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dimarts, 2 d’abril del 2013

EL RIO PERDIDO. Fábula.


La amiga Esther quiere compartir con nosotros este sentido cuento que le ha servido muchas veces de inspiración y la bella imagen, símbolo de recogimiento y reconexión.

Gracias Esther por compartirlo con nosotros!. 

Cuando yo tenía ocho años, encontré el Río Perdido. Nadie sabía dónde estaba, nadie en mi condado podía decirme cómo llegar, pero todos hablaban de él. Cuando llegué por primera vez al Río Perdido, me di cuenta rápidamente que estaba allí. Uno se da cuenta cuando llega. ¡Era el lugar más hermoso que jamás vi, había árboles que caían sobre el río y algunos peces enormes navegando en las aguas transparentes! Así que me saqué la ropa y me tiré al río y nadé entre los peces y sentí el brillo del sol en el agua, y sentí que estaba en el paraíso. Después de pasar toda la tarde ahí, me fui marcando el camino hasta llegar a mi casa y allí le dije a mi padre:
- Papá, encontré el Río Perdido.
 Mi papá me miro y rápidamente se dio cuenta de que no le mentía. Entonces me acarició la cabeza y me dijo:
- Yo tenía más o menos tu edad cuando lo vi por primera vez. Nunca pude volver.
 Y yo le dije:
 - No, no… Pero yo marqué el camino, dejé huellas y corté ramas, así que podremos volver juntos.
Al día siguiente, cuando quise volver, no pude encontrar las marcas que había hecho, y el río se volvió perdido también para mí. Entonces me quedó el recuerdo y la sensación de que tenía que buscarlo una vez más.
Dos años después, una tarde de otoño, fuimos a la dirección de guardaparques del condado porque mi papá necesitaba trabajo.
Bajamos a un sótano, y mientras papá esperaba en una fila para ser entrevistado, vi que en una pared había un mapa enorme que reproducía cada lugar del condado: cada montaña, cada río, cada accidente geográfico estaba ahí. Así que me acerqué con mis hermanos, que eran menores, para tratar de encontrar el Río Perdido y mostrárselo a ellos. Buscamos y buscamos pero sin éxito.
Entonces se acercó un guardaparque grandote, con bigotes, que me dijo:
- ¿Qué estas buscando hijo?
- Buscamos el Río Perdido -dije yo, esperando su ayuda.
Pero el hombre respondió:
- No existe ese lugar.
- ¿Cómo que no existe? Yo nadé ahí.
Entonces él me dijo:
- Nadaste en el Río Rojo.
Y yo le dije:
- Nadé en los dos, y sé la diferencia.
Pero él insistió:
- Ese lugar no existe.
En eso regresó mi papá, le tiré del pantalón y le dije:
- Dile, papá, dile que existe el Río Perdido.
Y entonces el señor de uniforme dijo:
- Mira niño, este país depende de que los mapas sean fieles a la realidad. Cualquier cosa que existiera y no estuviera aquí en el mapa del servicio oficial de guardaparques de los Estados Unidos sería una amenaza contra la seguridad del país. Así que si en este mapa dice que el Río Perdido no existe, el Río Perdido no existe.
Yo seguí tirando de la manga de mi papá y le dije:
- Papá, dile…
Mi papá necesitaba el trabajo, así que bajó la cabeza y dijo:
- No hijo, él es el experto, si él dice que no existe…
Y ese día aprendí algo:
Cuidado con los expertos. Si nadaste en un lugar, si mojaste tu cuerpo en un río, si te bañaste de sol en una orilla, no dejes que los expertos te convenzan de que no existe. Confía más en tus sensaciones que en los expertos, porque los expertos son gente que pocas veces se mojan.

Jorge Bucay

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