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dilluns, 24 de juny de 2013

El despiste es necesario. Jordi Jarque. La Vanguardia.

Quedarse con la mente en blanco, aunque puede provocar accidentes mortales, también es una necesidad del cerebro, como sugieren los investigadores. Se activa la red neuronal por defecto
Poca broma con los despistes. Son tanto los responsables de algunas tragedias como los accidentes de tráfico, como de buscar aquellas gafas que ya se llevan puestas o salir por la de casa con traje y corbata a una importante reunión pero con zapatillas hogareñas. O el de aquella mujer belga de 67 años que salió un sábado por la mañana de su casa en coche para recoger a su amiga en la estación Norte de Bruselas. Un recorrido de casi 70 kilómetros que se convirtieron en 1.400 hasta Croacia sin que la conductora se percatara de su ligero despiste. Afortunadamente, tuvo final feliz, pero también le queda el consuelo de saber que algunos genios también se despistan mucho en el día a día de la vida cotidiana y que los últimos avances en neurociencia apuntan que los despistes pueden estar asociados a la creatividad. ¿Es normal despistarse? ¿Por qué sucede? ¿Puede evitarse?
Independientemente de las consecuencias, los expertos explican que es bastante normal porque no hay persona que no se haya despistado en alguna ocasión o muchas ocasiones. Cada día se sufren despistes, advierten los expertos. Hay quien lo define también como quedarse en blanco. Daniel Gilbert, investigador del departamento de Psicología de la Universidad de Harvard, ha conseguido medir la cantidad de despiste y asegura que casi la mitad del tiempo permanecemos despistados. “El 47% de las mentes de las personas están divagando, están en otro mundo, están despistadas”. Mala prensa para el despiste. ¿Quién no ha dado broncas a sus hijos o a sí mismo por este motivo? Pero Guillermo Mattioli, presidente de la sección de psicología clínica y de la salud del Col·legi Oficial de Psicòlegs de Catalunya quiere equilibrar un poco la balanza y ante todo primero aclara que despistarse no es salirse de la pista, “es cambiar de pista. Mentalmente no existe algo así como ninguna pista o fuera pista. Si no estamos en una pista es porque nos hemos deslizado hacia otra”. Tal vez el despiste tenga su razón de ser.
Las primeras pistas de que tal vez el despiste sea necesario lo ofrecen las últimas investigaciones que corroboran ese estar en otra pista durante el despiste. Parece ser que el cerebro no para de funcionar aunque parezca lo contrario. “Hay una enorme cantidad de actividad en el cerebro en reposo que no hemos tenido en cuenta durante mucho tiempo”, asegura Marcus Raichle, neurocientífico, profesor de Anatomía y Neurobiología de la facultad de Medicina de la Universidad de Washington, en un artículo de la revista Science publicado hace siete años. Consume prácticamente la misma cantidad de energía estando el cerebro activo que cuando se supone que está descansando, por lo que llegan a la conclusión de que el cerebro en reposo no está descansando realmente. Hecho que ha sido confirmado con tomografías por emisión de positronos (PET). Con esta técnica se consiguen obtener imágenes de la actividad metabólica, en este caso del cerebro del cuerpo humano. Raichle inyectaba glucosa radioactiva para medir en qué áreas se acumulaba (una manera de constatar esa actividad interna de la mente). A este experto le extrañó que algunas zonas del cerebro se iluminaran cuando se suponía que el cerebro descansaba y, en cambio, esas mismas áreas se apagaban en cuanto la persona iniciaba algún tipo de actividad externa, como cuando ponía la atención en algo. En un primer momento, los expertos lo achacaron a lo que denominan ruidos de fondo, actividades residuales del cerebro, como si se tratara de una inercia cerebral. Pero no. Raichle ha constatado posteriormente que cuando se desconecta del mundo exterior, el cerebro efectivamente sigue trabajando, pero en otro sistema. El cerebro consume más o menos un 20% de la energía que necesita el organismo del ser humano. Y lo consume tanto estando activo como en reposo. Los neurocientíficos aseguran que la atención al mundo exterior implica un gasto de entre un 0,5% y un 1% de ese 20% que precisa el cerebro. El resto, que no es poco, lo dedica a mantener la conexión entre neuronas, a procesar información.
Estar despistado no es sinónimo de estar perdido. Rosa Casafont, médica especializada en neurociencia y neurología del comportamiento, explica que, cuando nos concentramos, las células nerviosas consumen muy poco más, al contrario de lo que cabría esperar. “Durante un estudio del cerebro en actividad, se observó que dos áreas cerebrales, ante tareas solicitadas, dejaban de trabajar. En cambio, cuando soñamos despiertos, cuando pensamos que nuestra mente está en blanco, cuando nos abstraemos del exterior y estamos relajados, se ha comprobado que, en realidad, la mente se vuelve mucho más activa. Esas mismas áreas que dejaban de funcionar ante la concentración, iniciaban un gran consumo de energía cuando se abstraían del entorno”. Entra en marcha lo que los neurocientíficos denominan la red neuronal por defecto. Esta red conecta dos partes del cerebro. Por una parte, el hipocampo (que entre otras funciones se encarga de la memoria) y, por otra, la corteza prefrontal (que planifica, predice, programa y ejecuta), tal como recoge Rosa Casafont en su libro Viaje a tu cerebro (Ediciones B). Al estudiar las funciones de las regiones cerebrales involucradas en la red, se observó que están relacionadas con el mundo interior de cada uno: procesan información, por ejemplo, sobre la memoria autobiográfica y sobre proyectos futuros. Si esta red funciona mal, incluso se pueden desarrollar patologías como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o enfermedades como el alzheimer.
Malo si funciona poco. Y malo cuando funciona. El problema consiste en que “esta red entra en funcionamiento sin que nos demos cuenta”, asegura Rosa Casafont. Falla la atención. Pero saber eso no explica el despiste, como comenta Guillermo Mattioli. Aunque los despistes sí que pueden conducir a lo que está sucediendo en la mente, asegura este mismo experto. El despiste puede cumplir varias funciones que varían desde la creatividad asociada al genio, al matemático o al artista con la mente alejada de la realidad concreta porque está resolviendo problemas o imaginando nuevas obras, hasta la distracción asociada a algún tipo de ansiedad o preocupación, algún conflicto entre deseos y temores que hacen que en vez de hacer una cosa se termine haciendo otra, concreta Mattioli. Por último, este experto también señala que existe lo que se denomina un uso social del despiste. “Se trata de aquel sujeto que ha hecho de sus despistes una fachada social que le sirve de coartada para no retener nombres de personas que le presentan o compromisos que asume, intentando disimular un desinterés que seguramente es auténtico pero que disfraza en el personaje, con lo cual logra que efectivamente se le perdonen los despistes y no sean demasiado exigentes con él”.
En el caso de los lapsus linguae o actos fallidos, Mattio
li los relaciona con la aproximación que hace el psicoanálisis hacia el despiste para explicar cómo irrumpen contenidos inconscientes en el sujeto provocando ese despiste, “como en aquel chiste en el que queriendo dar el pésame, en lugar de decir ‘lo siento mucho’ nos sale de la boca el escandaloso ‘me alegro mucho’. Apelar a los chistes no es casual, en psicología aceptamos una profunda equivalencia entre el chiste y el despiste. En ambos casos, una situación que parece completamente normal y plana es perturbada por la aparición de una intencionalidad disruptiva e invisible hasta el momento de su aparición”, aclara Mattioli. Desde el análisis psicoanalítico, este tipo de despistes se asocian a una intención oculta e inconsciente, aparentemente desprovisto de sentido, pero sólo aparentemente. “Irónicamente, los actos fallidos en realidad son actos exitosos, en la medida en que cuando decimos algo diferente de lo que queríamos decir es porque alguna verdad inconsciente aflora en el cambiazo”, explica este experto. Mattioli comenta que todos podríamos hacer nuestra propia lista de acciones que hubiéramos preferido no llevar a cabo, “aunque a veces no nos queda más remedio que reconocer que la acción que se nos ha colado es la que en realidad representa mejor nuestros pensamientos o deseos”.
Es como si este equívoco, este despiste, aliviara la presión de una situación que de alguna manera u otra produce estrés. Al menos, Francesc Barceló, catedrático de Neuropsicología y responsable del Grupo de Neuropsicología Clínica de la Universitat de les Illes Balears (UIB), ha determinado en un reciente estudio que los estados cerebrales de despiste y estrés son similares. El despiste es como una válvula de escape al estrés, y ofrece la oportunidad de reflexionar sobre ello. “Al contrario de lo que promulgaban los científicos hace algunas décadas, no reaccionamos ante los estímulos que nos llegan desde el exterior, sino que reflexionamos sobre estos estímulos”, capacidad que aleja a las personas del comportamiento instintivo de otros seres vivos. Una válvula de escape que además reconecta áreas al servicio de la creatividad, hasta el punto que los neurocientíficos destacan que se trata de una herramienta cognitiva esencial. Benjamin Baird y Jonathan Schooler realizaron un experimento en la Universidad de California en Santa Barbara que publicaron el año pasado en la revista Psychological Science. Resumiendo, llegaron a la conclusión de que los alumnos más despistados fueron los que aportaron ideas más creativas y efectivas a la hora de resolver situaciones no habituales, e inciden en la importancia de las tareas que se desarrollan en la red neuronal por defecto, esa red que conecta el hipocampo (interviene en parte de nuestras memorias) y la corteza prefrontal (que se encarga de predecir, planificar y tomar decisiones).
El psiquiatra Peter Williamson recuerda que la función de esta red “es anticipar constantemente situaciones a las que nos podemos enfrentar. Podría estar asociado al sentido de uno mismo”. Y Rosa Casafont añade que cuanto más activa está esta red, “es cuando mejores somos evaluando y predecimos mejor. Somos más creativos. Cuando hacemos predicciones racionalistas no somos tan buenos. Siendo así, el reto es importante porque hay despistes que matan. Los expertos intentan ahora establecer las bases para redirigir este estado que fluye entre la consciencia y la inconsciencia a través de cultivar la fuerza de la voluntad. Mejor hacer primero una respiración profunda para asimilar tanto despiste.


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