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dimecres, 5 de juny de 2013

"He muerto varias veces... ¡pero aún puedo soñar!". Amin Sheikh. La Contra de La Vanguardia.

Amin Sheikh, niño superviviente de las calles de Bombay.
Tengo 32 años. Nací y vivo en Bombay. Trabajo como taxista pirata. Estoy soltero y sin no­via. No creo en la política. No creo en religiones. Creo en la responsabilidad personal y en ha­cer el bien. Viví de niño en varias estaciones de tren y hoy sueño con fundar un café librería.

BOMBAY-BARCELONA
Lo hará, ¡seguro! Funda­rá en Bombay un café librería que se llamará Bombay-Barcelona, en el que los niños del orfa­nato podrán desplegar sus pericias. Lo advierto en su alegría, serenidad y determinación. Para empujar su sueño ha es­crito Life is life (La Vida es la vida) (disponible en Amazon), libro que relata la peripecia tre­mebunda de su niñez en estaciones de tren de India... Como taxista, conocer a dos turistas catalanas (Marta Miquel y Montserrat Rosell) le inspiró este proyecto. Ha viajado hasta aquí y me recalca que Catalu­nya es importante para india. "¡Ayudáis mucho allí"' , asegura, y le cauti­va Barcelona: "¡Gozadla, qué maravilla!'". Snehatravels.in

Qué recuerdo es el primero?
Con cinco años, ¡a trabajar!

¿Tan pequeño?
En India los niños trabajan, se cuelgan de los trenes, se la jue­gan... Es lo más normal.

¿No iba a la escuela?
No me gustaba, era travieso... Y mi madre me puso a limpiar vasos en una tetería.

¿Estaba bien?
Sí, pero el jefe me retorcía la oreja demasia­das veces, me hacía daño. En casa, también mi padrastro me pegaba. Y mi madre.

¿Y eso?
La vida es así. Había sido dura para mi ma­dre, que se separó de mi padre borracho.

¿Y le pegaban mucho?
Mi padrastro, con manos, correas, palos... y hasta me quemó una pierna con brasas.

¿Qué sueños tenía por entonces?
Estar tranquilo y jugar. Pero no pudo ser.

¿Por qué?
Un día me cayeron al suelo todos los vasos de cristal, se rompieron. Me asusté y hui.

¿De qué huía?
Supe que el jefe me pegaría. Que mi padre me pegaría. Que mi madre me pegaría...

¿Y adónde fue?
A la estación de tren. Hay mucho movimiento, mucha gente vive allí, mendigan...

Pero usted tenía sólo cinco años...
Muchos niños viven así... Pasé el día allí. Vi una patata en el suelo, pateada, la seguí con la vista, la cogí, la mordí..í y rompí a llorar.

¿Y eso?
Me sentí muy triste porque pensé en mi ma­dre, que me limpiaba, me daba de comer... Y volví a casa. La miré desde un callejón, pero me quedé durmiendo en la calle.

¿Por qué no dijo nada?
Por miedo a las palizas. Al día siguiente regresé a la estación, y viví allí seis meses.

¿Y cómo sobrevivió?
Mendigaba, intercambiaba, robaba, buscaba, me escabullía... Por las noches, los chicos mayores nos buscaban a los pequeños: me pegaban, me forzaban sexualmente...

Y, aún así... ¿no volvía a casa?
Descubrí lo duro y malo que es el mundo, ¡pero también era libre! La noche era peligrosa, pero de día hacía lo que quería y nadie me gritaba ni me pegaba. Estaba bien.

¿Qué pasó a los seis meses?
Mi madre me encontró. Mi padrastro me dejó todo el cuerpo dolorido de la paliza.

Pobre.
No lo cuento para dar pena: lucho para evitar que otros niños vivan estas cosas...

¿Qué hizo luego?
Escaparme otra vez. Pero mejor: me subí a varios trenes y me largué a estaciones de tren lejanas. Y así pasé tres años de mi vida.

¿De los 5 a los 8 años?
Un día, un policía me devolvió a casa, pero era para pedir dinero a mis padres. Me cayó otra paliza, y volví a escaparme. Mi hermana pequeña, Sabira, se vino conmigo.

¿Cómo vivían?
Cargando equipajes, limpiando zapatos, mendigando, robando y vendiendo fruta... Teníamos un buen amigo de mi edad, Feroze: él y yo alejamos a pedradas a unos hom­bres que querían secuestrar a Sabira...

Menuda existencia...
A mis ocho años apareció un ángel: la hermana Seraphine, una monja. Me pidió que fuésemos con ella, que tendríamos de todo. Le dije que se llevase a mi hermana.

¿Y se la llevó?
Feroze y Sabira se fueron con ella, yo no quise. A los pocos días, Sabira vino con vestido nuevo y limpio, muy guapa. Me convenció, y dejé atrás la vida en la estación.

¿Se fue con la monjita Seraphine?
Sí, y en el orfanato conocí a otros ángeles: el padre Plácido Fonseca, el padre Motines, Tina, trabajadora social... ¡Son mis héroes!

¿Cómo eran?
Pacientes y generosos, alegres y dulces. Un día hui: temí que volviesen a pegarme... El padre Plácido se sentó a mi lado en la estación, sin reñirme, dulce.. y me volví con él.

¿No ha acumulado odio, violencia...?
Hubiese matado a los que me dañaban, pero no es mi temperamento. Entiendo las circunstancias que te llevan a ser violento...

¿Quién le ha enseñado más?
Eustace Fernandes, un artista en cuya casa serví: me ayudó a trabajar como taxista... ¡y me hizo el mayor regalo de mi vida!

¿Cuál?
Un viaje a Barcelona. ¡Otro mundo! No vi mendigos. Todo está limpio y hermoso: ¡me extrañó ver gente con rostros preocupados! ¿Por qué? ¡Todo es precioso y tranquilo!

Nadie aprecia lo que tiene, ya ve.­
La vida es bella. ¡Sonríe! Es mi consejo: son­ríe sin tener ningún motivo, sonríe...

¿Por qué debería hacerlo?
Ahora estamos hablando en el hall de este hotel, en este sofá tan bonito, ¡y nadie nos cobra nada, nadie se mete con nosotros!

Es verdad, gracias por hacérmelo ver.
Yo he muerto varias veces, ahora estoy so­ñando. Estar aquí... es impensable, un sue­ño: ¡tú eres importante porque yo te sueño!

¿Y qué papel tengo en su sueño?

Me entrevistas para ayudarme a fundar un café librería en Bombay: vendrán niños y ahí nadie les pegará, podrán leer y estar tranquilos, como yo hubiera querido estar.


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