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divendres, 12 de juny de 2015

Los enfados que hacemos prisioneros son los más peligrosos. Eva Maria Rodríguez

Si estás enfadado, ¿Por qué finges? Sí, sí, muchas veces finges, y no digas que no es así. En muchas ocasiones, fingimos que estamos enfadados para guardar las apariencias y para mantener las formas, y eso, además de hacernos mucho daño, le da a los demás pistas sobre lo que puede hacer para dominarte y para imponerse.
El verdadero problema es que no sabes canalizar tu ira, y prefieres contenerla. Pero eso estallará, tarde o temprano.
Y si no nos molestamos en aprender a dominar la ira, es porque se trata de una emoción en la que no pensamos, porque creemos que no va con nosotros o porque pensamos que podemos dominar. Es más, se nos enseña a menudo que se debe evitar para no dar lugar a daños colaterales en nuestro entorno.
Esto evita situaciones muy tóxicas, pero reprimir el enfado por completo puede tener consecuencias negativas también. Saber cuándo evitarlo y cuándo no puede ser un reto. Te animo a que analicemos juntos cuándo no deberías reprimir la ira.

La ira reprimida te está causando problemas de salud
Tendemos a pensar en las emociones como si fueran al abstracto respecto a nuestro cuerpo físico, como si el cuerpo fuera un recipiente para contenerlas y un medio para expresarlas físicamente. Sugiere que las emociones se manifiestan físicamente, así como en nuestros pensamientos.
Pero la ira contenida puede causar graves problemas de salud los cuales, aunque aparentemente no esté relacionados, sí que lo están. Algunos de estos problemas son dolor de cabeza, problemas digestivos, insomnio, aumento de la ansiedad, depresión, alta presión sanguínea, problemas de la piel o problemas cardíacos (ataques al corazón, taquicardias).
Tienes que encontrar una forma de liberar y expresar esa ira o acabará contigo.

La ira no procesada provoca una alteración de tu conducta
Nuestras emociones se almacenan cuando no nos ocupamos de ellas, y esto puede provocar que se filtren de manera incontrolable.
Es posible que nos sintamos bien al principio por haber controlar un ataque de ira para no herir ni ofender a nadie, pero luego -probablemente- vamos a arremeter contra otros -inocentes o que no tienen nada que ver- de otra manera porque representan una pequeña amenaza para nosotros. No tienes la intención de hacerles daño, pero la ira cuece a fuego lento dentro de ti, y eso puede hacer que se evapore tu autocontrol.
La ira reprimida también puede causar trastornos de ansiedad, miedo irracional y rabia. La emoción tiene que salir, por donde pueda.

Cómo y dónde poner los límites
Tomar conciencia de que la ira forma parte de nosotros es un primer paso importante, porque entonces podemos empezar a establecer límites saludables. ¿Estamos enojados por algo que están haciendo lo demás, o es la ira causada por una herida personal de nuestro pasado lo que nos están recordando? ¿Es debido a una inseguridad por nuestra parte, o la otra persona realmente nos está tratando mal?
Las respuestas a estas preguntas se descubren cuando nos enfrentamos a nuestra ira. Este conocimiento nos dará claridad para tomar buenas decisiones acerca de las relaciones que tenemos con los demás. Es posible que tengamos que tomar un paso atrás para darnos cuenta de que los demás no son tan malos como creíamos.

Los demás necesitan saber si te están haciendo daño
Aunque algunas veces la personas actúan con intención de hacer daño, lo cierto es que la mayoría de las veces esto no es así y no hay intención de desatar nuestra cólera. Y lo sabemos. Por eso reprimimos la ira. Y si nos sentimos culpables por nuestra ira, podemos interiorizarla y culparnos a nosotros mismos, sin abordar el verdadero problema.
Cuando nos damos la oportunidad de enfadarnos y de analizar el motivo de la ira, vamos a poder ser más conscientes de la causa detrás de él. Así, podremos poner en marcha las herramientas necesarias para soltar le enfado poco a poco y sin causar mayores daños, haciendo un sano ejercicio de autocontrol.

Experimentar la ira puede ser agradable
Igual que la ira reprimida te va a hacer sentir mal, soltarla te resultará reconfortante. Es como quitarse un gran peso de encima. Experimentar la ira de una manera consciente es una experiencia totalmente diferente a la negación.
Puede ayudarnos a conocernos a nosotros mismos y a comprender por qué ciertos elementos nos hacen enfadar.
No se trata de vivir en un estado de ira constante, sino de no fingir que no existe. La ira es una emoción humana natural, y tenemos que darnos permiso para experimentarla. Solo así aprenderemos a expresarla sanamente y a evitar, no solo que no nos domine, sino que no aparezca.


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