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dissabte, 14 de setembre de 2013

"Yo conquisté más libertad sin ver que viendo”. Marta Estirada. La Contra de La Vanguardia.

Marta Estirada, escritora y vendedora de cupones de la ONCE
Tengo 46 años. Nací en Esplugues de Llobregat y vivo en Sant Pere de Ribes. Me he separado dos veces, tengo pareja y dos hijos de 14 y 18 años. Hoy en política y en la sociedad se respira pesimismo, desgana y desánimo, y así es imposible arreglar nada. Creo en algo superior.

LAS DOS OPCIONES
Nunca soñó con ser escritora, pero la adolescencia es difícil, y buscó refugio en los libros. "Yo siempre digo que todo empezó cuando me quedé ciega. Al no ver, al no poder mirar a mi alrededor, empecé a hacerlo hacia dentro». Un refugio para Clara (Destino) es su primera novela. "Un buen día supe que quería escribir sobre la capacidad del ser humano para superar situaciones traumáticas. En estas ocasiones, la tendencia a guardar los sentimientos bajo llave de muchas personas (incluida yo) es muy elevada, cuando es evidente que compartiéndolos la carga se aligera. Tenemos dos opciones: estancarnos en el dolor o osudo y convertirlo en un motor positivo"

A los once años se quedó ciega.
Empecé a tener problemas en la vista con siete años. Me operaron de un ojo y lo perdí. A los once se me desprendió la retina del que me quedaba. Entré en el quirófano viendo y salí ciega, sin más transición.

¿Y qué pasó en usted?
Lo último que vi antes de operarme fue a mi padre llorando sobre mi pecho cuando el médico le dijo que no había solución. No quise que eso se volviera a repetir, así que salí del quirófano siendo la misma. Me adapté completamente, y el motor fue no ver sufrir a nadie por mí.

Una cosa es hacer creer que no pasa nada y otra que no pase nada...
No le voy a decir que es estupendo ser ciega, pero yo conquisté más libertad sin ver que viendo.

¿...?
Hasta entonces no podía correr ni saltar por el peligro de que se me desprendiera la retina. Y, sin embargo, ciega podía estamparme contra los árboles sin miedo, y eso fue lo que hice. Me movía sin bastón.

¿La ceguera fue una liberación?
En cierto modo, sí. Luego, de adolescente, vienen los prejuicios, te cohibes, y la sociedad te encajona y pierdes habilidades.

Eso, viendo y sin ver.
En la adolescencia me sentía un poco paquete. Nunca estaba del todo integrada: o me ensalzaban en exceso o me dejaban de lado. Debes aprender a tratar con la gente.

¿Qué es lo que hay que aprender?
Es complicado tener relaciones verdaderas con las personas porque todos llevamos un escudo y nadie quiere que se lo toquen. "Lo que a ti te pase, a mí me sobra", ese es el resumen.

Eso es muy crudo.
Sí, pero real. Hay que aprender a no juzgar y abrir más el corazón. En mi caso, ojalá la gente preguntara más, como los niños, que no se cortan: "¡Mamá, mira, ¿qué le pasa a esa señora?", "¡Sssshhhh!", le dice la madre. Es mejor preguntar, con naturalidad.

Treinta y cinco años sin ver. ¿Recuerda formas y colores?
Sí, incluso recuerdo cosas que no he visto. Cuando salí del hospital, le dije a mi madre: "Tú no te preocupes, que cada año te pondré una arruguita más en mi mente".

¿Su marido era ciego?
Estaba en la ONCE, pero era eficiente visual. Me casé con 20 años, fue un gran error. Me casé con el primero que me hizo caso y duramos once meses. Después empezó una de las épocas más activas e integradas de mi vida: esquié, hice montañismo, parapente... Otra liberación. Y conocí a mi segundo marido.

¿Ciego?
El mismo caso que el otro. Duró 13 años. Me separé cuando mis hijos tenían 4 y 7 años. Si falla la comunicación, se va todo al traste, y eso fue lo que me pasó a mí.

¿Cómo han llevado sus hijos su ceguera?
Bien. En una ocasión los niños se burlaron de ellos por mi ceguera. Decidí ir al colegio, darles una charla y permitirles que preguntaran lo que quisieran. Fue un juego en el que me hicieron preguntas inverosímiles.

La apariencia nos da mucha información. ¿Qué se la da a usted?
La voz. Un día pedí ayuda para encontrar un autobús de Barcelona a Sant Pere de Ribes. Nadie me ayudaba. Al final se paró un chico que me acompañó.

Amable.
En ese mismo autobús iba una vecina que al llegar me interpeló: "¡Quién era ese! Tenía muy mala pinta, llevaba cadenas y piercings". "La única persona que me ha ayudado, incluida tú", le dije.

¿Cuándo se lanza a escribir y por qué?
En las largas estancias en el hospital, mi padre, que no tenía la costumbre, empezó a leerme, y me aficioné. Se me abrió la mente y la imaginación, y empecé a escribir unas cartas larguísimas a mis amigas, poemas y novelitas cortitas. Nunca lo he dejado.

Usted es una autodidacta del braille que ha dado clases.
Fue una experiencia muy bonita que me permitió poder dar. Había un abuelo que había sido músico y quería leer partituras, no tenía tacto, no podía aprender. Busqué un piano para que se sentara a diario frente a él y ejercitara la memoria. Había otra abuela que estaba muy triste porque no podía leer cuentos a sus nietos.

Le enseñó.
Sí, y se llevó cuentos con dibujitos en relieve, estaba feliz. También recuerdo a una chica sorda ciega, tuve que aprender el lenguaje de signos para poder enseñárselo. Un cuadro curioso: yo ciega y ella sordociega, pero aprendimos a entendemos.

¿Cuáles han sido los momentos duros?
Muy cotidianos, que tu hijo se enfade y salga corriendo de casa y no puedas ir tras él, o cuando eran pequeños en el parque y no podía vigilarlos: "Ya sabéis que no veo nada, así que cada poco me tenéis que decir que estáis aquí". Son momentos.

Vuelve a estar enamorada.

Sí, y él ve perfectamente. Nos conocimos por internet... Y seguimos hablando.


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