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dijous, 3 d’abril de 2014

Tiempos desconfiados. Irene Orce

“¿Qué soledad es más solitaria que la desconfianza?”, George Elliot

La confianza es la base de toda relación profunda, satisfactoria y auténtica. Es la cualidad que nos permite abrirnos a otra persona, mostrarnos vulnerables y compartir nuestras más inconfesables inquietudes. Las grandes experiencias de la vida, como la amistad y el amor, están íntimamente vinculadas a esta palabra. En nuestro entorno más cercano la damos por sentada, pero de vez en cuando cabe recordar que se trata de un privilegio y no de un derecho. No se construye de la noche a la mañana. Como si de una semilla exótica se tratase, necesita de tiempo, cuidados y dedicación para ir creciendo. Y lo hace poco a poco, sin prisa, afianzándose en la tierra y fortaleciendo sus raíces. Cuando ha crecido lo suficiente, a menudo olvidamos el esfuerzo que ha requerido alimentarla. Nos acostumbramos a verla sólida y robusta, como una auténtica fortaleza de piedra. Pero basta una sola duda para que se derrumbe como un castillo de naipes.
La última década ha generado un cambio profundo en nuestra relación con la confianza. Vivimos en la era de la información, lo que nos brinda un acceso casi ilimitado a la intimidad ajena. Cuando conocemos a alguien, a menudo solemos acudir a la red para verificar su identidad, sus inquietudes, su pasado y su presente. Internet no perdona. Una foto comprometida, un comentario público desafortunado o un perfil imprudente siempre terminan por pasarnos factura. Las redes sociales son cómplices de la epidemia de desconfianza que asola a nuestra generación. A menudo, ante cualquier duda, preferimos resolverla vía twitter, Facebook, linkedin o wordpress que acudir a la persona en cuestión y preguntarle directamente sobre aquello que nos inquieta. Nos fiamos más de lo que vemos en la pantalla que lo que reflejan los ojos y el lenguaje corporal de esa persona. Este acceso a la información inmediata y casi infinita ha contribuido la pérdida temprana de la inocencia y ha convertido a la nuestra, lamentablemente, en una generación desconfiada.
De un modo u otro, todos contribuimos a que se perpetúe esta situación, pues no estamos dispuestos a poner en cuestión nuestro propio escepticismo. Eso no significa que abandonemos la prudencia y dejemos a un lado nuestro criterio, simplemente que nos abramos a la posibilidad de ir más allá de nuestros temores y expectativas negativas. Lo cierto es que siempre encontraremos razones para desconfiar de los demás. De ahí la importancia de cuestionarnos ¿de dónde nace esta inercia? y, sobretodo, ¿qué resultados genera en nuestro día a día? La paradoja radica en que todas las personas desearíamos que los demás confiaran en nosotros, y cuando lo hacen, solemos responder dando lo mejor de nosotros mismos. La confianza de los demás nos hace crecer y facilita nuestro desarrollo. Mejora nuestra autoestima e influye sobre nuestra manera de actuar y de comportarnos. Nunca resta, sólo suma. Entonces, ¿por qué somos tan reticentes a compartir la nuestra?

El perfil de la desconfianza
“Mejor tener un enemigo que te de una bofetada en la cara que un amigo que te clava un puñal por la espalda”, Arthur Schopenhauer
Existen distintos perfiles de personas que basan sus interacciones sociales en la desconfianza. Y en este sentido, la biografía resulta determinante. El primero es quien en un momento u otro ha vivido algún tipo de desengaño, lo que ha reducido su capacidad para entregarse por miedo a volver a sufrir una situación similar. Este perfil de ‘traicionado’ es, tal vez el más común. El segundo perfil reúne a aquellas personas que no son precisamente honestas, y suelen mentir con la misma facilidad con la que otros respiran. Su desconfianza nace de la creencia que todo el mundo actúa del mismo modo que ellos, y resulta prácticamente insalvable a causa de su autoengaño. El tercer perfil es el del perfeccionista. Su elevado nivel de exigencia no le permite confiar en que nadie pueda hacer lo que él hace con el mismo nivel de excelencia, lo que le convierte en alguien incapaz de delegar. El cuarto perfil es el de aquel que cree que brindar su confianza a otra persona supone una pérdida de control, y teme que si se permite mostrar su vulnerabilidad y bajar sus defensas, le puedan hacer daño. Por último, el quinto perfil es el de quien no confía porque teme que si muestra a los demás cómo verdaderamente es, tal vez a los demás no les guste lo que van a encontrar. Así que opta por quedarse con su máscara.

Según el estudio Values and Worldviews II sobre estilos de vida, valores y creencias realizado por la Fundación BBVA, un trabajo que tomó como base 15.000 encuestas realizadas a ciudadanos de 10 países miembros de la Unión Europea, los españoles somos, junto a los franceses, los europeos con mayor nivel de desconfianza interpersonal. Con un resultado de 4,7 puntos, tan solo uno por encima de los franceses, los españoles no solo se colocan por debajo del resto de los países analizados -Alemania, Dinamarca, Italia, Países Bajos, Polonia, Reino Unido, República Checa y Suecia-, sino que ni siquiera se acercan a la media, situada en 5,5.
Según este informe, los españoles no creen que se pueda confiar en otras personas, exceptuando las que forman parte de su círculo más cercano de familiares y amigos. Y aún así, se muestran precavidos. Pero ¿Cuándo y por qué ha surgido esta actitud? Y aún más importante, ¿‘Cómo’ afecta esta realidad en nuestro día a día?
Lo cierto es que la desconfianza sistemática tan solo contribuye a que cada vez construyamos protecciones internas más difíciles de derribar. Nos aleja de las emociones y nos distancia de los demás en todos los sentidos posibles. Eso nos conduce a vivir la vida con recelo, y así nos convertimos en víctimas de nuestra propia desconfianza. Si nos atrevemos a ir más allá, veremos que todos los perfiles de ‘desconfiados’ descritos con anterioridad comparten un rasgo característico. El miedo a soltarse, a entregarse, a mostrarse. El miedo a sufrir, a que les hagan daño. Y la desconfianza no es más que el resultado de esos temores. Pero resguardarnos en ella para sentirnos protegidos nos cuesta caro.

Derribando muros
“La confianza en uno mismo es el secreto de todo éxito”, Emmerson
A grandes rasgos, existen dos tipos de confianza. La que depositamos en nuestras relaciones y la que cultivamos en nosotros mismos. Y todas las personas ‘desconfiadas’ suelen tener un déficit de ambas. En última instancia, la única manera de empezar a confiar en los demás es confiando en nosotros primero. La cruda realidad es que no estaremos más seguros cuanta menos gente cuente con nuestra confianza. Eso no es garantía de nada. Sin embargo, trabajar sobre la confianza que tenemos en nosotros mismos sí genera cambios en la percepción de nuestras relaciones. Porque cuando confiamos en nuestro criterio, nuestras conductas y nuestra manera de comunicarnos, no sentimos que tenemos algo que perder al compartirlo. Y eso cambia las reglas del juego. Cabe recordar que no existe amor sin confianza, ni tampoco amistad. Y desde luego, no hay lugar para la libertad.
No hay nada que sea más valorado y admirado en nuestra sociedad que una persona segura de sí misma, que confía en ella sin dobleces. Esa certeza nace de asumir riesgos, no de evitarlos. Aprender a confiar es como saltar en paracaídas. A muchos les asusta el peligro, y buscan redes de seguridad donde no las hay. Llegados a este punto, vale la pena recordar que el mero hecho de estar vivos conlleva riesgo de muerte. Y vivir sin confianza equivale a hibernar permanentemente. Así que antes de saltar, podemos preguntarnos: ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Y lo mejor? Está en nuestras manos pasar de ser la generación desconfiada a convertirnos en la generación sin miedo. Podemos vivir esperando lo peor o lo mejor de las personas que nos encontramos en el camino, y esa simple predisposición puede marcar una diferencia determinante en nuestra manera de experimentar la vida.

En clave de coaching
  • ¿Quién sale ganando cuando desconfiamos por sistema?
  • ¿Cómo cambiarían nuestras relaciones si nos permitiéramos confiar más?
  • ¿Qué cambiaría en nuestra vida si nos atreviéramos a confiar en nosotros mismos?


Libro recomendado

‘El miedo a la libertad’, de Erich Fromm (Paidós)


© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)

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