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dijous, 6 de juny de 2013

“TENEMOS MÁS PODER DEL QUE NOS IMAGINAMOS”.

Serenidad. Amplitud. Sentido. Sensaciones regaladas e inconscientes. Ahí radica el valor del protagonista de esta entrevista: entrega sin mesura. Cierto es que la que escribe estas líneas es la admiración. Mi admiración. Pero lejos de querer abandonar la obligada objetividad profesional, creo que esta conversación que os traslado en forma escrita os dará la oportunidad de decidir por vosotros mismos si mis sentimientos son infundados. Y, sobre todo, de decidir si el escoger fragmentos de su contenido os puede ayudar a caminar con fuerza en un momento en el que todo es movedizo.
Empresario, escritor –ha vendido millones de ejemplares de sus libros–, economista, consultor, conferenciante internacional y considerado uno de los mayores expertos en Psicología del Liderazgo a nivel mundial. Todo eso es Álex Rovira. Pero también es el resultado de haber sido un niño que se preguntaba constantemente quién era. Un niño que lloraba insatisfecho cuando su padre lo cogía en brazos y lo ponía frente al espejo para señalarle que él era aquello que veía. Aquel reflejo nunca le convenció.
Su padre, frustrado ante la falta de respuestas, le regaló la pasión por la lectura. Tan ferviente fue esa pasión que, en un momento de la entrevista, me confiesa haber regalado, en los últimos 3 años, cerca de 16.000 libros (leídos). Pero por impresionante que resulte esta cifra, Álex Rovira encontró muchas de sus anheladas respuestas en Tánatos y Eros. La muerte inesperada –o no– de seres queridos que lo llevaron a planteárselo todo, y el amor a una vida que no deja de sorprenderlo.
Necesita la introspección, porque le da juego. Pero también la autocrítica, la cultura, la observación… Y la mirada contemplativa de la naturaleza para cerciorarse de que la cosecha –la siembra– lo es todo. Los ciclos de la vida. Morir y renacer. Saber renunciar. De todo ello pude hablar con él.
 ¿Qué te dice la frase estoy en el paro?
Pero no te detengas… (Silencio) Yo creo que una cosa es estar parado y otra es detenerse. Estar en el paro es una situación profundamente angustiante, pero me gustaría abordar esta idea desde la perspectiva de no negar los sentimientos que provoca y poner el foco en todo aquello que se nos puede abrir.  Ahora no tengo trabajo, ¿qué puedo hacer yo? A lo mejor es el momento de dedicarte a aquello que no podías hacer antes; un tiempo para poner sobre la mesa aquello que realmente quieres y desarrollar tus habilidades en nuevos contextos. El reto es cambiarte a ti mismo.
¿Y la frase soy periodista y estoy en el paro?
Para mí la figura del periodista es la de la vocación. Es decir, conozco pocos que hayan llegado por rebote y muchos que tienen hambre de consciencia, de palabra, de denuncia, de divulgación. Un hambre, incluso espiritual, que los mueve profundamente. La historia ha planteado este oficio desde grandes corporaciones, y yo creo que ahora estamos entrando en una nueva era en la que el periodista desde su bitácora virtual –como tú estás haciendo ahora– puede convertirse en una voz singular en el mundo. Tengo la sensación de que van a cambiar tantas cosas y de que van a haber tantos referentes tribales en lo cultural –que hoy somos incapaces de concebir–, que las cabeceras ya no serán El País o El Mundo, sino que serán esas personas que han conseguido un nicho de conocimiento vocacional. Un nicho interesante para una masa crítica que lo seguirá porque siente que le aporta sentido a su vida. Y tú estás haciendo eso…
Bueno…, pero no consigo pagar facturas…
Sí, ¡claro, claro! Lamentablemente, la gestión de esta crisis ominosa nos está llevando a una dinámica competitiva atroz donde se deja cada vez menos espacio a la solidaridad, y donde el único espacio para la buena gente es el de la cooperación. La sinergia de conocimiento.
Para que alguien vuelva a tener confianza en nosotros…
Claro. Y la confianza es algo que uno tiene que trabajar apostando por la calidad y la integridad. Ese modelo y el de la cooperación son fundamentales. Por ejemplo, cuando tú me invitaste a la entrevista yo enseguida dije que sí porque hay que estar. Hay que contribuir.
¿Por qué tú sí estás y otros no?
Porque sé lo que es pasar por circunstancias difíciles. Porque sé lo que es ver llorar a tu padre cuando no entraba dinero en casa. Porque sé lo que es el sufrimiento del paro y de la desgracia. Por todo eso hay que estar. Y no cuesta, es tan sólo una cuestión de agenda. Y una de las lecciones que tenemos que aprender de esta crisis es la de la solidaridad y la cooperación, más allá de la queja y la indignación. Hagamos piña, hagamos núcleo. Eso sí, siempre que sientas que esa propuesta tenga un sentido y un valor, porque hay quienes se apoyan demasiado en los activos de otros sin aportar nada a cambio. Necesitamos un equilibrio en el dar y en el recibir.
No es el tiempo de la queja, sino el de la esperanza…
Sí es el tiempo de la queja, pero el veneno está en la dosis. La construcción del futuro en momentos adversos nunca se ha anclado en la razón, sino en la voluntad. La razón te lleva al desánimo, al pesar, al cabreo… pero la voluntad –que viene del latín volere–  significa amar. Es decir, que a pesar de la dificultad del presente, es el amor por tu trabajo, por tus hijos… lo que te hace luchar y tirar adelante. La inteligencia al servicio del amor. La inteligencia para ofrecer un buen discurso y un buen método, y el amor para aportar el combustible; es el caballo que tira.
Sí, pero habrá gente que dirá: vale, mantengamos ese caballo… Y ahora, ¿cómo concilio eso con las dificultades del día a día? ¿Cómo mantener ese caballo a trote y no caer?
Yo no te puedo decir eso, Dímpel. Lo siento… (silencio)
Yo de lo que te puedo hablar es de cómo funcionamos, de lo que nos mueve, pero la realidad –a veces– es tan cruda que no hay ni recetas, ni parches, ni atajos. Si alguien se ha quedado sin trabajo y tiene que seguir pagando facturas, evidentemente está en una situación muy complicada. La única solución pasa por la ayuda de su núcleo más cercano y por la solidaridad de otros. Su umbral de máxima competencia no acaba en él. Hoy estamos viviendo el desmantelamiento de unas estructuras muy antiguas que han liderado mentes incompetentes; somos víctimas de unos verdugos incompetentes.
Y también víctimas de nuestra incompetencia…
Sí, y por eso tenemos que plantearnos qué podemos hacer como sociedad. A mí, por ejemplo, Ada Colau me parece un ejemplo maravilloso de plantar cara a un planteamiento legal que es inmoral. Por eso, y volviendo a tu pregunta de antes, cuando la gente vive atrapada en la angustia de la dificultad necesita hechos, no palabras… Y es difícil… No sé… (silencio)
Álex, no tengas miedo en decirlo. Valoro tu honestidad, porque ¡esa es la situación que estamos viviendo! Yo no te entrevisto para que me ofrezcas soluciones –ojalá–, sino para que la gente que lea esto tenga un pequeño espacio donde reflexionar. Y, ¿sabes?, oyéndote veo que, al final, siempre acabamos en el mismo punto: depender del otro o de algo… Y me da rabia, porque me gustaría pensar que la solución puede estar dentro de mí.
Sola tienes un umbral de competencia, pero llega un momento en el que necesitas el apoyo de alguien. Que te ayude a ver la vida desde otra perspectiva…
A lo mejor, tenemos miedo a pedir ayuda…
Yo creo que sí. Y da un paso previo: creo que nos da miedo reconocer nuestra propia fragilidad, nuestra impotencia. Y yo tampoco soy partidario de las recetas rápidas y de aplicación general, pero sí creo en la línea de Viktor Frankl: procure elegir su mejor actitud frente a las circunstancias. Y yo añadiría: también establezca espacios para conectar con lo que realmente siente. Y lo que voy a decir puede que no suene bien, pero a veces es importante sentir a fondo la tristeza, la impotencia, la rabia… porque te pone en contacto con dimensiones de uno mismo que en muchas ocasiones tapamos. Y hacerlo te puede llevar a descubrir algo que desconocías. Lo peor, sin duda, es la indiferencia. La rabia, en cambio, nos pone en contacto con recursos emocionales e intelectuales potentísimos con los que transformar aquello que no nos gusta.
Otro Everest: tener paciencia…
En la vida todo tiene un proceso y un tiempo. Y no es que sea taoísta…
Que también…
(Ríe) Un poquito… Pero te diría que el taoísmo no es una religión, sino la constatación de una dialéctica existencial. La vida es un continuo renacer y morir, pero no estamos acostumbrados a lidiar con la muerte. Y te hablo de la muerte en un sentido muy amplio (la de un trabajo, por ejemplo). Saber desapegarse es una ganancia.
Sí, pero yo crecí creyendo en la fórmula de trabajo + trabajo IGUAL a resultados. Perseverancia + pasión IGUAL a trabajo. Y ahora me replanteo si eso era cierto.
Bueno, esos son unos ingredientes que creo que son importantes, pero es que no hay garantías.
Entonces, por favor, dime una cosa que sí las dé. ¿Qué es irrefutablemente esencial?
(silencio) El amor. Hay una frase de Emili Lledó que leí en una Contra de La Vanguardia (Ima Sanchís) que decía: hay que amar la vida, y no sólo la propia. Y para mí amar es CUIDAR. Es PRESENCIA. Es ESCUCHA ACTIVA. Todo empieza y acaba en la dignidad del otro. ¿Por qué hemos llegado a la situación en la que estamos? Porque vivimos en un modelo de economía neoliberal donde no somos sujetos, somos objetos.
También dices que es muy importante saber perder… ¿Quedarse en el paro nos brinda esa oportunidad?
No sé si es una oportunidad, pero sin duda es una pérdida.
De todas formas, te tengo que confesar que yo suelo entender el concepto de perder en su connotación más guerrera. Las circunstancias y yo. ¿Quién ha ganado? Las circunstancias…
Yo tampoco lo plantearía en términos de una dialéctica de confrontación. Y tampoco me gusta que confundamos perder con resignarse a perder… ¡No es lo mismo! O que perder es bonito… ¡No! ¡Es una putada muy grande! Pero yo creo que para poder gestionar la realidad hay que aceptar lo que hay, porque en la medida en que no lo haces es imposible seguir lidiando con la existencia. Si aceptas la realidad, pueden abrirse nuevas posibilidades. Por ejemplo, hoy en España no hay trabajo. ¿Me tengo que ir? No sé, pero es una opción.
¡Es curioso! ¡Todos acabáis planteándome lo mismo y yo no me quiero ir!
Las coordenadas están cambiado y es lo que es. Ha venido una riada que ha arrasado con todo y ya sólo quedan escombros. Entonces, por mucho que queramos sembrar tomates y judías, hasta que no quitemos las piedras…
A otro entrevistado le dije que para mí es una huida. Y, sinceramente, yo quiero ayudar a quitar esas piedras. ¿Soy una ilusa?
No, es tu opción. Si apuestas por ello, adelante. Eso sí, no confundamos la perseverancia con la cabezonería, ¿sabes? Ni el anhelo con la fantasía. Ni la realidad con el deseo. Es importante ver las cosas como son y decidir qué caminos quiero y puedo seguir.
Vamos, que la fuga de cerebros es una opción entendible…
Dímpel, hoy en España hay más talento que oportunidades. Y es lógico que las personas quieran alimentar a sus familias allí donde les valoren su talento. Y lo que para ti es una huida, para otros es un sueño o una oportunidad. Es tu interpretación, no la de los demás. Ahora bien, si en tu significación interna lo es, ¿cuál es tu estrategia, tu plan, tu acción… ? Entiendo que es la de ofrecer espacios de reflexión a quienes estén viviendo una situación homónima para ver qué se puede hacer, ¿no? De acuerdo, ¡fantástico! En el fondo, son activos que emites al mundo y que demuestran que no estás pasiva a pesar de no tener recursos…
¿Pero?…
No es garantía de nada.
¡Pero sí de satisfacción personal!
¡Ahí está! Hazlo por convicción, porque no quieres traicionarte. Pero no hay garantías, y menos hoy en día.
Vuelve la ingenua. Lo siento. Pero… ¿tú crees que a la crisis acabaremos dándole las gracias por algo?
Yo cuando escribí La buena crisis pensaba, en parte ingenuamente, que aprenderíamos muchas lecciones y que cambiaríamos muchos hábitos. Que sabríamos diferenciar necesidad de deseo; valor de precio. Que nos llevaría a una sobriedad…
¡Que no austeridad!
Exacto. Conseguir pasar de una sociedad de éxtasis a una que valora más lo profundo. Y ya no lo veo tan factible.
¡…!
No puede ser que los banqueros que han arruinado a tantas familias hoy se estén fumando el puro y tomando la copa de Vega Sicilia con 8 millones de euros en el banco. No puede ser que un presidente del gobierno dé una rueda de prensa a través de una pantalla de plasma.
Así como tampoco puede ser que algunos periodistas sigan yendo a cubrir esas ruedas de prensa…
Por supuesto. No puede ser que un partido político –sea del color que sea–plantee un programa que después no cumpla… La única solución se llama cultura. Palabra. Diálogo. Reflexión. Formación. Y otra: recuperar el poder. Cada uno de nosotros, desde el momento en el que nos levantamos, tomamos miles de decisiones a lo largo del día. Y todas ellas construyen una realidad porque tenemos más poder del que nos imaginamos. En nuestras decisiones de compra y consumo, de ahorro e inversión, de contribución… ¡Decidamos despiertos!
¡Ojo con caer en la culpa!…
Sí, sí… Pero insisto: el veneno está en la dosis. Justo el otro día hablaba con un amigo alemán al que le pregunté, desde su punto de vista, qué nos faltaba a nosotros. Lo que me dijo lo comparto: os falta autocrítica.
¿A ti también?
Yo, al practicar meditación y analizarme constantemente, ya hago un ejercicio de autocrítica. Es un paracaídas importante dado que, en general, tendemos a maldecir al otro cuando algo no funciona. Somos inconscientes de nuestra inconsciencia. Es decir, soy un ignorante de mí mismo y no me percato de mis zonas oscuras hasta que me la pego.
Es bastante desolador que Álex Rovira no tenga esperanza…
Yo la tengo en la suma de personas. No renuncio. Pero sí te reconozco que cuando empecé a escribir mi visión era más naíf. Yo tenía 28 años y hoy tengo 44. Ni había pasado por un divorcio –que es traumático–, ni me había enfrentado a la enfermedad de una hija. La mirada naíf se deconstruye con el tiempo, y te vas dando cuenta de que hay otros modos de lidiar con la realidad. Pero lo siento: ¡nuestro umbral de competencia está muy limitado por la incompetencia de los que nos gobiernan!
¿Y cómo se gestiona el miedo?
Depende de si ese miedo tiene o no un objeto.
De acuerdo. Centrémonos en el paro: el miedo a no poder volver a trabajar.
Yo creo que eso es un miedo sin objeto, porque te estás anticipando a algo que no sabes con certeza. El famoso aquí y ahora. En realidad, ¡no sabemos nada de lo que va a pasar! Por tanto, sitúate en lo que eres aquí y ahora, y actúa en consecuencia. Quizás, hoy recibas una llamada… o no. En definitiva, no puedes renunciar en ningún momento a la voluntad de excelencia. Lo cual no quiere decir que un día te sientas cansada… ¡Permítetelo!
1 día o 2, ¿no?
O una semana. No lo acotes. Siente. La impostura excesiva acaba estropeando.
(Me siento aludida y agacho la cabeza…)
Permítete el error, el no saber. El no sé, que es cojonudo. Eso es saber perder.
¡Qué miedo…!
¡Ah!…. ¡Ahí está…! Porque, en el fondo, lo que nos da pánico es enfrentarnos a nuestra bestia negra. A nuestra propia angustia. Y ese es el gran reto. Tú dices que irse es huir. No. Irse es irse. Huir es resignarse. ¿Me explico? En la medida que puedas aceptar que irte no es huir, tampoco te irás, pero se abrirán otras posibilidades.
(Suspiro y reniego con la cabeza)
¡Jajajajaja!
Certezas, tengo muy pocas Dímpel. Pero te voy a mostrar algo…
(Le cedo mi libreta y mi bolígrafo. Y empieza dibujar lo que parece ser ¡una fórmula matemática!)
Séneca decía que la buena suerte es el lugar donde confluye la preparación con la oportunidad. Y la preparación es una variable endógena. Y la oportunidad, exógena.
Es decir, la buena suerte = preparación x oportunidad
Pero la oportunidad es una función del azar. Es decir, la preparación la controlas, la oportunidad, a priori, no.
Como la oportunidad es una función del azar, la buena suerte = preparación x azar. Pero ¿qué es el azar? El azar es inversamente proporcional a preparación.
Cuando la preparación es 0, el azar es infinito. Pero cuando la preparación es muy alta, el azar tiende a 0. Por tanto: Azar = 1/preparación
Si el azar es inversamente proporcional a la preparación…
La buena suerte = P x 1/P
Por tanto:
Buena Suerte = 1
Y la síntesis es que esta fórmula nos la tenemos que aplicar a cada uno de nosotros. Y la suma de varias personas que aplican este principio da como resultado una cifra cósmica.
1+1 es más que 2 cuando hay una preparación. Por eso, estar parado no es estar desocupado. Así que, ¡muy bien!, podemos quejarnos, pero… ¿hacia dónde puedo ir? Mientras dedicas el tiempo a maldecir, pierdes el tiempo de crear.

Dímpel Soto 
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