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dissabte, 27 d’abril de 2013

"El origen de toda desilusión es la expectativa exagerada". Frases para cambiar vidas.


Autor: Cosme Diaz.

Lo real nunca puede ser igual a lo imaginado, ya que si bien resulta fácil formar los ideales, es muy difícil que se concreten tal y como textualmente los soñamos.
Una medida prudente -por favor, evitar confundir con una medida cobarde- es tener la cautela de no definir expectativas exageradas cuando iniciamos algo. La imaginación, aliada impecable la mayoría de las veces, puede ser también la mejor fábrica de espejismos que podamos concebir y acompañada por la euforia es capaz de hacernos creer lo que necesitamos creer.
Tener expectativas razonables ya sea en el trabajo, al respecto de nuestra vida amorosa, con los amigos, con los hijos e, incluso, en la manera de disfrutar del tiempo libre, nos hará gozar más si la realidad nos devuelve algo superior y sobrellevar solo con la justa decepción un desarrollo peor a lo que hemos idealmente imaginado.
Si pensamos que el viaje de nuestra vida será uno muy concreto que tenemos en mente, y solo ese; que en la relación de nuestra vida, tal y como la hemos programado, no caben amores que no tengan categoría de sublimes o si creemos que el trabajo de nuestra vida, que habremos de conseguir, solo será aquel en el que se dan todas las condiciones perfectas; pasaremos mucho tiempo sin viajar, sin amar y sin trabajar.
Respecto a las expectativas desplomadas ante un choque brutal con la realidad, hay un trastorno, "El Síndrome de París", que identificó el psiquiatra Hiroaki Ota y que es padecido, exclusivamente, por un puñado de turistas japoneses que viajan a la capital francesa.
¿Qué les sucede a los japoneses afectados por este síndrome? Aunque todos los japoneses se pueden ver sorprendidos por la distancia entre la imagen de su París idealizado antes del viaje y el contraste con el París real, cuando llegan allí un pequeño porcentaje queda tan impactado ante semejante choque cultural que queda traumatizado y necesita asistencia médica.
Sucede que se tiene una visión de París idílica propia de las películas: los románticos Champs-Élysées, la torre Eiffel, la catedral de Notre Dame, el museo del Louvre, el barrio de Montmatre, el Sena, la luz, la música, la moda, el encanto... y los japoneses quedan conmocionados cuando comprueban que París es belleza, pero también bullicio, gente, ruidos, empujones…y, a veces, mala educación.
Al japonés le cuesta entender un comportamiento que le resulta muy distante de su idiosincrasia: un camarero que les grita, un taxista que les trata de forma impertinente... En la sociedad japonesa, entendámoslo, es raro levantar la voz. Por ello, para un turista, encontrarse en una ciudad en la que sí se grita, donde hay gente poco diligente y en la que no todo el mundo es cortés, puede ser un choque abrumador. La única cura para este mal es regresar a Japón y no volver a París. La desilusión, no lo olvidemos, es la distancia entre la expectativa y la realidad.

Reflexión final: "Hay que tener aspiraciones elevadas, expectativas moderadas y necesidades pequeñas." (H. Stein)


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