pactadas”.

¿Ahora es peor que antes?
Según Kaufmann, “antes, las irritaciones se resolvían con una adecuación a los marcos de referencia, que eran incuestionables”. Ahora, con la apertura de más posibilidades, aumenta la fatiga mental de los cónyuges. Es el precio que se debe pagar por la libertad individual. Se abren espacios de improvisación y de libre interpretación que implican que las parejas efectúen un inmenso trabajo de armonización y unificación”. “Ahora las mujeres hemos abiertos los ojos”, asegura Noe Casado. “Antes no había plan B. Ahora tenemos opciones de acceso a la autonomía. Visto desde el lado masculino, esto puede costar un poco de asimilar”.

¿Y si al final pelearse no es tan grave?
Un estudio del departamento de Psicología de la Universidad de Michigan (EE.UU.), llevado a cabo en 192 parejas a lo largo de 17 años, ha demostrado que aquellas que no se pelean, que mantienen la rabia dentro, viven menos que las que discuten y luego se reconcilian. El investigador Ernest Harburg reconoce que nadie sabe pelearse bien: “Nadie está entrenado para lidiar con conflictos. Se puede imitar cómo lo hicieron los padres. Pero la pareja suele ir perdida”. Casado concluye: “No hay que hacer todo juntos. Es saludable tener cosas, al margen de la pareja, que haya una válvula de escape. Y esto lo necesitamos tanto nosotras como ellos” .

Ellas no soportan o detestan cuando ellos...
1 No les escuchan
2 Minimizan las cosas o huyen de las discusiones impor­tantes
3 No contribuyen a las tareas del hogar
4 No respetan los hábitos básicos de higiene y orden
5 Sólo se centran en ellos mismos
6 No están comprometidos con la relación y las obligaciones familiares
7 Quieren pasar mucho tiempo con sus amigos o con sus aficiones
8 Sólo se preocupan del aspecto lúdico y frívolo de la convivencia
9 Actúan con algún rastro de machismo o de indolencia
10 Manifiestan una incapacidad para hacer varias cosas a la vez
11 No están comprometidos con la relación y las obligaciones familiares

Ellos no soportan o detestan cuando ellas...
1 No respetan sus espacios de autonomía
2 Quieren discutir de detalles secundarios
3 Pecan en exceso de sensiblería y romanticismo
4 Les hacen reproches, les leen la cartilla
5 Les montan escenas de celos
6 Quieren controlarles demasiado
7 Tienen excesos de pedantería y coquetería
8 Se encierran demasiado tiempo en el lavabo


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