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dissabte, 28 de setembre de 2013

¿Por qué somos irreflexivos?. Luis Muiño. La Vanguardia.

Hay situaciones que requieren de la mente analítica, de funcionamiento lento, y otras en las que se necesita tomar decisiones rápidas sin pensar tanto. Aquí se recogen las causas por las que no siempre somos capaces de escoger bien cuándo es mejor ser reflexivos o veloces

LOS SIETE PECADOS IRRACIONALES
Arthur Conan Doyle fue el creador de Sherlock Holmes, quizás el detective más racional y analítico de la literatura policiaca. La admiración por su lucidez permanece muchos años después: el éxito de la actual serie de la BBC es una prueba. Los métodos de este investigador son una recopilación de lo que convierte a los seres humanos en personas dotadas de inteligencia analítica: uso del método hipotético-deductivo, fidelidad a los hechos, razonamiento neutral... Sin embargo, esa lucidez no libró al escritor de tragarse la historia de unas niñas que recortaron dibujos de hadas de sus libros, los pincharon con alfileres alrededor de ellas y se hicieron fotos rodeadas de esas ilustraciones para hacer creer a sus padres que jugaban habitualmente con esos diminutos seres. Conan Doyle perpetró sin sonrojo un cándido libro (The coming of fairies) en el que arriesgó toda su reputación, dando la broma por cierta, hablando de la innegable veracidad de las fotos y defendiendo la existencia de las haditas del bosque.
Algo más que la reputación han perdido los merecedores de los premios Darwin, que se conceden a la persona que muere (o elimina su posibilidad de tener hijos) haciendo un favor a la especie humana. Los afortunados nominados para este trofeo no se inmolan porque tengan conciencia de ser un estorbo. En realidad, mueren por un acto irracional que cometieron en un determinado momento. Un sacerdote que decide volar en una silla propulsada por un montón de globos de helio y se pierde en el mar porque no sabe utilizar el GPS; individuos que perecen por ingerir una cantidad excesiva de alcohol por vía rectal; sujetos que reciben una llamada de noche y en vez de coger su móvil agarran su revólver y se pegan accidentalmente un tiro e, incluso, seis personas que pasan a mejor vida, una a una, bajando a un pozo para intentar rescatar a una gallina (la cual, por cierto, sobrevivió). ¿Tragedias debidas a momentos de distracción transitoria en medio de una vida inteligente? Quizás no, quizás la necedad está más presente en nuestra vida de lo que creemos. "Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro", dicen que afirmó Albert Einstein
Todos perpetramos, a lo largo del día, un montón de bobadas. Asumimos, por ejemplo, que los acontecimientos negativos (adicción al alcohol, accidentes por exceso de velocidad, desengaños amorosos...) que les ocurre a todo el mundo no nos van a suceder a nosotros, pensamos que ciertos objetos o rituales tienen una magia especial y, en general, cuando nuestras estrategias fracasan una y otra vez hacemos más de lo mismo. La torpeza mental no es una excepción: está presente en toda nuestra vida.
Hace una década, el psicólogo Keith Stanovich se tropezó con este omnipresente fenómeno. Sus experimentos demostraban que la educación académica no nos libra de cometer bobadas: sus voluntarios, estudiantes universitarios, cometían errores lógicos dignos de niños de cinco años. Lo paradójico es que estos sujetos experimentales que tomaban a veces decisiones precipitadas y deslavazadas podían, en otras ocasiones, pensar de forma compleja dando lo mejor de sí. Stanovich llegó a la conclusión de que los seres humanos funcionamos en tres estados mentales. El primero, el "modo listo", es algorítmico, lento y trabajoso, pero lógico: sería, por ejemplo, la forma de funcionamiento que intentan medir los test de inteligencia. El segundo, al que vamos a denominar "modo tonto", usa una gran cantidad de atajos para solucionar velozmente los problemas. El tercero, el "modo conmutador", decide cuando un problema merece ser tratado desde la mente reflexiva ("modo listo") o cuando tiene poca importancia y puede ser solucionado por la vía rápida ("modo tonto"). El problema se da cuando ese "modo conmutador" se equivoca y actuamos en "modo tonto" en momentos en que era necesaria nuestra inteligencia analítica.
Para poder analizarlos, vamos a agrupar estos errores de nuestra vida cotidiana según la causa mayor del desliz. Estos son "los siete pecados irracionales":

SOBERBIA
Usted entra a comprar en una tienda y le ofrecen un descuento. Tiene que elegir entre la oferta 1, con la que se va a ahorrar diez euros en cualquier compra que haga sin necesidad de abono previo, o la oferta 2, por la que tiene que pagar 7 euros para que luego le descuenten 20 euros en todos los productos que adquiera. ¿Cuál elige? Casi todas las personas que contestan rápidamente eligen el primer cheque, el gratuito, a pesar de que con el segundo se ahorrarían más dinero (13 euros). A este fenómeno se le denomina en marketing "el poder de la palabra gratis".
Nuestra necesidad de parecer listos hace que acudamos a la llamada de cualquier oferta que nos haga creer que hemos sido más avispados que los demás. Los estafadores, por ejemplo, utilizan este anhelo de superioridad intelectual: todos los timos parten de que la víctima, en un momento dado, cree ser el embaucador. El atontamiento por soberbia explica también nuestra dificultad para hacer un buen casting sentimental: en muchas ocasiones, nos pierde nuestro anhelo de demostrar que podemos triunfar armando una pareja con personas con las que otros han fracasado. También influye en nuestra vida laboral: nos cuesta aprender de los errores porque tendemos a atribuirnos nuestros éxitos ("en las decisiones importantes soy siempre yo el que decido"), culpar a los demás de nuestros fallos ("lo hubiera hecho mejor si no tuviera que haber seguido las directrices de mi jefe") y minimizarlos cuando no podemos echar balones fuera ("en realidad, ese cliente que he perdido no compensaba económicamente").

LUJURIA
Nos gusta que nuestras decisiones resulten atractivas para aquellas personas que nos interesan. Para conseguirlo, vestimos de forma similar, oímos música parecida y tenemos opiniones parecidas a nuestro grupo de referencia.
Un error producto de esta lujuria intelectual es, por ejemplo, el falso consenso: solemos creer que nuestros juicios y decisiones son comunes porque son las más apropiadas. Basta echar un vistazo a la vida cotidiana para ver a qué errores nos lleva este sesgo. Los pesimistas piensan que la mayoría de los individuos ven todo muy negro y a los optimistas les pasa lo contrario. Los que defraudan a Hacienda piensan que su infracción está mucho más generalizada de lo que realmente está. Y también ocurre el sesgo contrario: los que nunca han delinquido piensan que hay más honestos que los que realmente hay. Las consecuencias de este sesgo en nuestra vida son patentes, por ejemplo, en nuestro comportamiento político. En gran parte, los errores cognitivos a los que nos lleva el fanatismo son explicables por esa tendencia a creer que "casi todo el mundo piensa como yo" sobre muchos temas.

ENVIDIA

Imagine estos tres tipos de situación... ¿en cuál estaría más contento?:
a) Trabajando en una empresa en la que ganara 35.000 euros anuales teniendo compañeros que ganaran 50.000 por el mismo trabajo y en las mismas circunstancias.
b) Trabajando en una empresa en la que ganara 30.000 euros anuales teniendo compañeros que ganaran lo mismo que usted.
c) Trabajando en una empresa en la que ganara 25.000 euros anuales teniendo compañeros que ganaran 20.000 por el mismo trabajo y en las mismas circunstancias.
La respuesta más racional es la a). Sin embargo, el economista Paul Krugman ha hecho numerosos experimentos en los que una gran cantidad de participantes responden b) e, incluso, c). La paradoja se debe a un sesgo comparativo: nuestra satisfacción no depende sólo de la medida en que conseguimos nuestros objetivos, sino también de que los demás hayan logrado menos. Aunque eso suponga funcionar en "modo tonto" y tomar una decisión que nos perjudica.

PEREZA
Julio César afirmó: "Por lo general, los hombres creen fácilmente lo que desean". Para no tener que revisar continuamente nuestros juicios, insistimos en buscar pruebas que confirmen nuestras ideas y pocas veces atendemos a los hechos que las refutan. Por eso los seres humanos mantenemos ídolos aunque los datos los desmitifiquen, creemos bulos infundados porque confirman nuestros sentimientos viscerales y mantenemos que nuestro equipo es el mejor aunque lleve muchos partidos sin ganar. Otro ejemplo, este más trágico: la junta de investigación del accidente del Columbia mencionó esta "tendencia a la autoconfirmación" para explicar por qué los responsables del programa de la lanzadera espacial de la NASA ignoraron las señales de problemas. El psicólogo Peter Wason ha realizado muchas investigaciones que demuestran la presencia de este sesgo en nuestras decisiones en muchos ámbitos. Cuando Wason pedía que pusiesen a prueba una hipótesis, la inmensa mayoría de los voluntarios elaboraba una y otra vez complicados experimentos para corroborarla, en vez de pensar en formas (a veces mucho más sencillas) de refutarla.

GULA
¿Se sometería a una prueba en la que el porcentaje de muertes es 1 de cada 10.000?...¿Se sometería a una prueba en la que no hay ningún problema para 9.999 personas de cada 10.000? Cuando la pregunta exige una respuesta rápida, muchas personas dicen que sí a la segunda opción y dicen que no a la primera a pesar de ser equivalentes. En este caso, el "modo conmutador" se equivoca al no activar el "modo listo". Cuando tenemos ansia por responder, "gula vital", el resultado de esta tendencia a ceñirse al marco es desastroso. Un ejemplo son las decisiones amorosas: si nuestra pareja nos hace chantaje emocional ("o las cosas son así o esto se acaba"), aceptamos el marco que nos han impuesto sin buscar una tercera opción. Comernos la vida a nivel sentimental hace que olvidemos una máxima del "modo listo": a veces la mejor respuesta es replantear la pregunta.

AVARICIA
Nuestra mente es avariciosa, quiere entender todo lo que pasa a nuestro alrededor por miedo a la incertidumbre. Esa es su función principal: encontrar relaciones entre hechos aislados, dibujar líneas que unen los puntos de nuestra experiencia vital.
El problema es que esta búsqueda de heurísticos es, también, causa de muchos errores racionales. Por ejemplo, la "correlación ilusoria", estudiada por científicos como la psicóloga Susan Blackmore: creemos que ciertos acontecimientos suceden siempre conjuntamente (y uno es la causa del otro) porque en una ocasión significativa esos eventos han sucedido a la vez. Si llevamos cierto bolígrafo a un examen difícil y la prueba nos sale muy bien, es fácil que acabe convirtiéndose en nuestro boli de la suerte y minimicemos los casos en los que no ha funcionado el sortilegio. De la misma forma, si tomamos una infusión y al día siguiente nuestro catarro remite, creeremos que la curación ha sido debida a las hierbas en cuestión y no a la remisión espontánea. O, cuestiones más graves: cuando los medios de comunicación nos recuerdan la nacionalidad de un delincuente –algo que no se hace cuando "es de aquí"– dan pie a que nuestra mente convierta la casualidad (era extranjero y ha cometido un delito) en causalidad (ha cometido un delito porque era extranjero). El racismo (al igual que el sexismo, la homofobia y otras injusticias sociales) tiene su origen en este mecanismo.

IRA

En cuanto un tema se convierte en algo visceral para nosotros, funcionamos en "modo tonto". Tendemos a dar importancia a aquello que podemos visualizar fácilmente y no dedicamos ningún interés a lo que no tiene consistencia subjetiva. El psicólogo Nico Fridja denomina a este principio "ley de la realidad aparente": una foto de un niño angustiado por la guerra o demacrado por el hambre influye más en nuestra toma de decisiones acerca de las donaciones que las noticias de miles de muertos.
Pero esta forma de pensamiento visceral es muy proclive al error. En cuanto una imagen negativa acerca de una determinada persona o colectivo se implanta en nuestro cerebro, usaremos siempre el "modo tonto" a la hora de pensar sobre este individuo o grupo. Y lo peor: lo haremos creyendo que estamos siendo muy inteligentes.

LA NECESIDAD DE SER TONTOS EN OCASIONES
Arthur C. Clarke decía que "Aún tiene que probarse que la inteligencia tenga algún valor para la supervivencia". Bernard Shaw nos advertía que "La osadía de los tontos es ilimitada y su capacidad para arrastrar a las masas, insuperable". Y Noel Clarasó advertía: "Ningún tonto se queja de serlo, así que no les debe ir tan mal".
En ciertas ocasiones, funcionar en "modo tonto" es útil por una cuestión de economía mental. Si cada vez que andamos, vamos al servicio o nos sentamos en una silla análizaramos las posibles alternativas, buscáramos datos a favor de una u otra y las sopesáramos sosegadamente, nuestra vida se colapsaría.
En otros casos, el "modo conmutador" sabe que es mejor adaptarse a la visión de los demás y no cuestionar a los que nos rodean. En esas ocasiones, nos ponemos en "modo tonto", siguiendo el consejo dado hace dos mil años por el poeta latino Horacio: "A tu prudencia añádele un poco de idiotez: en algunos momentos es mejor hacerse el idiota".

Pero también, como nos recuerda el psicólogo Gerd Gigerenzer, existen ocasiones en que no podemos poner en marcha el "modo listo". Un ejemplo: las decisiones emocionales. Solemos decidir si dejamos o no a nuestra pareja por una canción que hemos escuchado o por un recuerdo que nos ha asaltado. No podemos barajar todas las opciones (¿cómo fabricar un algoritmo que integre las miles de posibilidades de nuestro futuro tras la decisión?) ni recopilar datos objetivos (solo disponemos de las sensaciones subjetivas). Y es mejor resolver por intuición en "modo tonto" que paralizarnos vitalmente.


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