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dijous, 24 d’abril de 2014

El recuerdo en los tiempos de internet. Luis Muiño. La Vanguardia.

La red está afectando a nuestra manera de recordar y de almacenar vivencias, pero también está influyendo en nuestra forma de olvidar. ¿Estamos perdiendo la memoria natural por los recuerdos enlatados que nos proporciona la nueva tecnología?
El pasado ya no es lo que era. Recordamos las fiestas que hemos disfrutado, los momentos de transición en la vida de nuestros hijos, los lugares que nos han enamorado y los rostros de personas que hemos conocido gracias a los millones de vídeos y fotografías que forman la documentación gráfica de nuestra vida. El futuro se augura más proclive aún para el pasado artificial (la información almacenada en las redes sociales, por ejemplo) que para la memoria natural. Si seguimos así, los circuitos neuronales de la memoria que con tanto trabajo descubrió Santiago Ramón y Cajal, acabarán por dedicarse a otras labores para no correr el riesgo de desaparecer por cuestiones evolutivas.
Un ejemplo son nuestras visitas a monumentos y museos: cada vez nos acordamos menos de lo que sentimos al ver arte. ¿Cuántas personas experimentan hoy en día el extático Síndrome de Stendhal, ese conjunto de síntomas (sensación de mareo, visión borrosa, vértigos,…) que algunas personas experimentaban ante ciertas obras maestras? A finales de los setenta del siglo pasado una psiquiatra italiana definió este cuadro observando a turistas en Florencia. Pero tres décadas después, en los tiempos de internet, es difícil encontrar a alguien que experimente esas sensaciones trascendentes. Hoy en día, el visitante de una exposición no mira, reconoce. Antes de ver arte en directo, hemos conocido esas obras a través de internet o de vídeos explicativos. No existe lo que se llama conmoción de la primera vez porque el encuentro con la obra es anterior.
Además de la información previa, nuestra conducta en estos lugares ha cambiado radicalmente. Si uno visita, por ejemplo, un museo, verá que lo más habitual es que la mayoría de los que allí acuden vean las obras mientras hacen decenas de fotografías con la cámara digital, la tableta o el teléfono inteligente. Y eso afecta decisivamente a nuestros recuerdos, como demostró Linda Henkel, investigadora de la Universidad de Fairfield. Su investigación era sencilla: a un grupo de personas les pidió que apreciaran obras de arte mientras las fotografiaban, a otro les pidió que, simplemente, contemplaran lo que estaban viendo sin hacer uso de ningún tipo de aparato. Al día siguiente, cuando evaluó la calidad de los recuerdos de estas personas, descubrió que los visitantes que habían retratado los cuadros tenían recuerdos mucho más vagos, menos vívidos y precisos. No fueron capaces de responder a preguntas sobre los detalles y tampoco comunicaron haber sentido la variedad de emociones que habían experimentado los que hacían la visita al desnudo.
La autora del estudio lo explicaba de esta manera: “A menudo la gente saca su cámara, casi sin pensar, para capturar un momento, hasta el punto de que se están perdiendo lo que ocurre justo frente a ellos. Se trata de un efecto de deterioro por la toma de fotografías: cuando las personas confían en la tecnología para que recuerde por ellos, contando con que la cámara grabará el evento y así no deben reparar en él plenamente, esto puede ejercer un impacto negativo en el recuerdo de la experiencia”.
En esta misma investigación aparecía un factor que está cambiando la forma en que funciona nuestra memoria… según algunos, en el sentido positivo: sobreestimulación. En el mundo actual existen más documentos gráficos que nunca de todo lo que hacemos y eso debería mejorar nuestra capacidad de tener presente lo que ocurrió en el pasado. Sin embargo, no parece que nuestro recuerdo sea mejor. De hecho, ésa era la conclusión que se extraía de este estudio: el excesivo volumen y la desorganización de los documentos gráficos produce falta de atención y dificulta el recuerdo posterior.
Es un efecto que muchos hemos experimentado: cuando hay una gran cantidad de imágenes de un determinado momento, confiamos en estas instantáneas artificiales para almacenar recuerdos a la vez que desatendemos los procesos de la memoria. Es lo que ya ocurría con ritos sociales (bautizos, bodas, etcétera) que evocábamos a partir de las fotografías que habíamos visto en vez de usar nuestras vivencias. Hoy en día, este fenómeno se ha generalizado, porque de casi todo lo que hacemos hay testimonios gráficos y escritos (chats, redes sociales...). Los científicos que se ocupan del tema de la memoria saben que no recordamos lo que ocurrió, sino lo que rememoramos la última vez que evocamos aquellas imágenes (los recuerdos recuerdan los recuerdos, no el episodio original). La cuestión es que en la actualidad no hay una recapitulación y ordenamiento posterior, porque confiamos en que internet se encargará de almacenar lo sucedido.
De hecho, uno de los fenómenos que se está acentuando es que nuestro recuerdo se parece cada vez más al de un ordenador, porque estamos delegando en ellos esa faceta de nuestra mente. Un ejemplo: un reciente artículo de los investigadores Matthew S. Isaac de la Universidad de Seattle y Robert M. Schindler de la Universidad de Rutgers (EE.UU.) analizaba el efecto top ten. Según los autores del estudio, la sociedad moderna ha maximizado un fenómeno que estaba ya sutilmente presente en nuestro cerebro (la tendencia a hacer listas) y lo ha convertido en la forma de recuerdo más utilizada.
Los investigadores nos recordaban que internet ha potenciado esta propensión (no hay más que hacer la búsqueda top ten y contemplar los millones de entradas para darse cuenta) porque en la red la información tiene que venir comprimida en píldoras que se visualicen fácilmente. Y a partir de ahí se hacían la pregunta: ¿es posible que esta multiplicación de listas de diez esté influyendo en nuestra mente? Sus experimentos arrojaban datos que nos pueden llevar a pensar que, efectivamente, estamos interiorizando la importancia del top ten. Cuando los investigadores pedían que se valoraran a personas que habían sacado unas determinadas puntuaciones en matemáticas, se observaba que la diferencia entre quedar el décimo y el undécimo era muy exagerada por los voluntarios. De alguna manera, estar entre los diez primeros era estar dentro del grupo de los elegidos para la gloria. Y a partir de ahí, se consideraba al resto perdedores. Un efecto que ocurría incluso cuando la diferencia entre el noveno y el décimo era muy grande y la que había entre éste último y el undécimo, mínima.
Hay muchas personas que creen que esta delegación de funciones en la red va a traer consecuencias negativas. Confiar en las máquinas no es una buena estrategia, porque es darles un poder excesivo. Philip K. Dick, uno de los precursores de ese tipo de miedo, escribió un relato titulado Lo recordaremos por usted perfectamente que dio origen a la película Desafío total. En él explora las repercusiones de una sociedad en la que nuestras rememoraciones del pasado dependan de la tecnología hasta el punto de poder fabricar recuerdos a la carta… Pero los optimistas afirman que, por el contrario, dejar la memoria (la capacidad más estática del ser humano) en manos de una especie de almacén de datos nos puede hacer más libres para pensar creativamente.
El ciudadano soviético Shereshevsky tenía un nombre muy difícil de pronunciar y una memoria inmensa. Tal vez por eso, A. Luria, el psicólogo que escribió un libro sobre él (Pequeño libro de una gran memoria) se limitó a llamarle todo el tiempo S. Este hombre podía, por ejemplo, memorizar setenta palabras en tres segundos. Lo único que pedía S., eso sí, es que la habitación estuviera en silencio mientras se le recitaba la lista que tenía que aprender. Y lo más sorprendente: no tenía problemas en memorizar esa cantidad de información durante quince años. Es más, al cabo de ese tiempo, no sólo se acordaba de la lista, sino que también era capaz de recordar el apartamento en que se la leyeron, el lugar en el que estaba sentado y el color de ojos de la mujer que se la leyó. Pero S., en una de las entrevistas que le hizo el psicólogo, le confesaba que consideraba una maldición tener una memoria tan extraordinaria porque “eso le impedía pensar”. Los casos de grandes mnemonistas nos recuerdan que la capacidad para almacenar grandes cantidades de datos no es la que define el pensamiento humano.
Y, sin embargo, nuestro aprendizaje ha estado basado, durante cientos de años, en fomentar esta capacidad. Desde la época en la que a los funcionarios de la China clásica se les exigía aprender interminables listas para demostrar su valía hasta la moderna escuela en la que los niños siguen utilizando su memoria más que su creatividad poco ha cambiado. Internet quizás obligue a que esa rutina varíe: pocas personas siguen defendiendo un sistema académico basado en la memoria en una época en la que la mayoría de las personas llevan aparatos con los que consultar cualquier dato en segundos.
Internet está afectando a nuestra manera de recordar, pero también está influyendo en nuestra forma de olvidar. Esto último parece menos evidente, porque no somos conscientes de la importancia que tiene en nuestras vidas extraviar los acontecimientos. Parecería que nuestra mente está diseñada para luchar continuamente contra la pérdida de recuerdos, pero en realidad hay muchos procesos psíquicos que están diseñados para conseguir relegar los acontecimientos que nos han ocurrido. Los científicos nos recuerdan continuamente esta necesidad (un ejemplo: los artículos recientes sobre envejecimiento afirman que las personas mayores no tienen dificultades para aprender cosas nuevas sino que les cuesta olvidar los hábitos antiguos) pero el imaginario común suele minimizarlo.
Pero hay un acontecimiento en el que internet está influyendo que hace patente la importancia de abandonar los recuerdos: el proceso de duelo amoroso. Cuando una pareja rompe su relación, es necesario pasar por una serie de fases para que las dos personas se recompongan emocionalmente. La tarea es complicada, porque se trata de conseguir que el otro esté muerto para nosotros. Hay que tener en cuenta que los procesos bioquímicos implicados han sido seleccionados evolutivamente en épocas en las que, en la inmensa mayoría de los casos, la otra persona se moría… literalmente.
Con una esperanza de vida en torno a los 30 años (la más habitual durante cientos de miles de años) lo más común es que ese fuera el final de la pareja. Es decir, el proceso natural es fácil de conseguir cuando la otra persona desaparece de nuestras vidas, dejamos de verla, oírla, olerla y saber de ella.
Superar las etapas del duelo cuando la posibilidad de tener contacto con nuestro ex sigue ahí siempre ha sido muy complicado. Rompíamos fotografías, borrábamos sus teléfonos, quemábamos sus cartas… Pero hoy en día la cuestión se ha convertido en una lucha imposible. Las redes sociales, por ejemplo, han hecho del duelo digital un tema tan importante que incluso hay empresas que se dedican a ello, compañías a las que uno puede pagar para eliminan toda posibilidad de dar con una imagen o un texto de esa persona que nos haga volver a evocar su recuerdo. Además, en muchos casos, hemos difundido nuestra relación a través de internet. Y eso hace todo más difícil: en otras épocas, solo algún amigo que no sabía nada cometía un desliz y nos preguntaba por la pareja que con la que habíamos roto dificultando el olvido. Hoy en día, cientos de personas a las que sólo conocemos en línea pueden preguntarnos por nuestra ruptura.
Evidentemente, esta arma contra el olvido que supone la red también tiene efectos positivos. Un ejemplo sencillo son las investigaciones sobre falsos recuerdos: se sabe que muchos recuerdos que generan vergüenza o incluso fobias traumáticas son fabricados: los individuos que los sufren no han vivido esa situación pero son víctimas de imágenes o historias que han sido implantadas por aquellos que les rodeaban. Hoy en día, es mucho más difícil que ocurra eso: hay muchas más posibilidades de averiguar lo que realmente ocurrió en nuestro pasado. Por supuesto, esto también es cierto a nivel social: hoy en día es mucho más difícil manipular la historia reciente. Ya no son sólo las hemerotecas las que no recuerdan la verdad: incluso las redes sociales son un documento imborrable.
Las tecnologías cambian el mundo y también nuestra psique. Las variaciones que produce internet repercuten en muchos factores mentales y siempre habrá personas que renieguen de ellas y otras que vean esos cambios como positivos ¿Es bueno el recuerdo, es positivo el olvido? Un texto de Philip K. Dick es uno de los mejores vaticinios de cómo la mente puede servir para ver la complejidad del tema: “En el Antiguo Testamento, Dios dice que modelará un nuevo paraíso y una nueva tierra, donde el recuerdo de las cosas desaparecidas no entrará en el espíritu y no turbará los corazones. Cuando releo este pasaje, me digo: creo conocer un gran secreto. Cuando el trabajo de restauración termine, no nos acordaremos de las tiranías, de la cruel barbarie de la Tierra donde habitábamos; puesto que el texto dice que nos será dado el olvido. Creo que este proceso se halla activo en este momento, que siempre ha estado activo en este momento. Y, gracias a Dios, hemos sido ya autorizados a olvidar lo que fue. Entonces quizá esté equivocado, en mis novelas y en mis relatos, empujándoles a ustedes al recuerdo”.


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