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dissabte, 7 de setembre de 2013

EL VALOR DEL ELOGIO. Cristina LLagostera.

El reconocimiento y la valoración pueden ser mucho más eficaces que la crítica. Aprende a utilizar el impulso de la motivación para iniciar cambios.
A menudo en las escuelas, en las familias, en las relaciones, incluso en las terapias… existe la tendencia a centrarse en lo negativo. Los fallos de otros o de uno mismo se detectan fácilmente y se destacan por encima de lo demás. Los padres recuerdan una y otra vez a sus hijos lo que no hacen bien, la pareja nos repite lo que no le gusta de nosotros, el profesor subraya en rojo los errores cometidos… Éste es un camino, pero existe también otra posibilidad, aunque quizá menos transitada. Consiste en prestar atención a la otra cara de la realidad: las capacidades de cada persona, las cosas que funcionan, lo que nos agrada…
El elogio forma parte de este lado más amable de la realidad. Es un gesto de valoración y reconocimiento. Implica no sólo colocarse las lentes que permiten descubrir los aspectos positivos, sino también saber transmitir y poner en palabras las perlas halladas.
Sin embargo, el elogio a menudo se utiliza como una medalla devaluada. Muchas personas defienden que es mejor no creerse los elogios, prefieren desmentirlos o rebajarlos con modestia cuando los reciben. Otras opinan que se avanza más observando y recalcando lo que falla, pues sólo así es posible mejorarlo. Ciertamente, de los errores se puede aprender mucho. Pero, ¿no será posible aprender también reforzando y apreciando lo que sí funciona, lo que sí nos gusta, lo que sí se ha conseguido?
Un elogio puede ser toda una inyección de confianza y motivación. Mediante él se ofrece a alguien una imagen más positiva de sí mismo que quizás no era capaz de percibir. Para ello, tanto es importante que quien da esa medalla lo haga con sinceridad, como quien la recibe se crea merecedora de ella y le otorgue valor.

¿A QUÉ PRESTAMOS ATENCIÓN?
En la consulta de un psicólogo una mujer expresó entre sollozos que se sentía incapaz de decidir por sí misma incluso en pequeñas cuestiones, y cómo eso la hacía sentir terriblemente incompetente. El terapeuta dejó que la mujer hablara hasta que finalmente se secó las lágrimas y le miró esperando una respuesta. Entonces le dijo:
«¿No es cierto que usted misma me llamó para pedir hora?»
a lo que la mujer un poco desconcertada, contestó:
«Sí».
«¿Y no es cierto que le propuse dos horas distintas y usted pudo elegir?»
La mujer contestó de nuevo:
«Sí».
Entonces concluyó:
«Me ha querido convencer de que es incapaz de tomar decisiones. Sin embargo, tengo dos pruebas que me demuestran lo contrario. No sólo ha sido capaz de tomar la decisión de acudir a una terapia, cosa que requiere ciertamente un gran atrevimiento, sino que además ha decidido qué hora le convenía mejor. De aquí a la próxima sesión va a estar especialmente atenta para detectar otras pruebas que desmientan su hipótesis de incapacidad. Si en tan poco tiempo yo he podido detectar dos estoy seguro de que usted descubrirá muchas más».
En ocasiones estamos tan pendientes de lo que falla que no somos capaces de percibir cuándo las cosas funcionan. Creamos de esta manera historias sobre nosotros mismos o sobre los demás cada vez más reafirmadas en la incapacidad, en la imposibilidad… pues sólo se presta atención a los momentos en que surge la dificultad. El elogio, en cambio, conlleva un giro de perspectiva. Se trata de centrarse en las soluciones en lugar de los problemas, de ver competencias en lugar de fallos, aptitudes en lugar de defectos.
Si nos decantamos por observar lo que nos molesta, siempre encontraremos pruebas que apoyen esa visión. Cuando, por ejemplo, no se tiene muy buen concepto de otra persona lo más fácil es fijarse especialmente en sus defectos. Ante una situación de este tipo, no obstante, lo más enriquecedor es atender a lo que nos atrae de esa persona. Las dos realidades siempre están ahí y uno decide a cuál prefiere hacerle más caso. Generalmente aquello a lo que se dedica más atención es lo que tiende a amplificarse.

SEMBRAR RECONOCIMIENTO
Realizar un elogio, por lo tanto, requiere dos pasos. El primero consiste en desarrollar la capacidad para distinguir y prestar atención a las aptitudes, sabiendo que en ocasiones se hallan veladas. El segundo paso implica utilizar el poder de las palabras para hacer saber a la persona qué valoramos especialmente de ella.
Pronunciar un elogio sin un previo paso de reconocimiento verdadero lo convierte en un halago hueco. Entonces hablamos de hipocresía, de palabras interesadas, de cinismo o falsedad, todo eso que da mala fama al elogio cuando se utiliza de manera inadecuada. De la misma forma podemos quedarnos encallados en el segundo paso, cuando incluso siendo capaces de reconocer una aptitud o algo especial en otra persona no llegamos a expresarlo. La envidia, la rivalidad, la propia inseguridad o la creencia de que «más vale no decir lo bueno para que no se lo crea demasiado» son algunas de las trabas que dificultan elaborar y transmitir buenos elogios.
Según William James, un psicólogo y filosófo estadounidense, el principio más profundo de la naturaleza humana es el anhelo de ser apreciado. Todos, por lo tanto, buscamos de un modo u otro ser valorados en nuestras relaciones por lo que somos o por lo que hacemos.
El elogio, como sucede con tantas otras actitudes, funciona como un bumerán. Si damos a los demás reconocimiento, aprecio, probablemente recibiremos lo mismo de vuelta. Y a la inversa: si emitimos críticas y reproches obtenemos con mayor facilidad actitudes exigentes por parte de los demás. Se trata tan sólo de un cambio de actitud, si decidimos nutrir las relaciones con confianza y valoración o si dejamos que se deterioren dejando que prevalezca una visión negativa.

EL RETO POSITIVO
Hace años, debido a un error informático, los profesores de una escuela accedieron a una información cruzada. Un grupo de estudiantes brillantes fue calificado de difícil y de bajo rendimiento, mientras que alumnos a los que correspondía esa observación fueron tildados de excelentes. El resultado fue sorprendente. Los alumnos considerados ejemplares retrocedieron en su rendimiento, al ser vistos y tratados como limitados o poco cooperativos. Por otro lado, los supuestamente malos estudiantes experimentaron una gran mejoría en sus resultados, dado que los maestros les habían estimulado al transmitirles una imagen de competencia y de valía personal.
¿Hasta qué punto la visión o las expectativas que tenemos acerca de otra persona influyen en su manera de actuar? De ese experimento fortuito se deduce que tener una imagen favorecedora sobre alguien funciona como un impulso hacia un cambio positivo. Dado que los profesores confiaban en las capacidades de los estudiantes idearon maneras de motivarlos, en lugar de darlos como casos perdidos ante los primeros fallos. Su entusiasmo, su percepción competente de los alumnos hizo que éstos respondieran en consonancia.
Es importante tener presente este principio en todo tipo de relaciones, pero especialmente en las que intervenimos como educadores. Como padres, nuestras expectativas o la manera en que vemos a un hijo influye en la imagen que se construye de su propia persona y hacen que actúe en consecuencia. Ante los problemas o dificultades que puedan surgir en la educación conviene, por lo tanto, revisar cómo estamos viendo y tratando a ese niño o a ese adulto. Quizás se esté resaltando su torpeza, su mal genio, su dejadez con la intención de que lo corrija. Si esto no funciona, ni ha funcionado, se puede intentar algo distinto: esforzarse en buscar sus cualidades, en destacar lo que realiza bien.
Se ha comprobado repetidas veces que es mucho más efectivo el elogio y el refuerzo de los comportamientos adecuados que la crítica. Si alguien se siente descalificado no está por la labor de querer cambiar cosas. Mientras que cualquier persona se siente más estimulada a mostrar lo mejor de sí cuando alguien reconoce su valor y sus capacidades, pues se enfrenta a un reto positivo.

RECIBIR ELOGIOS
Todos necesitamos en mayor o menor medida el reconocimiento de los demás, pero a veces, cuando lo recibimos, no lo acogemos, no lo hacemos nuestro. Nos quitamos rápidamente de encima esa medalla porque nos provoca vergüenza, no le damos importancia o la consideramos falsa. Pero si no somos capaces de disfrutar un elogio, ¿cómo podremos asumir una crítica?
El estímulo positivo que nos ofrecen los demás es un potente alimento para nuestra confianza. Otra persona reconoce y aprecia uno de nuestros trabajos, acciones o cualidades. Sin embargo, el efecto de esta visión poderosa durará poco o será nulo si la propia autoexigencia tira por el suelo los logros obtenidos. Curiosamente, otras personas dependen exageradamente de la aprobación de los demás, que buscan compulsivamente esta respuesta positiva. En ambos casos la dificultad estriba en no saber dar valor a lo que uno mismo consigue y a las propias capacidades.
En este sentido conviene practicar el autoelogio, entendido como la capacidad de percibir los propios aspectos positivos. Se trata de encontrar el contrapeso a la autocrítica con objeto de lograr una visión más equilibrada de uno mismo. Tan importante es aprender de los errores y las propias carencias y defectos, como valorarse y disfrutar de los propios triunfos.

INFORMACIÓN Y MOTIVACIÓN
Un elogio relevante posee dos dimensiones: información y motivación. Por una parte, es una declaración personal que contiene información significativa sobre alguien. Por otra parte, exalta una capacidad, con lo cual refuerza la estima de la persona.
El elogio es un ingrediente básico para mejorar y dar profundidad a nuestras relaciones.
Todos nos sentimos más cercanos y nos expresamos más libremente cuando estamos con alguien que sabemos que nos aprecia. Es importante, por tanto, escuchar lo que les decimos a los demás, o incluso la manera en que hablamos de ellos. Cuando criticamos a alguien, aunque no esté presente, la relación tiende a deteriorarse, precisamente porque hay algo sobre la imagen que tenemos de los demás que se transmite incluso sin palabras.
Se favorecerá un clima de confianza mutua si elegimos jugar el papel de motivadores, hablando de aptitudes, mostrando interés genuino…Cuando nos sentimos reconocidos aceptamos mejor comentar nuestros fallos o insuficiencias, e incluso la crítica se vive de forma constructiva. Con esas informaciones, que tanto nos conciernen, descubrimos lo mucho que podemos mejorar y conseguir en esta vida.

CÓMO HACER BUENOS ELOGIOS
Tener en cuenta estos principios ayuda a que los elogios resulten realmente motivadores:
MENSAJE GENUINO: es de vital importancia que el elogio surja de reconocimiento real de las capacidades de una persona. Es útil preguntarse: ¿qué me gusta de esa persona, qué me resulta interesante de ella, en qué aspectos me parece competente?.
HABLAR EN PRIMERA PERSONA: El elogio gana en potencia cuando el emisor se implica personalmente en lugar de hablar de generalidades. Decir, por ejemplo: “Esto a mí me ha encantado, desde mi punto de vista es genial”.
SER CONVINCENTE: Es importante dar el mensaje de manera clara y con seguridad, y si es necesario explicar con más detenimiento el porqué de nuestro parecer.
LENGUAJE POSITIVO: En lugar de expresar: “no te has comportado como un cobarde” decir: “Has sido un auténtico valiente”.
ESPECIFICIDAD: Es mucho más eficaz un elogio cuando se informa de manera específica su razón. En lugar de decir: “Me ha gustado este trabajo”, expresar: “Me ha gustado la manera en que has planteado el tema, porque los has hecho a través de puntos claros y concisos…”
MOMENTO APROPIADO: Para que el mensaje sea más eficiente conviene dar el elogio lo más inmediato posible a la acción que se intenta reforzar. En ocasiones interesará realizarlo delante de otras personas, en otras en un espacio privado.
ADAPTARSE AL RECEPTOR: Intentar que el elogio sea creíble para la persona utilizando su lenguaje, teniendo en cuenta y respetando su propia visión de las cosas.
NO INSISTIR CON EL MENSAJE: Los elogios que se repiten a menudo pierden fuerza. Conviene utilizar estos mensajes con generosidad pero a la vez con mesura para no desgastarlos.
UTILIZAR VISIONES DE FUTURO: A veces es útil potenciar el elogio hablando de los posibles resultados futuros que se obtendrán si se sigue mejorando la cualidad reconocida.
  
PRACTICAR EL AUTOELOGIO
Se gana confianza en uno mismo cuando se es capaz de valorar las propias capacidades y los propios éxitos. Para ello proponemos:
A LA CAZA DE COMPETENCIAS: Cuando una persona tiene muy presente sus propios fallos o carencias le resulta más difícil avanzar. Se trata de rescatar y hacer una lista de las propias capacidades y recursos, pensando situaciones en que resultaron útiles.
• BUSCAR EXCEPCIONES: Si se está muy centrado en un problema conviene recordar momentos o situaciones pasadas o actuales en que se superó o no apareció tal dificultad. Esto nos devuelve una autoimagen de capacidad.
EFECTO DOMINÓ: Prestando atención a lo que funciona, a lo que realizamos bien favorecemos que se repita, precisamente porque lo tenemos más presente.
RENOVAR LA PROPIA IMAGEN: En ocasiones tenemos creencias acerca de nosotros mismos muy limitantes y basadas más en hechos pasados que actuales. Dado que las personas cambiamos continuamente conviene realizar de vez en cuando una revisión de la autoimagen, para descartar lo que ahora ya no refleja nuestra realidad.
PREMIARSE POR LOS TRIUNFOS: Darse algún tipo de premio o gratificación es una buena manera de reconocerse y valorar un esfuerzo realizado que ha tenido buen resultado.

Cristina Llagostera, Cuerpomente nº 157

1 comentari:

  1. hola sóc periodista em dic núria casas i m'agradaria contactar amb la Cristina Llagostera per a una entrevista, com ho podria fer? El meu correu nuriacasas22@gmail.com

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